Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
TENGO ACOPLADAS A SEIS PERSONAS EN MI CASA EN VERANO Y ME REVIENTA
Soy de ciudad pero por distintos motivos familiares y laborales me vine a vivir a la costa. En principio me resistí y me costó mucho adaptarme, pero después le cogí el gusto y ahora admito que vivo muy bien aquí. Es cierto que en invierno en mi pueblo hay muy poco ambiente, por no decir ninguno, en concreto de noviembre a febrero esto parece prácticamente un pueblo fantasma. A partir de finales de febrero y hasta mediados de octubre es cuando la cosa cambia y se va incrementando poco a poco el número de habitantes, y se nota un montón.
Cuando yo me vine a vivir aquí lo primero que dijo toda mi gente fue, qué bien, ya tenemos casa en la playa. A mí en aquel momento me hizo ilusión, porque pensé que era un puntazo que mi casa fuera lugar de encuentro para pasar días de playa y de risas. Claro, en la teoría es todo muy idílico, pero a la hora de la verdad es diferente.
Para empezar, cuando tengo visita no siempre me viene bien. Es decir, los que vienen siempre están de vacaciones y no tienen por qué cuadrar conmigo, con lo cual me joroban todos mis hábitos de “vida normal de no vacaciones”. Por ejemplo, suelo ir tirada porque me acuesto tarde. ¿Cómo le dices tú a tu familia o amigos, alojados en tu casa, que tú tienes que madrugar y que te vas a acostar temprano? No lo haces, y te acuestas tarde un día tras otro con sus consecuentes ojeras de oso panda hasta que llega el finde y puedes dormir algo más.
Cuando me levanto a las 7 de la mañana habiéndome acostado a las dos (con suerte), para ir a trabajar, mientras todos duermen a pierna suelta, y sabiendo yo de sobra que se van a despertar a las 11 y van a ir por churros, me quiero morir. No me parece para nada justo.
Otra cosa es la comida. No es lo mismo la rutina normal que estar de “vacaciones”. Al final se come peor, se come en la calle, se alterna más y poco se habla del gasto que todo esto supone. Y venga a comer helados y a beber entre semana. Y venga a idear comidas para un montón, y venga a meterse en la cocina, porque obviamente la que cocina la mayor parte de las veces es la menda.
Llamadme rara pero soy una persona de costumbres y todo esto me altera. Ahora mismo tengo a seis personas acopladas en mi casa y es un rollo todo. Desde intentar entrar en el baño con un poco de intimidad, hasta hacer cola para ducharse, pasando por encontrarme en cualquier momento a alguna persona en cualquier rincón. Y venga lavadoras, y venga fregar platos. Y venga toallas tendidas por aquí y por allí. La sensación de que todo está desordenado siempre, de que todo está sucio. Colchones por el suelo, maletas a medio hacer por mitad de los dormitorios.
No sé, a lo mejor soy una estúpida o una desagradecida, pero estoy loca porque se vayan y me dejen vivir tranquila. Seguir mis horarios, mis gastos, mis comidas, mis rutinas, mi intimidad.
Porque esa es otra, en invierno no viene a verme ni perri. Por más que los invito a echar unos días aquí de chimenea y juegos de mesa, de paseíto por la playa bien abrigados, casualmente nadie puede. Pero es llegar el verano y oye, eso de tener apartamento gratis en la playa mola todo. ¿Vienen a verme a mí o se aprovechan de la coyuntura? Un poco de todo, creo.
