Cuando mi pareja y yo decidimos tener a nuestro hijo pensamos que sería una tarea difícil, la verdad es que vivíamos solos y no teníamos mucha familia cerca pero estábamos dispuestos a todo lo que supondría ser papás.
El embarazo vino mucho antes de lo que hubiéramos imaginado y la verdad es que todo fue como la seda. El embarazo, a pesar de traer consigo una diabetes gestacional no tuvo ningún tipo de complicaciones, el bebé crecía fuerte y sano y yo me encontraba de maravilla, comía mejor que nunca, descansaba y me encargaba de dar todos esos paseos que me habían recomendado dar después de cada comida para tener controlados los niveles de azúcar.
Cuando me quedé embarazada, sólo se lo contamos a las personas más cercanas, a nuestros padres y a dos amistades que eran como hermanas para mí.
Los padres de mi marido estaban separados desde hacía ya muchísimos años y entre ellos no existía relación alguna. Y por mi parte, mi madre se había quedado viuda hacía ya unos años y no vivía cerca de nosotros, pero estaba pasando una temporada en nuestra casa. Cuando les contamos que estábamos esperando un bebé, la verdad es que todos se alegraron muchísimo. Los dos éramos hijos únicos, así que toda la responsabilidad en cuanto a ampliar la familia, recaía sobre nosotros.
Siempre creímos que tendríamos un niño demasiado mimado, nosotros hijos únicos y ninguno tenía más nietos y a pesar de que los padres de mi marido tenían otras parejas, ellos tampoco tenían nietos por su lado. Vamos, que acabábamos de tener el niño más mimado de la historia, con 5 abuelos a los que llenarles el corazón. En el fondo nos daba la risa un poco pensando en cómo haríamos para que todos viesen, disfrutasen y mimasen a su nieto por igual. Unos estaban más cerca y otros más lejos, pero siempre creímos e intentamos que tuviesen las mismas oportunidades.
Cuando se iba acercando el momento del nacimiento todos quisieron aportarnos algo para recibir a nuestro niño, la cuna de colecho, la habitación, el carrito… digamos que los gastos grandes que traía consigo la llegada de un bebé fueron cubiertos por los abuelos, regalos de amigos y demás familia.
Cuando nació el niño mi madre ya se había mudado a nuestra ciudad así que pasó a ser nuestro principal apoyo, cocinaba, planchaba, lavaba, limpiaba la casa y obviamente hacía su parte de abuela, e intentaba dormir al niño, cambiarle el pañal…
La madre de mi marido vivía lejos, pero cuando nos veía decía que prefería darnos algo de dinero y que nosotros le compráramos al niño algo que nos apeteciese o que necesitase, y así lo hacíamos, si le comprábamos ropa o algún juguete, le mandábamos foto para que ella viese y siempre le parecía bien.
Su padre y su pareja vivían en el pueblo de al lado, venían a vernos según les fuese viniendo bien, aunque los dos estaban jubilados y no tenían problemas de horario, pero nosotros nos adaptábamos a sus visitas inesperadas. Nunca fueron de tener detalles con el niño, sobre todo mientras era bebé, la verdad que el niño tenía de todo y a nosotros tampoco nos parecía necesario que trajeran algo cada vez que venían.
Pero, un día llegaron a casa, con un libro que parecía sacado de algún baúl de los recuerdos. Parecía un libro perteneciente a algún tipo de colección o de enciclopedia sobre la naturaleza. Tenía mucha información pero ni siquiera era muy llamativo. Nos lo trajeron de un rastro en el que lo habían visto y se habían acordado del niño, según dijeron. El caso, es que por entonces, el niño tenía apenas 2 años y no vimos muy bien cuál sería el momento de darle ese libro. Ellos intentaron que el niño se ilusionase con el regalo, pero como era de esperar, no le hizo ni caso.
A partir de ese momento, algunas veces cuando venían traían alguna cosa que encontraban en algún sitio pero nunca relacionado con su edad. O traían libros dignos de tener una lectura mínimamente fluida, o un juguete para niños de 7 u 8 años. O de repente, el día de Reyes, aparecían con un temporizador de cocina con forma de naranja envuelto en papel de regalo.

El colmo vino, cuando aparecieron en nuestro piso de apenas 100m2, con un tractor eléctrico intentando imitar a uno de estos coches deportivos que tienen los niños de hoy en día y que pueden conducir ellos mismos apretando un pedal o tú puedes llevarlos con un mando.
Bien, pues en este caso a mi casa llegó un tractor, con un faro roto al que le colgaban los cables, y que solo podía conducir el niño, que apenas llegaba al pedal. Para colmo, no teníamos espacio en el que guardarlo así que estuvo una temporada guardado en la bañera.
Los dos días que sacamos al niño en el tractor de paseo, tuvimos percance con posterior golpe y/o caída, así que hablé con mi marido y le dije que lo sentía pero que era muy grande para el niño, estaba a punto de deshacerse en pedazos y no estaba dispuesta a que el niño se hiciera daño con el dichoso tractor. Él opinaba lo mismo, así que habló con su padre para que se lo llevase..con la posterior mala cara.
Pensamos que con el tractor se acabaría la lucha para intentar explicarles que no era necesario que le comprasen nada al niño pero que si querían hacerlo (y no existen problemas económicos de ningún tipos), lo mejor sería que buscasen algo adaptado a su edad¸ que podían preguntar en la tienda (si es que realmente eran comprados) o directamente a nosotros, si lo preferían, pero que era una pena que trajeran cosas que el niño no iba a utilizar.
El niño tiene 4 años y ya tiene en casa una bici para cuando tenga 8 por lo menos, a la cual se le cae la pintura negra de varias partes, dejando entrever el rosa que la cubría anteriormente, las ruedas deshinchadas y acompañada de un casco con brecha incluida, que dudo mucho que le salve de llevarse de un buen golpe si se cae al suelo con esa bicicleta, como creo que pasará si es que dentro de 4 años aún podemos utilizarla.
Escrito por Kerasi.