Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Corregido por wls para mejorar su lectura
Les cuento un poco. Mi relación con los hombres no ha sido especialmente maravillosa a lo largo de los años. Casi todas mis relaciones terminaban en infidelidades y no duraban más que unos meses. Pero hace cinco años llegó a mi vida quien creí que sería mi primer amor. En el sentido más completo: amigo, pareja estable, alguien a quien presenté a mi familia, y que me presentó a la suya.
Durante todo este tiempo hemos vivido lejos de su familia y cerca de la mía. Yo sentía que teníamos una relación idílica. Teníamos nuestros más y nuestros menos, como todo el mundo, y sus «rarezas» me parecían aceptables. Cuando lo conocí era un hombre enfadado con la vida, se quejaba constantemente: de su trabajo agotador, de que su vida era una mierda, de que todos los que le rodeaban estaban mejor que él. A mí eso me daba tristeza, pero me esforzaba por animarlo.
Siempre fui una persona simpática, sonriente y positiva. Verlo así me restaba energía, pero yo ponía fuerza para los dos y era feliz con eso. Le proponía planes, charlas, escapadas… Y aunque muchas veces resoplaba o se negaba, yo pensaba: “bueno, al menos me escucha”, o “al menos lo hace si se lo pido”.
Así se fue desarrollando la relación. Siempre había algo externo que lo irritaba: el trabajo, una situación, cualquier cosa. Y yo, con mi sonrisa, trataba de mejorarle el día. Incluso cuando yo estaba desanimada, estaba ahí para él. Porque pensaba que eso era el amor: aceptar al otro tal como es.
Hasta que nos mudamos a su tierra.
Lo hicimos porque, una vez más, estaba pasándolo fatal en su nuevo trabajo. Su padre necesitaba ayuda con una página web, y yo estaba terminando un contrato en un sitio maravilloso, pero soy aventurera y pensé que el cambio nos vendría bien. Imaginaba que, al estar con los suyos, saldríamos más, se sentiría mejor, estaría más feliz.
Nuestros planes eran seguir con nuestras vidas, tener nuestro espacio, pero todo se torció. Él empezó con la web, pero ganando poco. Yo no encontraba trabajo, y me sentía ansiosa y culpable, porque me había dicho que sin ingresos míos no podríamos mudarnos.
Al principio no tenía su ordenador montado, y se quejaba por no poder jugar. Cuando lo tuvo, empezó la verdadera distancia. Siempre ha sido de pasar mucho tiempo frente al ordenador, incluso cuando vivíamos solos. Yo lo aceptaba porque entendía que así conectaba con sus amigos. Pero aquí pasa 16 horas al día en el ordenador. Se levanta para comer, a veces vemos una película, y en cuanto acaba vuelve a jugar y a hablar con sus amigos.
Intenté pedirle que saliéramos, que me acompañara a caminar, que es algo que siempre me ha ayudado. Me dijo que no quería ser mi chófer, que fuera sola si quería, que no le apetecía con este clima, que no había a dónde ir… siempre hay una excusa.
Me dolía, pero no soy de discutir. Así que empecé a tragarme todo. Dejé de comunicarme. Lloraba casi todos los días sin que él lo supiera.
Llevamos más de tres meses en casa de su padre. El clima, el encierro y la situación me han vuelto una persona irritable. Me siento perdida. Me he ido apagando. Me he aislado muchísimo. Cuando intenté hablar con él, lo único que recibí fueron juicios: que deje de vivir tanto en el futuro, que no me queje tanto, que actúe y ya.
Sentí que me desconecté de la relación. Ya no hablamos de nada interesante. Me siento muy sola. Y ahora, al verme más distante, él ha empezado a acercarse físicamente. Pero yo siento que solo me ve como un cuerpo, no como una persona con emociones. Quiere intimar, pero yo siento que lo hace para «relajarme», no para acompañarme emocionalmente. Me da mimos, sí, pero no hay tiempo de calidad, ni detalles, ni conversación real.
Así ha sido siempre, pero ahora me doy cuenta de cuánto lo echo de menos.
Una vez me dijo que así como estoy ahora, “él no estaría conmigo”, y añadió que tampoco estaría con él mismo, porque también está mal anímicamente. Y yo pienso: cuando lo conocí él estaba mal, y yo lo quise así, lo apoyé, lo sostuve. Pero ahora que soy yo la que está mal, él no sabe qué hacer conmigo.
Ha vuelto a hacerme reír con las mismas tonterías de siempre, como si eso fuera suficiente. Pero yo ya no quiero eso. Ya no me sirve. Le propuse un ejercicio para reconectar como pareja y lo ignoró completamente.
No me adapto a este lugar. Me siento desconectada de él. Y aunque físicamente se acerca, emocionalmente estamos cada vez más lejos. Sé que mi felicidad no depende de él, pero me gustaría sentir que me acompaña. No solo con mimos o palabras bonitas, sino con verdadero interés.
Empiezo a ver que tenemos ideas distintas del futuro. Él dice que irá donde yo vaya, pero me da miedo que me lo eche en cara más adelante, como ha hecho otras veces. No es mal hombre, pero ya no sé cómo continuar.
Estamos a punto de mudarnos por fin a nuestro propio sitio. Y yo me pregunto si estoy tirando mi tiempo. Si realmente es el hombre con el que quiero envejecer. O si quiero saber qué hay más allá. A veces mi corazón me pide dejarlo todo y empezar mi vida desde cero. Y otras veces mi cabeza me dice: aguanta, que esto va a mejorar.
Gracias por leerme.
