Hay días que comienzan como cualquier otro, pero terminan siendo especiales y te dejan lecciones que no olvidas. Esto me pasó a mi en una etapa en la que estaba pasando por un mal momento, muy estresada y con pocas posibilidades de mejora.
Era un lunes por la tarde y yo fui al supermercado después de trabajar y haber echado más horas de las que me tocaban. Mi jefe había decidido que justo esa semana era la ideal para lanzar un proyecto nuevo, así que todo el equipo estábamos doblando turno. Mi carro solo tenía cosas básicas: algunas verduras, huevos, arroz, leche y un paquete de galletas que me prometí a mí misma para poder sobrevivir al día.
Había mucha cola, yo estaba de los nervios y solo quería irme a mi casa, así que me puse a mirar el móvil y cuando me tocó, puse las cosas sin pensar en la cinta. Cuando la cajera acabó de pasar todos los productos, me di cuenta de que había olvidado la cartera en casa.
Fue uno de esos momentos en los que sientes que todo se para de repente. Noté como me subía el calor por el cuerpo y miré hacia atrás. Había muchísima cola y la gente tenía la misma cara de pocos amigos que debía yo tener hacía unos instantes. No tenía activado el pago móvil y no había nadie que conociera que me pudiera ayudar. Estaba atrapada.
Me puse roja como un tomate y le expliqué a la cajera que tenía que irme corriendo a buscar la cartera, que por favor apartase mi compra y que volvía enseguida.

Ella puso cara de estar molesta y la gente empezó a murmurar. Yo no sabía donde meterme, me disculpé y fui a salir corriendo, cuando el hombre de detrás de mí, un señor de unos 50 años, me dijo que no me fuera, que ya lo pagaba él.
Me negué. La compra subía a cincuenta y pico euros y me sabía fatal que alguien se hiciera cargo. Y menos aún, un desconocido. ¿Quién hace eso?
Él insistió y como la gente de detrás se estaba enfadando. Terminé aceptando. Me pagó la compra y le pedí que por favor se esperase, que quería ir a por la cartera y devolverle el dinero, pero él no quiso.
Me dijo que era un favor, que todos tenemos malos días y que no quería que le devolviera nada.
Me extrañó tanto que hasta me enfadé, no entendía por qué este desconocido no quería que le devolviera el dinero. Mi mente se imaginaba escenarios de estafa, de extorsión… Todo con tal de no barajar que quizás simplemente fue buena persona. Me sentía en deuda y eso me hacía estar incómoda.
Todo esto me hizo reflexionar mucho en la manera en la que nos han educado. En cómo nos enseñan a ayudar (pero no mucho), a no fiarnos, a sospechar y a no dejar nada “pendiente” con nadie. A devolver todos los favores y a no quedar en deuda.
Agradecí haberme cruzado con ese señor y que me hiciera pensar, pero tuve una suerte aun mayor, a los pocos días, volví a encontrarlo.
Lo vi de lejos haciendo señales a los coches para que adelantasen a su coche. Los conductores le pitaban y a él se le veía algo apurado. Me acerqué y me reconoció enseguida, le pregunté si necesitaba ayuda y me dijo que el coche no le arrancaba.
Se ve que llevaba un tiempo averiado y él estaba intentando alargar la reparación porque necesitaba una pieza que era bastante cara de conseguir, así que finalmente el coche había petado.
Me hubiera gustado poderte ofrecer a pagárselo, pero mi situación financiera tampoco era la mejor. Así que hice lo que pude y tiré de contactos.
El padre de una de mis mejores amigas, trabaja en un desguace. Le llamé, le expliqué lo que tenía el coche y le dije que le había pasado a una persona que era importante para mí.

Me dijo que sin problema, que le enviásemos la grúa con el coche y que él se haría cargo de ajustar el precio. Avisé al señor y se puso muy contento. Le acompañé al desguace y allí el padre de mi amiga nos informó que tenían justo esa pieza pero de segunda mano, de otro coche accidentado, y que eso bajaba el precio a más de la mitad.
Quedaron en que recogería el coche unos días más tarde y yo no podía estar más contenta viendo la cara del hombre que me había ayudado.
Me agradeció de corazón todo lo que hice y se separaron nuestros caminos.
No he vuelto a ver al señor, pero sí que me hizo reflexionar mucho y ahora me tomo las cosas de otra manera.
A veces, un pequeño gesto puede cambiarlo todo.
Anónimo.