Querido diario

Yo nunca supe qué quería ser de mayor y no me he muerto

Hay personas que saben lo que quieren de la vida desde que nacen. Os pongo un ejemplo. Una amiga mía nació, y un año y medio después estaba diciendo sus primeras palabras, que fueron: “mamá, yo de mayor quiero ser enfermera”. Vale, a lo mejor no fue exactamente así, pero lo que sí es cierto es que ella siempre supo qué quería hacer. Y luego estoy yo, que nunca supe qué quería ser de mayor.

Por hacer un recuento, y desde que yo tengo uso de memoria, primero quise ser espeleóloga. Sí, yo qué sé, era una niña rara. Luego, inventora. A partir de ahí se vuelve todo un poco difuso, pero sé que pasé por la época de soñar con ser enfermera, médica, pintora y escritora. Sólo conservé este último, porque llevo escribiendo desde que aprendí a coger un lápiz. Pero cuando llegas a los quince o dieciséis años y te “obligan” a elegir entre ciencias o letras, no hay una casilla que ponga “quiero ser la próxima Almudena Grandes”. Además, curiosamente, me gustaban las ciencias. Me encantaba la química y la biología. Aunque odiaba las matemáticas y la física. Por eso, y porque tenía un profesor maravilloso, al final me metí a biología.

Spoiler: Fue un error.

Spoiler 2: Y no pasa nada.

No, no llegué a acabar la carrera. De hecho, sólo estudié allí dos años, en los que conocí a gente maravillosa. Y me cebé a bocadillos en la cafetería mientras jugaba al mentiroso durante horas. Y aproveché todas las fiestas universitarias habidas y por haber, que todo hay que decirlo. Después, preparé oposiciones que no saqué, saqué una FP y, aún no sé por qué, acabé haciendo carrera y máster en turismo. Acabé de estudiar a los veintiséis, pero aún no había encontrado mi lugar en el mundo.

El problema de la gente como yo, que no tenemos claro qué hacer con nuestra vida, es que muchas veces no hay nadie a tu alrededor que sepa orientarte. Sí, yo sabía que quería escribir. Pero también sabía que de eso, salvo que seas la maravillosa Beta Coqueta, no se vive. O sí, pero desde luego no es un plan a corto plazo. También os digo que soñar es gratis y yo creo que algún día pegaré un pelotazo y venderé millones de ejemplares de un thriller que me catapultará a la fama inmediata y absoluta. Mientras tanto, como soy por naturaleza un culo inquieto, trabajé en hoteles, fui azafata, puse cafés y acabé en marketing porque, al menos, escribía artículos para otros. Y porque, la verdad, la vida me arrastró ahí. Tuve una microempresa. La cerré. Y durante todos estos años aprendí una barbaridad de lo que me gusta y lo que no.

¿Y ahora? Ahora escribo mucho. He publicado tres novelas, preparo artículos para webs y soy feliz. Pero mucho. Aún no he encontrado mi lugar en el mundo a mis treinta y dos años, pero, desde luego, me siento mucho más cerca de hacerlo. Y de pegar el pelotazo que me llevará a la gloria. O de que me toque el gordo de la lotería de navidad. Lo que venga antes, que no quiero ser tiquismiquis. Pero, mientras tanto, estoy disfrutando del camino, que es largo y maravilloso.

Si aún no has encontrado tu lugar en el mundo, piensa que aún estás a tiempo. Tengas la edad que tengas. Y que cualquier cosa es legítima. Nadie puede decirte qué tiene que hacerte feliz: Disfruta si tu sueño es dedicarte a la papiroflexia, tener un sueldo que te permita pagarte todos los canales de pago de la tele, o ser neurocirujana en Boston. Y lucha por ello.

 

Carmen Amil

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