Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi pareja y yo tenemos un niño pequeño. Los dos somos hijos únicos, no tenemos hermanos ni mucha familia cerca a excepción de nuestros padres.
Cuando tuvimos al niño todo fue alegría ya que era el primer nieto (y el único) para toda la familia, así que venía a llenar muchos corazones y vacíos que nadie había ocupado antes.
Al poco de nacer el niño, entramos en pandemia, en ese momento, mi madre se vino a nuestra casa pero sus padres vivían en el pueblo de al lado y no podíamos vernos ni siquiera coincidiendo en el supermercado.
A pesar de todas las restricciones que había entonces, mi suegro decidió en un par de ocasiones saltarse las normas y aparecer de repente en nuestra casa porque no podía estar sin ver a su nieto de 4 meses ni un día más. Hasta que tuvimos que decirle que no volviera porque no le abriríamos la puerta, no queríamos arriesgarnos a nada, ni a coger el virus ni a que nadie nos llamase la atención por saltarnos las normas, pero a él le daba igual todo eso. Solo quería ver a su nieto.
Cuando acabó todo y empezamos a poder vernos más a diario, venían algún día a vernos, estaban un ratito y marchaban. Si necesitábamos que se quedasen con el niño un día, venían los dos y él se marchaba porque había quedado.
Después empezó a llamar él, pero siempre a las horas más complicadas, cuando estábamos cenando y ya era hora de irse a la cama. A mi me daba pena y le dejaba estsr un rato más, pero el niño se ponía tan contento de verle que después me costaba muchísimo dormirle.

Poco a poco fueron dejando pasar más tiempo entre visita y visita, solo nos llamaban y decían que a ver cuándo podíamos vernos. Nosotros ya les habíamos dicho que podían venir todas las tardes que quisieran desde que el niño salía del cole pero claro, a esas horas, los dos tienen planes con sus amistades y la tarde de parque no parece divertida.
Llegado un momento se nos empezaba a hacer raro que llamaran para quedar, sobre todo porque, normalmente, llamaban cuando ya estaban en la puerta porque estaban de paso o a deshoras.
Nosotros quedábamos sino siempre, casi siempre que nos llamaban, al niño le encantaba verles y se ponía muy contento cuando venían. Cuando llegaban a casa en menos de 5 minutos ya se habían olvidado de él y traían algo que hacerles, un móvil que no funcionaba, un trámite que no sabían gestionar, unas fotos que querían ordenar, un viaje que no sabían coger. Llegó un momento que cuando llamaban para venir nos preguntábamos qué necesitarían esta vez porque en cuando el problema que tenían se solucionaba, se marchaban rápidamente. Ya no importaba que su nieto estuviera muriéndose de ganas de jugar con ellos, ni tenían ya esas ganas que tenían cuando no se podía cruzar de un ayuntamiento a otro.
Eso sí, no faltaba la foto y el vídeo del niño que enseñar a todo el mundo.
Kerasi