Hace un tiempo escribí un artículo contando que soy ese tipo de madre que tiene la SUERTE (si, así en mayúsculas) de poder ir a tomar café al bar después de dejar a los niños en el cole porque no trabajo fuera de casa. Pues me habéis dicho de todo: que si soy una mantenida (que lo soy y a mucha honra), que si no tengo independencia económica y si mi marido me deja me quedo en la mierda, hasta que soy un mal ejemplo para mis hijos.
Canal de mamis y niños en whatsapp
¿Pues sabéis una cosa? Que trabajar fuera de casa no os hace más válidas como mujeres. Ni más empoderadas. Ni más modernas. Y, por supuesto, tampoco sois mejores madres ni ejemplos a seguir para vuestras hijas.
Nos hemos comido con patatas la mentira de la liberación de la mujer; que trabajar nos haría más independientes. Las mujeres de ahora trabajamos 8 horas fuera de casa, nos ocuparnos de los niños y de las tareas del hogar. Estamos saturadas, agotadas y muchas veces frustradas porque no llegamos a todo. Mientras, ellos siguen igual que hace cuarenta años. (No todos, por supuesto).
¿Somos más libres o más esclavas?
Yo misma he creído durante mucho tiempo que trabajar era una obligación moral. No económica, no profesional, no vocacional. Moral. Como si el hecho de tener un empleo fuera un sello que certifica que eres una mujer independiente y realizada.
A mí me vendieron que tener una carrera universitaria era casi mi obligación. Porque estudiar era garantía de tener un buen trabajo. Y no fue así. Salí de la universidad ultra preparada para trabajar en empleos pocos cualificados, porque en mi campo había paro o enchufismo.

¿Y que pasó? Pues que terminé encadenando trabajos que nada tenían que ver con mis estudios. Pero, había que trabajar. Porque el trabajo te hará libre. Como decían los nazis…
Entonces llegaron los hijos. Cuando fui madre me di cuenta de que me rentaba más estar en casa con mis hijos y aportar cero euros a la economía familiar, que volverme loca con horarios y turnos, pagar desayunos en el colegio, o contratar a una persona que se quedara con los niños por las tardes.
Y fue cuando decidí que quería ser ama de casa. Porque estar ocho horas en un trabajo que detestas, mientas te lamentas por no poder estar con tus hijos, no te hace ser mejor madre.
Que sí, que el trabajo da independencia económica, estabilidad y, en muchos casos, satisfacción personal. Y bendito sea cuando ocurre. Pero también hay una verdad que incomoda bastante: no todos los trabajos son vocacionales, ni gratificantes, ni compensa el desgaste físico y mental que implican.

Hay trabajos que son, simple y llanamente, trabajos. De esos que no te aportan más que un ingreso. Y decidir que no quieres sacrificar tu salud mental ni el tiempo con tus hijos por ese tipo de empleo no debería ser motivo para juzgar a una mujer.
Porque si yo decido que prefiero ajustarme el cinturón, tener menos dinero a final de mes, pero quedarme en casa cuidando de mis hijos y poniendo lavadoras, en lugar trabajar fuera de casa y gastarme más de la mitad de la nómina en que tengan atendidos a mis hijos, pues eso no me convierte en poco ambiciosa o en una fracasada. Me convierte en una persona realista que es consciente de que la conciliación familiar es una utopía.
Y es que, por mucho que nos empeñemos, por mucho que luchemos por nuestros derechos, el hombre sigue ganando más que la mujer. Ellos son los que siguen tiendo puestos de responsabilidad, mientras nosotras pedimos reducción de jornada cuando nos convertimos en madres. Y esto es una realidad, os guste o no.
¡Ojo! Que cada caso es distinto. Hay gente que no le queda más remedio que trabajar para pagar facturas. Hay mujeres que necesitan ese trabajo de mierda para dar de comer a sus hijos. También las hay que adoran su trabajo.
Pero si yo, y otras como yo, tenemos la gran suerte de contar con un marido con un buen trabajo, que trae un sueldo suficiente para sobrevivir, y gracias a eso podemos quedarnos en casa y renunciar a un trabajo que odiábamos.
¿Qué tiene de malo? ¿Soy menos feminista por no salir a trabajar? ¿Estoy anclada en el pasado? Pues yo creo que no. Son decisiones que tomas en la vida.

Cuando dices que prefieres no trabajar durante una etapa para cuidar a tus hijos cuando aún son pequeños, siempre hay alguien que te pregunta, con cara de preocupación: “¿Y no te da miedo depender económicamente de tu pareja?”.
Curiosamente, nadie te pregunta si te da miedo depender emocionalmente de un trabajo que te amarga la vida, o de un sistema que te exige ser productiva hasta cuando estás agotada porque tienes un bebé que no duerme por las noches.
Porque quedarte en casa y cuidar de tus hijos tampoco es un trabajo fácil. Trabajas 24/7. Sin horarios, sin vacaciones y sin ver un duro. Pero prefiero eso a estar doblando camisetas en una tienda, aguantando encargadas amargadas y clientes que se creen que eres su sirvienta.
Para mí, poder elegir quedarme en casa con mis hijos también es empoderamiento. Porque el empoderamiento real no debería ser obligarnos a todas a seguir el mismo camino, sino permitirnos decidir cuál queremos recorrer.
Y si mi elección ahora mismo es cambiar reuniones con jefes por juegos en el parque, informes por desayunos en el bar con otras mamás, pues lo siento, pero no me parece un fracaso. Soy una mujer que disfruta de su maternidad. Y seguro que mis hijos, cuando sean mayores, valorarán que haya sido una mamá presente.