Trabajé en un escape room de extrarradio y casi acaba en tragedia

Ya sé que la precariedad laboral es algo que no pilla a nadie de nuevas, pero en todos los años que llevo trabajando no he visto un nivel de cutrez tan superlativo como el de aquel sitio.

Empezaré por definir eso de “escape room de extrarradio”. Aunque suene a canción de Melendi, me parece oportuno puntualizar lo de extrarradio, porque no es lo mismo un juego de escape dotado de tecnología de primera, con buena infraestructura, marketing y demás… a encontrarte con el ZULO PIOJOSO en el que acabé yo en mitad de un polígono a las afueras. 

Los dueños eran una parejita joven que habían decidido montar aquel negocio (de dudosa legalidad) con idea de sacarse unos dinerillos extra. Como cada uno tenía su trabajo fuera, buscaban a una persona que se hiciera cargo del negocio los fines de semana, que era cuando realmente se petaba. Ahí entré yo en la ecuación. 

Lo montaron ellos mismos con muy bajo presupuesto, cosa que, hasta cierto punto, tiene su mérito… si está bien hecho. Resultó que lo ambientaron en el Antiguo Egipto, así que tenían las paredes de la sala recubiertas de corcho pintado de amarillo (así todo muy preescolar), simulando el interior de una pirámide. Lo adornaron con las típicas vasijas y figuritas de bazar chino, intercalado con muchas cajitas y trampillas que se abrían con candados y demás movidas que, como mi cerebro se ha ido reseteando, ya no lo recuerdo bien, pero vamos, que el Manitas de Art Attack se sentiría orgullos de su legado. 

El plato fuerte del juego era un sarcófago tamaño real que el dueño había construido y en el que habían metido a una supuesta momia que era, literalmente, un esqueleto de plástico con vendas del botiquín recolgando y una cantidad exagerada de joyas colocadas aleatoriamente, de plástico también, de las que te ponías con 5 años, y te pintabas los labios como el culo de un babuino y te sentías mayor. 

Pues bien, la momia tenía un cetro que cuando la gente pulsaba, activaba un mecanismo que abría la puerta y eso indicaba el fin del juego. 

Ahora que estáis en situación, os digo, a menudo tenía que lidiar con que el corchopán se caía a trozos y tenía que barrer el reguero de virutillas que iba dejando. También me topé con clientes muy brutos que forzaban cerrojos, candados y demás artefactos y había que reponerlos, limpiar, ordenar… en definitiva, para los cuatro duros que me pagaban aquello era mucho más que explicarles de qué iba el juego, cobrarles o hacerle la foto de recuerdo.

Lo más gracioso vino en el mes de diciembre. Aumentó considerablemente el número de reservas porque venían muchos grupos que estaban de cena de empresa por las fiestas y yo creo que ese fue el detonante del drama. Como el sistema electrónico y toda la parafernalia eran de mírame y no me toques, al venir más clientes las cosas empezaron a fallar. Recuerdo en concreto a un grupo de mujeres de mediana edad que venían de su cena de empresa y habían reservado el último turno para jugar. Eran un encanto, pero un poco torpes en el juego. Recuerdo que una me preguntaba preocupada si me iba a casa sola, que aquello estaba donde Cristo perdió la chancla y que si ella fuera mi madre me vendría a buscar en coche. Otra me dijo muy emocionada si lo que oía en el local de al lado era un concierto de Héroes del Silencio, a lo que le respondí que no, que era un simple karaoke. 

Menos mal que me tocó un grupo majísimo porque, cuando estaban acabando el juego, pulsaron el cetro de la momia y aquello no se abría ni a tiros. Suerte que sabía un truco para abrir la puerta y les hice creer que habían sido ellas, pero me quedé preocupada porque de todas las cosas que podían fallar, aquello era lo más gordo.

Se lo conté a mi jefe y al día siguiente vino a revisarlo cuando no había clientes a lo que me dijo, tan pancho: “Ah, sí, había tal fallo en la instalación y este circuito estaba deteriorado… podríais haber salido ardiendo jajaja, menos mal que no”.

Al día siguiente me despedí. 

Ele Mandarina