Texto enviado por seguidora a [email protected]
Después de algo más de veinte años de relación y una hija de diecisiete en común, mi marido y yo hemos puesto punto y final a nuestro matrimonio. Podría decir que se nos acabó el amor de tanto usarlo, para quedar bien, pero la verdad es que mi marido usaba el amor en otro lado, no en casa. Así que, para qué seguir.
He de reconocer que lo pasé mal. Primero no me lo podía creer. Me negaba a creerlo. Después me enfadé con él, en particular, y con toda la raza humana de género masculino, en general. No soportaba tener a un hombre cerca. Después entré en una fase en la que no paraba de apuntarme a cursillos. De cocina de astronautas, pintura rupestre, cerámica art deco, intentando buscar una solución a mi nuevo estado sentimental. Más tarde, me dio por llorar y no querer salir de casa. Si no es por mi hija, no lo supero, la verdad. Le estaré eternamente agradecida. Ha sido mi apoyo incondicional.
En la actualidad, estoy en la fase de aceptación de mi nueva vida. Una amiga, con la mejor de las voluntades, me ha abierto un perfil en Tinder. Al principio, cuando me enteré, me horroricé. ¡Pero si eso es un mercado de ganado! Pero con el primer match, llevada por la curiosidad, y alentada por mis amigas (a mi hija le pareció regulinchi, pero no me dio ningún sermón), empecé a conocer hombres. El primero no estuvo mal, aunque iba a lo que iba y yo aún no estaba preparada. Pero después de aplicar unos cuantos filtros, he empezado a quedar, casi cada fin de semana, con hombres, algunos más interesantes que otros, y he vuelto al circuito. No quiero nada serio, cosa que a la mayoría de mis citas les parece perfecto, pero oye, si el hombre está bien y cabe la posibilidad de un quiqui, pues por qué desperdiciarla.
Cada vez llego más tarde a casa, alguna que otra vez un poco piripi y mi hija, invariablemente, me espera, dormida en el sofá, para oírme entrar y pegarme la bronca. Que qué horas son estas de llegar, que si te parece bonito llegar en este estado, que qué estoy haciendo con mi vida. Jolín, las tornas han cambiado. Ahora la adolescente soy yo y la madre regañona y preocupada es ella. Yo le prometo que no va a volver a pasar y le digo que siento mucho preocuparla de esa manera. Ella resopla porque no me cree. Y hace bien, porque al siguiente finde, vuelvo a las andadas.
Pero hoy, cuando llego a casa, la despierto expresamente. Cariño, cariño. Mmmmm. Cariño, despierta, ya he llegado. Ya, ya me doy cuenta de que has llegado. Cariño, tengo un problema. Y necesito tu ayuda. Se incorpora de un bote en el sofá. Qué te pasa, estás bien. Sí, sí. Pero es que me ha pasado una cosa. Y no sé qué hacer. Joer, mama qué susto. Verás, hija, susto el que ahora tengo yo. Me vas a decir qué te pasa. Me siento a su lado, respiro y le cuento.
Es que hoy he quedado con Luigi. No tengo ni idea de quién es Luigi, pero sigue. Pues hemos ido a cenar, a tomar unas copas en un bar musical, un poco de roce por aquí y por allá, nos hemos puesto calientes… ¡Mama! ¡Ahórrame los detalles! ES que son importantes. Hemos ido a su casa y no veas qué cacharro tiene. ¿Cacharro? Sí, entre las piernas. Puaj, qué asco, por favor. Y te juro que se ha puesto condón. Sólo faltaba, Pero es que se ha roto. Dentro. Y ahora no sé qué hacer. Joder, mama, no me lo puedo creer. Con la edad que tienes y que me estés diciendo esto. Ya, ya lo sé. Pero, qué hacemos. Madre mía, de verdad que no me lo creo. Pues qué vamos a hacer, ir a buscar la pastilla del día después. ¿Crees que es necesario? ¿En serio quieres jugártela y de aquí nueve meses tener un mini Luigi en los brazos? No me jodas, ni de coña. Pues ea, a urgencias. Cari, ¿me acompañas? Es que flipo. Porfiiis. Venga, va, que te acompaño.
Cuando llegamos, muerta de la vergüenza, explico la situación. La administrativa de la entrada me mira, mira a mi hija. Y me avisa de que tengo que dar los datos reales de la persona afectada, por seguridad. Sí, señora. Lo entiendo perfectamente Ya le he dado mis datos. Creo que no se fía de mí, pero nos hacen pasar.
Cuando dicen mi nombre, para entrar en consulta, nos levantamos las dos. Y la enfermera me dice, no mamá, primero entra ella sola, que va a hablar con la doctora, y luego te llamamos a ti. Mi hija resopla, mientras se frota la frente, y yo, muerta de la vergüenza, mientras me refriego las manos de manera compulsiva, le digo que no, que soy yo la que necesito la pastilla. ¿Perdone? Que soy yo. ¿Pero cuántos años tiene usted? Cuarenta y siete. ¿En serio? Sí. Vale, pase a la consulta. ¿Puede entrar mi hija también? Sí, claro, total, así hacemos educación sexual para todas. No, si yo ya estoy educada. Pero bueno, acompaño a mi madre para que se eduque ella, que falta le hace.
Después de una regañina de la doctora y un buen rapapolvo de mi hija, me tomé la pastillita, evitando la posibilidad de traer un mini Luigi a este mundo. Mayor vergüenza no he pasado en mi vida. Creo. Lección aprendida.
