Hace poco dos de nuestros amigos celebraron sus cumpleaños y quisieron montarse un sábado noche “de los de antes”, de aquellos en los que no había tantas responsabilidades. Varias parejas salimos a cenar y tomar algo hasta que el cuerpo aguantase, y lo cierto es que la noche estaba siendo memorable hasta que algo se torció.
Estábamos apunto de cambiar de pub cuando una de mis amigas descubrió que su chaqueta no estaba donde la dejó. Era una blazer de Zara de hacía varias temporadas, por dar contexto, de una estética algo llamativo. Tras un buen rato buscando por los montones de ropa que se van acumulando sobre sillas por del local, mi amiga se convenció de que se la habían llevado. Era imposible que una prenda como aquella se hubiera podido confundir con otra, no es que fuera una chaqueta monocolor al uso.

Mi amiga se quedó fastidiada porque, además de que le tenía cariño a la blazer, le fastidiaba haber sufrido un robo y tener que pasearse por la calle expuesta al relente de la noche. Pero, de repente, en la puerta de otro local vimos a un grupo de chicas charlando y riendo. Una de ellas llevaba puesta una chaqueta idéntica a la de mi amiga, y las sospechas se confirmaron cuando su marido dijo:
—Esas muchachas estaban en el local antes, que yo las vi.
Entonces mi amiga, hecha una furia, se fue para la chavala y le preguntó a un palmo de su cara que de dónde había sacado la chaqueta que llevaba puesta. Tanto la chica como las amigas se quedaron en shock, y sus miradas de circunstancias las delataron en un instante.
—Te estoy preguntando que de dónde has sacado la chaqueta.
Todo lo que había emitido la chica hasta el momento había sido un balbuceo y, ante la insistencia amenazante, lo único que le salió decir es que se la había encontrado en el suelo de un local. Primero dijo el nombre de uno, luego el de otro. Después, cuando vimos que la chaqueta estaba impoluta, que no se la había encontrado en el suelo, sino «olvidada» en un sofá. Sus amigas no abrían la boca, tan asustadas como ella. Las jóvenes no aparentaban más de 17-18 años, y de un momento a otro se vieron rodeadas por 10 tíos y tías de cerca de 40 que las estaban llamando sinvergüenzas y maleducadas.

La chica se contradecía y le temblaba la voz. Hasta que, al borde de las lágrimas, se quitó la chaqueta, se la dio a mi amiga y le dijo que ella no había hecho nada malo, que se la había encontrado y ya está. Entonces mi amiga le arreó una sonora hostia con tantas ganas que la niña se trastabilló y cayó encima de una mesa baja cercana, vacía en aquel momento.
Me atreví a decir que ya estaba bien, que nos fuéramos, que solo había sido una tontería de chiquillas a las que les había gustado la chaqueta, que no eran más que niñas. El marido de mi amiga dijo que le estaba bien empleado y así aprendería a no coger lo que no es suyo, pero enseguida nos fuimos de allí.
Como vivo en una ciudad pequeña donde es bastante fácil dar con la gente, al día siguiente nos enteramos de que la niña no es ninguna delincuente juvenil de poca monta, ni siquiera una sinvergüenza. Algo cabeza hueca y falta de juicio en una noche de fiesta, sin más, pero una chiquilla de 17 años normal y corriente, responsable, agradable y con padres que se ocupan mucho de su educación.
A través de una conocida común, su madre se disculpó y le aseguró que no volvería a pasar. Además, se prestó a pagar cualquier arreglo o a reemplazar la chaqueta si se había estropeado, cosa que no hizo falta. A la torta no hizo mención. La mujer se llevó un mal trago, sobre todo por saber que ni a su hija ni a ninguna de sus amigas se les había ocurrido pensar que aquello no era buena idea. A alguien se le ocurrió llevarse la chaqueta y se la llevaron, sin más.
Al día siguiente, se montó un debate en el grupo porque alguien hizo un comentario supuestamente jocoso sobre la torta que mi amiga le dio a la chica. Prácticamente todos estaban de acuerdo en que ese tipo de correctivos “educativos” vienen bien de vez en cuando.

La verdad es que me causó desasosiego que hubiera práctica unanimidad a la hora de validar la actitud de mi amiga. Le pegó a una niña de 17 años a la que ni siquiera conocía, cuando claramente estaba sobrepasada por la situación, y luego justificó la agresión como presunto “correctivo” como si violencia educara o como si ella tuviera que ocuparse directamente de la educación de la niña. Podría entender que, en el calor del momento, se le fuera la mano. Pero, como mujer adulta, esperaba que ella o alguien del grupo lo viera al día siguiente de otro modo. Ni siquiera les parecía que la hostia fuera tan fuerte (lo fue), sino que la niña se trastabilló porque iba borracha (se la veía bastante serena), incluso cuestionando a sus padres. “A ver que hace una menor sola y borracha por ahí a esas horas”.
Creo que, como adultos, todos tenemos cierta responsabilidad en la educación de los más jóvenes, aunque sea como referentes indirectos. A la hora de enseñar la lección, hubiera sido más productivo comunicarle a los padres el incidente al día siguiente, no nos hubiera costado dar con ellos. No creo que la violencia sea la solución ni me trago defensas tan hipócritas como “No estoy a favor de la violencia, pero una torta a tiempo tampoco viene mal”. Creo que, esta vez, fallamos todos.