Lo que me enseñó la reunión de antiguos alumnos
Nunca fui la popular de mi clase ni de mi curso en el instituto y tampoco destacaba especialmente en ningún deporte. Sacaba buenas notas, aunque no espectaculares por lo que pasaba bastante desapercibida.
Tenía un grupo de amigos muy variopinto, frikis muchos de ellos e íbamos a un colegio privado y allí, quizás más que en otros sitios, había mucho postureo y el no pertenecer a determinados ambientes hacía que muchas veces estuviéramos un poco desplazados.
No tengo un mal recuerdo de esa época, es más, me lo pasé muy bien, aprendí muchas cosas e hice grandes amigos que, a día de hoy, sigo conservando, pero también alguna vez deseé muy fuerte poder pertenecer a ese grupo de gente guay al que resto admirábamos (aún no sé muy bien por qué) y al que era imposible acceder si no eras como ellos.
En 2024 se cumplían quince años de la finalización de Bachillerato y, como es tradición en nuestro instituto, se convocó una reunión de antiguos alumnos a los que fuimos invitados todos. Aunque ya sabía que aquella invitación iba a llegar, cuando la recibí en el buzón me entraron muchas dudas sobre si ir o no. Al fin y al cabo, a mis amigos del instituto los había seguido viendo regularmente y, al resto, tampoco tenía mucho interés en volver a verlos.
Lo comentamos en el grupo y, aunque no estábamos muy por la labor, la nostalgia pudo con nosotros y la mayoría decidimos ir, aunque solo fuera por volver al instituto durante una tarde. Y, a una mala, lo podíamos utilizar como excusa para juntarnos y salir a cenar ya que últimamente el coordinar agendas estaba siendo complicadísimo.
La preparación de aquel evento me recordó a aquellas semanas de instituto en las que me pasaba días pensando el modelito que me iba a poner el sábado, yendo a última hora a comprarme una camiseta nueva o un vestido y realizando un ritual de maquillaje y peluquería digno de una boda ya que, salvando las distancias, en ese momento había hecho lo mismo. Me había comprado un outfit nuevo, había pedido hora para la peluquería y me había maquillado como para una ocasión especial.
De camino al evento, me di cuenta de que estaba nerviosa, casi como cuando con dieciséis años quedas por primera vez con el chico que te gusta y quieres que todo salga perfecto. No sabía muy bien por qué, aunque luego me di cuenta de que, internamente, una parte de mí quería estar a la altura y poder encajar en el grupo guay.
Todo mi grupo de amigos habíamos quedado a la entrada del instituto para entrar juntos, por aquello de hacer equipo y no morirnos de vergüenza y cuando traspasamos la puerta de entrada volvimos a ser aquellos que éramos con quince y dieciséis años y parecía que nada hubiera cambiado.
Estábamos convocados a un acto institucional que se celebraba en el salón de actos del instituto y luego teníamos cena con dj en uno de los restaurantes de moda de la ciudad y entre copa y copa, confidencias, risas y algún que otro remember lo que pude concluir de aquella experiencia es:
Que ser popular en el insti está sobrevalorado
Viéndolo con perspectiva, el grupo guay no era tan guay y mi grupo de “pringados” tampoco lo era tanto y, al fin y al cabo, todos nos parecíamos mucho más de lo que pensábamos.
Que ser popular en el instituto no es directamente proporcional a ser guay en la vida adulta
Muchos de mis compañeros y compañeras que pertenecían al grupo popular hoy en día lidian con situaciones cotidianas iguales o peores a las nuestras.
Que hay un montón de gente con la que no me relacionaba en el instituto y que, ahora mismo, podrían ser perfectamente mis amigos
Quizás porque cuando eres joven no concedes oportunidades a ciertas personas o porque quizás los grupos están demasiado marcados y está mal visto relacionarse con unos u otros. Ahora, todos éramos adultos con cosas que contar y recordar.
Que pertenecer a un grupo no popular me dio cosas que quizás no hubiera encontrado en el otro grupo
Porque mis amigos no populares valen oro y, junto a ellos, he aprendido y experimentado cosas que quizás en el otro no hubiera podido.
Que todos envejecemos
Al principio, cuando recibí la invitación, me daba pánico el volver a reunirme con compañeros y compañeras que hacía años que no veía por miedo a que pensaran que había envejecido regular, que había engordado o que ya no tenía el pelazo de antes. Pero allí todos habían envejecido, unos mejor y otros peor, pero por todos había pasado los años.
Que ser friki mola
Eso ya lo sabía y, aunque cuando iba al instituto, a veces hubiera deseado ser menos friki y más popular, hoy en día, mi frikismo me hace ser la más guay del mundo.
Así que si estáis dudando sobre si ir o no a esa reunión de antiguos alumnos, la respuesta es sí, id, aunque solo sea por el hecho de poder sacar vuestras propias conclusiones.
Angie Rigo


