Siempre quise ser madre. Desde pequeña jugaba con muñecas, las cuidaba, las bañaba con todo el amor del mundo y las dormía como si fuesen recién nacidos. Siempre que veo un bebé, se me cae la baba. Me encanta ver a los niños jugando en el parque, les saco la lengua en la fila del súper y les sonrío y, cada vez que ha habido alguno a mi alrededor, de mis amigos o familia, me he deshecho.

Mi idea maravillosa era ser madre a los 28. Pero a esa edad ni siquiera tenía un trabajo fijo. No hablemos ya de pareja… Durante los años siguientes logré estabilizar mi situación laboral y tuve un par de novios. Pero todavía no encontrábamos el momento perfecto porque, la verdad, no fueron relaciones muy largas.

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Entre unas cosas y otras, me planté en los 35 sin hijos ni pareja. Como ya he dicho, tenía un buen trabajo y muchas ganas de ser madre, pero no creía que fuera el momento, así que empecé el largo y tedioso procedimiento de congelar óvulos (esto da para otro post, señoras). Los congelé y volví a mi vida de soltera sin hijos.

Tuve otro par de parejas, pero ninguna definitiva. Así que ya, rondando los cuarenta, me empezó a rondar la cabeza la idea de ser madre soltera. La rumié durante un año y empecé a comentárselo a mis allegados. Había opiniones para todos los gustos: que si todavía era joven, que esperara, que me lanzara, que no necesitaba una pareja, que era imprescindible una situación familiar estable…

Así que lo aplacé: un poco para aclararme, un poco porque, en el fondo, tenía la idea romántica de que el padre de mis hijos aparecería cuando menos me lo esperase. El problema era que sí lo esperaba…

Como todo, hay un momento de revelación que, a veces es místico y, otras, es completamente prosaico. Un día, cuando estaba yendo al gimnasio con mi look a la última, mis zapatillas a juego y una bolsa preciosa de Bimba y Lola, me tropecé con una madre y su hijo. El niño, que no tenía más de cuatro años, me miró y dijo: “¡Señora, cuidado!”. Para ese niño ya era una señora y, ya con mi edad, mi embarazo era geriátrico. Si quería ir a la graduación de mi hijo sin bastón, me tenía que poner a ello.

El día que me hicieron la transferencia de los embriones fue mágico. Estaba en una nube, asustada, pero totalmente ilusionada por lo que podía ocurrir. Podía porque no era una certeza. Y, sin embargo, pudo. La transferencia fue bien y estaba embarazada.

Empecé a leer todo lo que caía en mis manos sobre maternidad y a empezar a visualizar todo: la carita de mi bebé, su nombre, su ropa, su habitación… Os diré que no me importaba el sexo, pero es mentira. Esperaba con ansias una niña, una amiga, una compañera… Pero era un niño. Al principio fue un poco decepcionante, lo sé, esto no es políticamente correcto, pero, con los días, no paraba de pensar en mi hijo. Álvaro, ese iba a ser su nombre. 

Todo el mundo a mi alrededor me brindó su ayuda y Álvaro nació sano. El parto fue precioso y estuvo conmigo mi madre y se quedó con nosotros los primeros días. La lactancia se me hizo muy dura y, al ir a la revisión de la semana, el enfermero empezó a hacerme una serie de preguntas sobre los “hábitos” del niño: sueño, alimentación… Y, entonces, me miró y me preguntó qué tal estaba yo.

Y me eché a llorar desconsoladamente. Le conté que la lactancia no estaba funcionando, que no aguantaba más a mi madre en casa mangoneando todo, que cómo iba a poder yo sola con todo… Y se levantó, me cogió de la mano y me dijo que lo estaba haciendo muy bien, que estuviera tranquila.

A los pocos días, salí con mi hijo de paseo y a comprar algo para subsistir. Y justo cuando iba a entrar al súper de mi barrio, casi nos chocamos. El enfermero y yo, vamos. Me saludó y me preguntó por Álvaro. Y luego, me miró y me dijo que qué tal seguía.

Le dije que mejor con la medio sonrisa que logré esbozar, pero era triste. Me dijo que, si quería, ahí al lado había una cafetería con un café increíble. Y nos fuimos a tomar un café. Me contó que le acababan de dar el destino en mi Centro de Salud, que era de fuera y que estaba intentando hacerse a todo. Hablamos y hablamos durante un par de horas en las que Álvaro estuvo profundamente dormido. Me dijo que me daba su teléfono por si necesitaba cualquier cosa. 

Me dio vergüenza llamarle, sobre todo porque yo ahora era una señora con un hijo y él un encanto, soltero y sin cargas familiares. Así que nos volvimos a ver en la revisión del mes. Álvaro estaba cogiendo poco peso y mi lactancia estaba siendo un suplicio. Me preguntó si quería dejar de dar el pecho y le dije que sí, que sabía que estaba mal, pero no quería seguir. Me dijo que no estaba ni bien ni mal. Era mi decisión y tenía que hacerme sentir bien. Le sonreí.

Al irnos, me dijo que por qué no le había llamado y le dije que no quería molestarle con trabajo en horas libres. Me dijo que había estado esperando mi llamada.

Esa misma noche, le mandé un mensaje dándole las gracias y diciéndole que le debía un café. Nos lo tomamos y ya van unos cuantos más. Estoy asustada porque, pese a que todavía no ha pasado nada, creo que va a pasar. Me estoy enamorando y tengo un hijo…

 

Anónimo

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