Tenía muchas papeletas de haber sido Mila. Nací el 27 de noviembre, día de la Milagrosa y, como en mi casa siempre han sido muy religiosos, parece ser que fue la primera opción. Pero, con el paso de los años, al yo teorizar sobre mis propios orígenes, me confundí de virgen y pensé que querrían haberme llamado Dolores, mejor conocida, espero, como Lola.

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Entre risas, al contar esta historia, agradecía la suerte de que alguien hubiera pensado mejor a la hora de elegir mi nombre y me acabaran poniendo Isabel, que bien bonito me parece, sobre todo si lo comparo con las alternativas.

Pero claro, me dio por pensar, ¿será que me lo pusieron por Santa Isabel o como nombre de reina por seguir con la moda que ya inauguró mi abuela Leonor? ¿O simplemente, sin tanta historia, por llamarme como mi madre para seguir la tradición?

Pero lo curioso es que mi madre no es Isabel. Aunque todo el mundo la llame así, legalmente es Mónica, a secas, y todo porque mi abuelo, entre nervios y prisas, debió de olvidarse del segundo nombre en el registro civil.

Al final resulta que su Isabel no lo fue por accidente y el mío lo fue sin planificación. No era una niña deseada ni esperada, por mucho que suene duro escribirlo. Mi madre lo fue soltera, de sorpresa, sin soporte y con un golpe de vida para el que nadie la preparó.

No me la puedo imaginar ilusionada preparando mi habitación, comprando ropa o pensando en cómo sería mi cara y, así, perdida, la debió de ver una de las enfermeras que la ayudó en el parto, mentalizándose para lo que estaba por llegar.

Al ponerme en sus brazos le preguntó: «Mónica, ¿y cómo la llamamos?». Ahí se desató la tormenta porque no, nadie había pensado en mi nombre. Ni Milagros, ni Dolores, ni tradición religiosa, ni familiar. Nada de nada. Pero en un momento de lucidez, de esos que aparecen en los momentos más críticos, mi madre acertó a decir: «Yo tendría que haber sido Isabel», y la enfermera sentenció: «Isabel es un nombre precioso». Así me quedé.

Pero lo siento por mi madre si, al ponérmelo, inconscientemente cargó en mí las expectativas de la vida que ella no pudo tener. Porque lo cierto es que me he empeñado en elegir mi camino, mis errores, mis aprendizajes y mis metas. Puede que no me case, cosa que a ella le daría seguridad porque pensaría que ya no pueden abandonarme. No sé si quiero tener hijos, cosa que ella no aprueba porque, después de ser lo más difícil, me convertí en lo mejor de su vida.

Construí una versión de Isabel que probablemente no era la que se esperaba de mí, pero de la que cada día estoy más orgullosa. Me ha costado dos procesos de terapia (y quién sabe cuántos más), muchas relaciones sentimentales caóticas, años de complejos e inseguridades y mucha ansiedad.

Pero no pretendo ni echar culpas ni insinuar que mis traumas familiares me han definido. Quiero agradecer que mi madre no fuera Isabel para permitirme ser, a mi manera, una versión única, no de lo que ella no pudo, sino de lo que a mí me ha dado realmente la gana construir. Y también recordar a esa enfermera que, sin pretenderlo, impulsó mi firma y mi identidad.

Así que cuando pregunté si la elección de mi nombre tenía algo de especial y me dijeron que no, que al final se había elegido de carambola, me negué a aceptarlo y tiré del hilo. De esa madeja salió esta historia curiosa de por qué me llamo Isabel.