Hola, soy tu diseñadora gráfica.
Soy esa que te ha hecho el logo para tu empresa, tus tarjetas para eventos, las portadas de tus libros, las invitaciones de tu boda, tu página de presentación para tu proyecto, tu publicidad, tu diseño web o tus ilustraciones.
Y queridos, con la mano en el corazón, estoy harta de vosotros.
Mira que a mi me gusta mi profesión, que la disfruto, que le echo horas sin casi darme cuenta y que me encantaría dedicarme a ella para siempre. PERO, tratar con los clientes, muchas veces se hace imposible.
Dejadme empezar por decir, que antes de ponernos a dibujar, que es lo único que la gente se piensa que hacemos, le dedicamos muchísimo tiempo a hablar con el cliente, que nos exponga su idea, conocerle, entender la esencia que quiere transmitir y luego, darle forma a la idea.
Esta es la parte más difícil, materializar una idea en algo dibujado es muy abstracto y complicado, y por supuesto nunca gusta.
Después de haber estado varias horas hablando con el cliente, le dedicas otras tantas a hacer tres o cuatro propuestas diferentes, todas ellas de estilos diferentes y buscando dar un poco de variedad. Cada propuesta te ha llevado lo suyo, pero oye, ninguna le convence, así que te pide otras tres más.
Las haces gratis, porque como le vas a cobrar por algo que no le gusta. Ya le has invertido unas 12 horas, pero le inviertes otras seis más en traerle ideas nuevas, comiéndote más la cabeza, a ver si eso le gusta.
Se las enseñas, y una le gusta (BIEN!!!), pero no tal y como está. Hay que hacerle algunos cambios.
Esos cambios te los va a pedir treinta veces. Cuando no es el tipo de letra, es el color, pero es que cuando lo vea cambiado, tampoco le va a gustar, y te va a pedir otro cambio de ese cambio, entonces harás cambio sobre cambio y sobre cambio uno. Aquí ya ni sé las horas invertidas.
Finalmente, tenemos el boceto ganador, se lo has pasado con marca de agua y le gusta. Ha costado llegar hasta aquí pero el cliente está contento. No como tú, que al final has terminado haciendo una aberración, totalmente en contra de tu voluntad. Pero aquí viene el peor momento.
Le dices el precio.
NUNCA les parece bien. Siempre es muy caro, tienen a alguien que se lo haría por la mitad o, mi favorita, se piensan que trabajo gratis.
Se creen que no se tiene que pagar por “hacer un dibujito” porque “no te ha costado nada” y que “gracias a hacérselo vas a tener mucha publicidad”.
Mirad, la publicidad no me paga las facturas.
Y seguramente estéis pensando, ¿Y por qué no dices el precio des del principio? Pues es complicado, porque nunca sabes cuanto tiempo, mejoras, cambios y propuestas te va a llevar el proyecto.
Se puede dar un valor aproximado, pero estamos en las mismas, o te ponen mala cara al principio y se precipita la discusión sobre el precio, o te ponen mala cara al final cuando el precio resulta ser otro, porque durante dos semanas te ha estado taladrando cada día con cambios, enviándote fotos de ideas y hablándote a todas horas.
Y ya que estoy, voy a dar la puntilla. Sois unos cutres.
Los diseñadores estamos al día de todo, de marcas, de tendencias, de estilos, de marketing… Pero tenemos que acabar cediendo a lo que dice el cliente, que generalmente nunca se deja recomendar. Y esas peticiones, suelen ser una mierda.
Suelen ser cosas tipiquísimas, mal hechas (hablando a nivel de técnica y estética), muy cortas de miras. Con cero originalidad y sin escucharnos. Pero luego, por desgracia, esa creación, si finalmente se la queda, acabará llevando nuestro nombre.
En un mundo ideal, se valoraría nuestro trabajo y se nos tendrían en cuenta las recomendaciones, pero eso no ocurre.
Así que sí, estamos hartos de vosotros.
