Me encanta cuando el destino se pone creativo y convierte una de las escenas de mi vida en un cliché. O en un chiste surrealista de esos de los que me reiré hasta que me muera. Porque yo estoy aquí para reír y ser feliz. Así que, incluso cuando me veo convertida en una broma pesada, me quedo con las risas y sigo palante, a esperar las que vengan después.

De hecho, no sé si es porque tengo tendencia a tomármelo todo con humor, pero esto de los chistes y los clichés es algo que me pasa muy a menudo. Con frecuencia protagonizo historias que confío en que pasarán de generación en generación, arrancando sonrisas a costa de mis padecimientos y de mis momentos más random y vergonzosos. Porque historias de esas tengo unas cuantas y hoy os quiero contar la de cómo conocí a mi pareja.

Ojalá pudiera deciros que protagonizamos uno de esos clichés de chico conoce chica de película romántica, pero no. La verdad es que, reducido a una línea, recuerda más a argumento de peli porno cutre que a cualquier otra cosa.

Ya os habréis comido el spoiler al leer el titular: Vino a arreglarme una cañería y acabé comprometía. Codazo, codazo, guiño, guiño.

Me vais a perdonar el ‘comprometía’, que es que rima mejor y le pone el toque de humor, además. Por otro lado, entenderéis cuando leáis el resto que no podía haberlo titulado de otra manera. Aunque es cierto que, si os ha dado vibes de fontanero cañón desatascándole las tuberías a clienta calentona, os vais a decepcionar.

A ver, que cuando yo vi al que hoy día es mi futuro marido ya me dije: Uh, nena, que nos ha tocado un fontanero de calendario. Pero también es verdad que porque de cara es muy bonito de mirar y tal, no porque le luzca mucho el mono azul a full de manchas con el que venía. En cualquier caso, tampoco es que quedara mal al lado del chándal viejo y la camiseta de publicidad blanca, retorcida y estiradísima con la que le abrí yo cuando llegó a mi casa aquel domingo a las once de la mañana.

No estaba yo de humor para ponerme guapa o tan siquiera un sujetador. Estaba jodida porque, aunque el casero me lo iba a devolver en algún momento entre la semana siguiente y 2048, sabía que la asistencia de urgencia en festivo me iba a salir por un pico. Y, además, no me había duchado todavía porque la vieja y precaria instalación de aquel piso anciano acababa de petar del todo. Motivo por el cual el chaval estaba allí, echándole un vistazo a la ducha y preguntándome si sabía por dónde pasaba la bajante.

¿Qué bajante ni qué subiente? ¡Yo qué sabía!

El chaval abrió el armatoste metálico aquel con el que había subido, se puso a rebuscar alguna herramienta y me pidió que cerrara la llave de paso. Y yo la cerré, le dije que ya estaba y me serví otro café, que la noche anterior había sido larga y yo estaba como al 47% de mi espabilación.

No le había dado el primer sorbo cuando escuché un ruido bastante fuerte, un taco todavía más fuerte y que el hombre me llamaba al grito de ‘¡¡¡SEÑORA!!!’.

Cuando llegué al baño me encontré con un géiser saliendo de la pared de la ducha y con el pobre fontanero intentando taparlo sin éxito y gritándome que cerrara la maldita llave de paso. Y yo, que como ya he dicho, muy espabilada no estaba, en vez de hacerle caso, agarré todas las toallas del estante y me puse a su lado a intentar tapar la fuga y a gritarle de vuelta que ya la había cerrado.

Total, que el cabreo del chaval subió diez puntos, salió dando zancadas y soltando palabrotas y, cuando volvió unos segundos después, vi que el agua dejaba de correr.

Y allí estábamos los dos, en un cuarto de baño de tres metros cuadrados, empapados y furiosos. Bueno, furioso él, yo ya no sabía ni cómo estaba. Puse las manos en jarras y lo miré en plan ‘a ver tío, te has cargado la tubería y te enfadas conmigo ¿o cómo va?’.

Él imitó mi postura y me soltó: ‘La llave que había que cerrar era la del agua, no la del gas.’

Y yo, muerta de vergüenza, me quedé muda unos instantes. Los justos para pensar cómo coño le rebatía eso y para ver que, por un milisegundo, se le iban los ojos a mi pecho. Mi pecho cubierto por una camiseta vieja, desgastada y mojada.

‘¿Me estás mirando las tetas?’, fue lo que le dije al final. El pobrecillo se puso todo nervioso y empezó a disculparse, si hasta se dio la vuelta y se tapó los ojos. Era todo tan cómico que yo no pude evitar descojonarme de la risa.

Para que dejara de pasarlo mal, fui a cambiarme antes de seguir hablando. Pero lo cierto es que, aunque él no se pudo cambiar hasta que terminó de arreglar aquel desastre y se pudo ir de mi casa, charlamos y nos reímos mogollón. Y bueno, no fue ese día ni al siguiente, pero yo tenía una factura con su número de móvil… y, como ir al grano nunca fue un problema para mí, antes de que se fuera le había preguntado si podía usarlo a nivel personal. Y me dijo que sí.

Conque así fue como vino a arreglarme una cañería y, poco a poco, casi dos años después, acabé comprometía.

 

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real de una lectora

 

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