Un testigo de Jehová intentó entrar en mi casa.
Siempre he sido una niña muy cagona a la hora de quedarme en casa sola, pero “me tranquilizaba” cerrar la puerta con llave y dejarla puesta para que nadie pudiera entrar. Y no sé por qué parece que mi vida me tiene que enfrentar a mis mayores miedos dándome un guantazo con la mano abierta.
Tendría 12 años cuando un día me quedé sola en casa. Mis padres para aquel entonces ya estaban divorciados, y sería un sábado por la mañana probablemente que mi madre estaba trabajando, mi hermana también y yo pues me quedé en casa con todo cerrado.

De siempre y es una manía que tengo actualmente siendo adulta NO cojo el porterillo de casa si no espero a nadie y estoy en casa sola. ¿Por qué? Pues yo qué sé, pero así me siento más segura. Total, que estando yo en casa llaman al porterillo, pero yo como si nada porque como mi familia estaba trabajando yo la puerta de casa no la abro. Al rato, llaman al timbre y cual ninja comienzo a acercarme de puntillas para mirar por la mirilla y saber quién estaba llamando a la puerta. Me veo a dos hombres, grandes y fuertotes que no paraban de llamar al timbre.
Cuando os digo que no paraban de llamar al timbre os prometo que no os estoy exagerando. Pum y pum y pum. Parece que eso no era suficiente que comenzaron a llamar dándole a la puerta. En ese momento ya me cagué porque digo tío, lo normal es que llames una, dos veces, pero si no te abren con las mismas te vas, pues parece ser que esta gente no.
Pararon por cinco minutos, y al poco después se vuelven a escuchar los porrazos en la puerta y escucho cómo están intentando meter algo en la cerradura. Mátame camión, casi me da un infarto.
Yo tenía la llave puesta detrás de la puerta y eso dentro de lo que cabe me tranquilizaba, pero 29348 escenarios pasaron por mi mente en ese momento y yo no sabía que hacer. Me metí en la habitación más al fondo de mi casa y moví un mueble hacia la puerta por si entraban en la casa y llamé a mi madre. Cuando mi madre me cogió el teléfono y le dije “mamá, dos hombres están intentando entrar en casa” cerró su tienda corriendo y salió a pedir un taxi lo más rápido posible.

En ese momento me acordé que quizás mi padre no estaba trabajando, y vivía a menos de 10 minutos de mi casa. Lo llamé y real que no tardó ni 5 minutos en llegar. En el momento que mi padre llegó se encontró a los dos tíos bajando por las escaleras y resulta que eran dos testigos de Jehová. Les preguntó que, si venían de la segunda planta, a lo que ellos respondieron que sí. Mi padre con los nervios, el susto y todo, cogió a uno de ellos de la camisa y le dijo de todo menos bonito y que no los quería volver a ver por allí o llamaba a la policía.
Al final todo quedó en un susto, pero realmente lo pasé muy pero que muy mal y no puedo negaros que desde aquello sigo sintiendo un poco de miedo cuando llaman a casa y no espero a nadie.
K de Karma.