Mi novio vivía en una casa bastante grande en la ciudad. Era la casa de su padre en la que había vivido de pequeño y donde ninguno de sus hermanos quería vivir ahora, pues cada uno había diseñado su casa a su antojo y aquellos recuerdos no significaban para ellos lo mismo que para él.

Tras fallecer su madre, todos los bines quedaban en usufructo a su marido, bajo la condición de que él los repartiese como considerase entre sus hijos antes del final de sus días.

Pero el mercado había ido cambiando y aquella casa vieja ahora valía mucho más que cualquiera de los chalés de dos plantas que se habían hecho sus hermanos con la ayuda de su padre. Entonces su padre falleció y aquellos que, estando su padre en vida, había utilizado los ahorros familiares para hacer aquellas lujosas casas que estaban a nombre de ellos, ahora exigían la parte que les correspondía de la vieja casa en la que vivía mi novio, el único de los cuatro que no había pedido nunca nada de dinero a su padre y que simplemente disfrutaba de la casa familiar como el hogar que siempre había sido para él. Sus hermanos, como pirañas hambrientas, admitieron ante el notario que su padre tenía intención de arreglar unos papeles en lo que constase que ellos ya habían heredado en vida aquella parte de los bienes como eran las enormes cantidades de dinero que tenía el matrimonio ahorrado y que dejarían, por tanto, la casa a su hermano menor. Pero no lo había hecho, por lo que tenían derecho a reclamar una parte de la casa y del poco dinero que quedaba en las cuentas del anciano fallecido.

El abogado del hermano mayor les daba la razón y el notario dijo que, al no constar la intención del hombre en ningún lugar, efectivamente era así.

Mi novio apeló a los deseos de su padre, a su relación de hermanos y a la buena posición de la que gozaban todos (un catedrático de la universidad, un jefe de servicio de un gran hospital y el socio mayoritario de un bufete de abogados) menos él, que era mucho más joven y todavía estaba acabando los estudios y, si hacían aquello, lo dejarían en la calle.

Hubo un ligero revuelo, la indignación de sus hermanos ante su falta de conocimiento sobre la legalidad  sonaba como el ruido que hay en un bar en el que todos hablan a un tiempo, que molesta, pero no entiendes nada. Él les explicó que no podría pagarles sus partes de la casa, que si le dejaban vivir allí un tiempo… Pero todos estaba de acuerdo en vender la propiedad cuanto antes para poder dividir las ganancias y seguir sus vidas cada uno por su lado.

Mi novio insistió en el deseo de su padre en que la casa quedase como legado familiar, ante lo cual dos de ellos se rieron a carcajadas mientras el tercero se ponía serio y, pidiendo que dejase de ser ridículo, le hacía una propuesta de venta. Con lo que su padre le quería dejar en la cuenta podría pagar un cuarto de la casa, le quedaba la otra mitad al completo, a dos hermanos a los que no podría pagarles la mitad de lo que valía esa propiedad ni aunque empezase a trabajar ese mismo día. Así que debía asumir que la propiedad se vendía.

Me llamó desde el baño de la oficina del notario “¿Puedo vivir un tiempo en tu casa?” sin más. Yo le dije que por supuesto. Entró en aquella habitación de vuelta y dijo que renunciaba a sus derechos como heredero de sus padres y que dejaba su parte a quien la quisiese. Les dijo que había cosas que no tenía precio, como la familia y que si ellos podían ponérselo, ya no los quería cerca.

Fue a su casa. Metió en cajas todos los recuerdos que pudo y se plantó en mi casa, sin un duro, sin un lugar donde vivir, sin una familia a la que acudir, pero con la decencia intacta. No así aquellas tres ratas de cloaca, que seguían trepando entre ellos y destrozando con sus garras los pedazos de vida que sus padres, preocupados por su futuro y bienestar, habían construido.

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

 (La autora puede o no compartir las opiniones y decisiones que toman las protagonistas).

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