Vale, antes de juzgarme, dejadme que os ponga en antecedentes.
No soy persona de tatuajes. En realidad, sólo tengo dos, contando el que os explicaré ahora; y el otro es diminuto, el típico primer tatuaje con el que te estrenas en el mundo de la tinta. Lo que quiero decir con esto es que no sé qué cosas son normales y qué cosas no lo son.
Siempre he sido una persona con poquísima tolerancia al dolor. Una quejica, que normalmente se dice. Me mareo con las agujas, lloro como un bebé si me hago cualquier rasguño, evito cualquier actividad de riesgo y el sexo cute lleno de mimitos y abracitos me parece lo mejor que existe.
El caso es que tengo unas cicatrices de autolesiones en la cara interior del antebrazo y llevaba años queriendo hacer algo con ellas, porque me afectaban seriamente a la autoestima. Me las hice cuando tenía quince años, estaba pasando una época malísima de mi vida, con violencia familiar, bullying y estaba casi al borde del suicidio. Fue una locura, lo sé, y no hay día que no me arrepienta de lo que le hice a mi cuerpo. El caso es que un día decidí que ya era suficiente: quería taparlas con algo bonito, algo que me enorgulleciera cuando las viera, algo que representara un renacer. Porque así es como yo lo sentía.
Encontré una tatuadora con unos diseños brutales, le pedí un diseño con pájaros, flores, mariposas, algo totalmente festivo. Estaba encantada con la idea, a la par que aterrorizada porque recordemos, soy una quejica. Pero me planté el día de la sesión en el local de tatuajes con un par. Y sucedió lo menos pensado.
Sí, me dolió, me habían avisado: la cara interior del antebrazo es muy sensible. Pero lo que no esperaba es que en algún punto durante las cuatro horazas que duró el tatuaje… empecé a sentir una especie de placer casi sexual.

Aclaro que ni me gustaba la tatuadora, ni tenía pensamientos conscientes relacionados con el sexo, ni nada por el estilo. Aún no sé exactamente qué pasó. Porque a más me dolía (y creedme que dolía), más placer extraño notaba, al punto que una parte mía hubiera firmado por que el tatuaje durara cuatro horas más.
Salí descolocada del local, perturbada, extrañada, y desde entonces no he sido capaz de contárselo a nadie. Me han pasado mil ideas por la cabeza: que en el fondo sea sadomasoquista y no lo sepa (pero me pega tan poco con mi personalidad…), que eso me haya «conectado» con las sensaciones de las autolesiones como una especie de flashback y mi cerebro lo haya interpretado como que volvía a cortarme (pero no tendría sentido, porque cuando me cortaba NO sentía placer, sufría)… en fin, no lo entiendo. Y creo que necesito buscarle una explicación, porque tengo sentimientos totalmente contradictorios desde entonces. Quiero volverme a tatuar, pero me asusta esta parte mía que he descubierto. Quiero volver a sentir ese «dolor placentero» pero no sé si eso es normal. Incluso me da miedo que sea perjudicial para mi salud mental, que pueda despertar de nuevo la necesidad de autolesión.
Por favor, no me juzguéis, sé que es una situación extraña, pero os puedo jurar que lo estoy pasando mal.
Agradeceré cualquier tipo de aportación.