Quien no haya oído hablar de la IA no ha vivido en este mundo en los últimos tiempos. Yo había escuchado mil noticias y mil debates, pero en realidad, para mí, la IA tenía más que ver con robots futuristas y algoritmos imposibles que con nada que afectara a mi vida personal. Y, desde luego, jamás hubiera pensado que pudiera ser el origen de un cambio radical en mi historia. 

Jonathan y yo llevábamos casados 6 años y habían sido los más felices de mi vida (de la suya también, o eso pensaba yo). Aprendí a amar las rutinas de pareja, a conservar los detalles, y este tipo de estabilidad me había provocado ganas de tener hijos, una idea que hasta ese momento no me convencía mucho.

Pero cuando llevas 6 años casada/o, te sabes los hábitos de tu pareja igual de bien que los tuyos propios, y Jonathan de pronto empezó a cambiar los suyos de la manera más típica: llegaba más tarde del trabajo, se mostraba esquivo cuando miraba el teléfono o su ordenador, y no se comportaba conmigo igual de amoroso que siempre. 

Esto, por supuesto, lo comenté con mi psicólogo, que, un poco “de estrangis” me habló de una app que funcionaba con IA y que analizaba el comportamiento y el lenguaje de las personas. Todo esto para demostrarme, según él, que todo eso seguramente eran historias que me había montado yo mi cabeza. Ahora echo la vista atrás y flipo con lo poco profesional que fue, pero en el momento yo iba ciega y solo quería solucionar el mal rato que estaba pasando.

La app en cuestión me pedía mensajes textuales entre Jonathan y yo (de antes y de ahora) y también, si las había, mensajes entre él y otras personas en redes sociales. Me tiré una semana entera haciendo esto, y yo misma descubrí comentarios de él con tías que no me gustaron nada. Y cuanto más me calentaba, más material iba subiendo a la app y más rabia me estaba dando todo. 

Los resultados de la app me parecieron un auténtico timo, porque vale, analizaba la diferencia en el tono y frecuencia de los mensajes viejos y los nuevos (hasta ahí ya había deducido yo), y patrones de lenguaje que “sugerían la posibilidad de otra relación”, que también lo había descubierto yo misma mientras buscaba material.

Estaba tan hecha mierda que se lo conté a mi hermano, que trabaja de informático, y me dijo que sabía de un programa también de IA que se podía instalar en el ordenador o en el móvil de Jonathan y que él pensaba que eso sí que me sacaría de dudas.

Yo ya iba a por todas, así que me salté mis principios más sagrados (yo jamás le había mirado el móvil a nadie) y le dejé a mi hermano que instalara el programa ese en el ordenador de Jonathan.

No tuvimos ocasión de mirar los resultados hasta casi una semana después, y lo que decían los resultados confirmaban mis sospechas. Jonathan se pasaba todo el rato que estaba en el ordenador en chats y mandándose mensajes privados en redes sociales con una tal Fani. Los mensajes eran guarrísimos; leí un par y no quise seguir leyendo. 

Así que le fui a Jonathan con las pruebas en la mano, para que no hubiera posibilidad de que lo negara, y no tuvo otra que reconocerlo, claro, pero tampoco os penséis que le dio mucha importancia. Que solo había sido una aventura “virtual”, que no se había visto en persona con ella, y que lo mismo era un señor llamado Manolo. Añadió la guinda del pastel diciendo que para él era como ver porno y que no le parecía infidelidad.

Con el tiempo, decidimos separarnos. Durante un tiempo, yo intenté interiorizar la idea esa de que si los dos mirábamos porno y eso estaba bien, esto de hacer “sexting” con desconocidos era algo parecido, pero algo hubo en ese acto suyo que me hizo desconfiar de él en todos los sentidos. Así que no sé si tengo que agradecérselo a la IA, al psicólogo o a mi hermano, pero doy gracias de haberme enterado a tiempo.               

anónimo

Envía tus movidas a [email protected]