A las 9 de la mañana, cuando suena el timbre del cole y mis hijos desaparecen tras la verja, entre mochilas y niños corriendo, yo respiro aliviada. He sobrevivido a otra mañana de carreras porque llegamos tarde, desayunos a medio terminar, agendas que desaparecen misteriosamente y discusiones tontas sobre qué me vas a echar para el recreo, fruta no quiero, pues todos los días no vas a llevar galletas y batido.
Y en ese preciso instante, mientras otras madres salen disparadas hacia la oficina, yo tengo la inmensa suerte de poder irme al bar de la plaza a tomarme un café con leche con otras mamás.
Sí, soy esa madre. La que se queda en el bar charlando después de dejar a los niños. La que disfruta de ese ratito como si fuera terapia. Porque lo es. Y no pienso sentirme culpable por ello.
El café es terapéutico
Algunas personas creen que ese café es una pérdida de tiempo y de dinero. Que gastamos miles de euros al año tomando café en el bar cuando podríamos tomarlo en casa mucho más barato.
Pero para mí es el mejor momento del día. Si me tomo el café en mi casa no puedo charlar con nadie. Además, que siendo madre con hijos que duermen regular, todo café es poco. A veces me tomo el café del bar y otro en casa. ¡Viva la cafeína!
Pero el café del bar es sagrado, es un espacio donde reseteo, donde paso de ser la madre sargento que grita: “¡Date prisa, que llegamos tarde!” a ser yo. Una persona independiente de mis hijos. Aunque luego el 90% de las conversaciones en el bar giren en torno a ellos.

Entre café, hablamos de cosas importantes y de cosas absurdas. De problemas con los deberes, de suegras metomentodo, de que el niño no come, de con quién voy a dejar a mis hijos si mi marido y yo morimos trágicamente.
También cotilleamos, claro, porque ¿qué sería de un café de mamás sin un poco de chisme inocente? Pero, sobre todo, nos escuchamos. Y créeme: eso vale más que diez sesiones de terapia. Un café sale más barato que un psicólogo.
Sí, soy una mantenida
¿Y por qué me puedo permitir estar a las nueve y cuarto de la mañana desayunando en el bar? Pues porque no trabajo, soy una mantenida y a mucha honra.
Voy a decirlo claro: no trabajo fuera de casa, pero me encargo de la casa y de los niños. Y sí, soy una mantenida. Palabra fea donde las haya, que muchas veces se utiliza como insulto, como si dedicarse a cuidar de la familia fuera vivir del cuento.
Pues no. No es vivir del cuento. Es vivir cansada, es tener mil tareas invisibles, es estar al pie del cañón las 24 horas. Es poner lavadoras, preparar cenas, tener la casa limpia y recogida. Y sé perfectamente lo que me vais a decir: “Pues yo trabajo ocho horas fuera, llego a casa y me encargo de todo igual que tú”. Pues olé por ti. Pero yo tengo la suerte de poder quedarme en casa y no tengo que pedir perdón por ello.

Con el sueldo de mi marido podemos vivir, con lo justo y sin grandes lujos, pero yo tuve la oportunidad de quedarme en casa para criar a mis hijos, y la aproveché. Quizás cuando sean mayores y no me necesiten, vuelva a incorporarme al mercado laboral. Pero hasta entonces, soy yo la que los lleva al colegio y los recoge, soy yo la que hace los deberes con ellos, y soy yo la que pasa el verano con ellos, sin necesidad de pedir ayuda ni de contratar niñeras.
A veces siento que las madres estamos siempre en guerra: las que trabajan fuera contra las que no, las que dan pecho contra las que dan biberón, las que hacen BLW contra las que no tienen tiempo para inventos. Y la verdad, me parece agotador.

Las madres necesitamos dejar de justificar todo lo que hacemos. Si trabajamos fuera, porque “descuidamos” a los hijos. Si nos quedamos en casa, porque “somos unas mantenidas”. Si nos tomamos un café, porque “perdemos el tiempo”. Basta ya.
Porque, ¿sabéis qué? Todas estamos cansadas. Todas lo hacemos lo mejor que podemos. Y todas, absolutamente todas, necesitamos un respiro. Para algunas será salir a correr a las 7 de la mañana, para otras irse a trabajar y sentirse realizadas laboralmente, y para mí es tomarme un café con una amiga-mamá después de dejar a nuestros hijos en el cole. Cada una encuentra su válvula de escape.