¡Hola!
No vengo a pedir consejo sino a contaros lo que me pasó el otro día.
Resulta que tenía cita con la ginecóloga para mi revisión anual en horario de trabajo, por lo que debía ausentarme del mismo para acudir. Vale, yo al gine siempre voy recién lavadita (por curiosidad, ¿vosotras también?), y como tenía que salir desde el trabajo no iba a poder lavarme mi almejilla antes de someterla al obligado escrutinio habitual.
Total, que como hoy en día hay soluciones para todo, me dije: «Vale, pues cómprate un paquetillo de toallitas íntimas y arreglao». Que no soy yo de usar muchos productos chichiles porque siempre me ha dicho mi gine que agüita y punto, pero oye, la situación lo requería.
En el súper estuve a punto de comprar marca blanca, pero me dije: «Oye, tía, que se trata de tu chirla, no le des cualquier cosa», y al final escogí la marca más conocida en higiene íntima. Había dos opciones: «para pieles sensibles» y «frescor duradero». Yo, que no soy sensible ni por dentro ni por fuera, me decidí por el frescor, que qué mejor cosa que ir al gine con el chichi fresquete, ¿no?
Pues nada, ahí estoy yo en la oficina esperando la hora de salir al gine, y una hora antes o así aprovecho que tengo ganas de hacer pis para probar las nuevas toallitas. A ver, al principio bien; la sensación era agradable, fresca (como prometía el paquete), un poco extraña tal vez porque al ser húmedas me parecía que mi amiguito se quedaba un poquito mojado, lo cual todas sabemos que no es bueno, pero en fin… por una vez no pasa nada tampoco.
Bueno, pues según regreso a mi oficina empecé a sentir EL FRESCOR. EL FRESCOR, para que quede claro, no es frescor. EL FRESCOR fue para mí una sensación de quemazón intensa que me hacía removerme inquieta en mi silla, ante la mirada curiosa de mis compis. Era un poco como tener Vicks Vaporub ahí untado, pero sin el olor a mentol. Respiré hondo, tragué saliva, sabiendo que la sensación pasaría. Luché como una jabata para no ceder al impulso de poner a rascarme como un mono… ¡y lo conseguí!
Esbocé una sonrisa vencedora, claro, hasta que… ¡NO, POR DIOS! Quedaban cinco minutos para que tuviera que salir y…¡tenía ganas de hacer pis otra vez! (sí, soy muy meona). Ante mí se abrían dos opciones: hacer lo mío y limpiarme solo con papel o usar otra de las toallitas y volver a sentir EL FRESCOR.
Sí, amigas mías, elegí EL FRESCOR. Elegí EL FRESCOR porque mi obsesión con el lavado de chirla preginecológico no me permitía acudir a la consulta sin darme un agüita o un algo. Así que, como una auténtica heroína gilipollas, repetí la operación, con idéntico resultado. Bueno, idéntico no, porque me percaté de que EL FRESCOR se multiplica cuando lo sientes por segunda vez. Al repetir es más intenso, más puro, más real.
Por suerte, como ya me tenía que ir a la consulta, esta segunda vez no tuve que disimular en la oficina y llegué a la clínica sin novedad. Pero ¡AH! Como tuve que esperar bastante, me entraron ganas de hacer pis otra vez. Sabía que dentro de la propia consulta había un baño y me dije: «Pues voy a tener que aguantar EL FRESCOR durante la revisión… Pero he logrado cosas más difíciles en la vida. Yo puedo!!».
Así que, cuando la doctora me invita a desvestirme y ponerme la consabida bata que una nunca sabe si se ata por delante o por detrás, y a orinar si tenía ganas, yo obedecí… Entré con mi bolso en el baño, que la mujer se pensaría que soy muy desconfiada, pero es que yo llevaba allí mis toallitas íntimas, o eso pensaba yo, porque… Cuando ya estoy en pelota picá, echando el último meo antes de mi exploración anual, me pongo a rebuscar en el bolso y…. ¡NO ESTÁN! ¡LAS PUTAS TOALLITAS NO ESTÁN! Una horrible imagen se abrió paso en mi mente: la de mi mano depositando el paquete sobre el portarrollos del baño del curro. ¡JODER! ¡ME LAS HE DEJADO OLVIDADAS!
Así que sí, amigas, después de soportar dos veces EL FRESCOR, al final tuve que exponer mi almejilla a la doctora sin echarle un agua ni ná. ¿Y sabéis qué pasó? Absolutamente nada. No me echó de la consulta ni me llamó guarra ni ná de ná. Cuando regresé al curro y quise recuperar mis toallitas para que ningún ser vivo tuviera que pasar por lo mismo que yo, ya no estaban. Me pareció fatal que alguien robase algo así, la verdad, así que cuando a última hora me crucé con una compañera que se retorcía como si tuviera ladillas, pensé «¡¡Ay, qué bien funciona el karma para las ladronzuelas!!!»
Y hasta aquí mi versión dramatizada de por qué nunca más volveré a usar toallitas íntimas de frescor duradero (igual me animo con las indicadas para piel sensible xD).
