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Querido diario

Lecciones de Mamalela, mi abuela

Imagen de perfil de Candela Trejo
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Mi abuela era una madre coraje que cuidó de sus siete hijos cuando su marido murió e hizo lo imposible porque tuvieran una vida digna. Mi abuela era una mujer increíble, que consiguió vivir todo tipo de experiencias echando por tierra todos los prejuicios de su época, de los que se fue deshaciendo poco a poco.

Mi abuela era de mis personas favoritas en el mundo, y ya no está.

Quiero compartir lo que me enseñó por muchos motivos: primero, porque sé que allá donde esté, me está leyendo (como siempre ha hecho). Segundo, porque creo que todo el mundo se merece tener una Mamalela en su vida, o al menos, un trocito de ella. Por último, porque ahora que todo es reciente, los recuerdos fluyen a lágrima viva y siento que puedo guardar aunque sea parte de su esencia, parte de lo que ella era, en forma de palabras, que era lo que más nos gustaba. Lo que más nos unía.

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Pasión por el arte

Cuando yo era pequeña y mi abuela vivía conmigo (ojalá regresar a la infancia de vez en cuando), antes de acostarme me recitaba un poema precioso en el que explicaba cómo ella andaba por el bosque, sus hijos eran flores y, en el cielo, había dos estrellas guiando su camino: mi abuelo y mi tía (que murió siendo un bebé).

Pero no solo escribía poemas preciosos, también cartas. Todos mis cumpleaños recibía una carta que siempre me hacía llorar, ya no que no era solo una carta, sino la voz de mi abuela que me decía: “Candelita preciosa, estoy orgullosa de la mujer en la que te estás convirtiendo, sigue queriendo muchísimo a tu familia y ¡eh! con este dinerito, cómprate un libro que te guste”.

Siempre he sentido que nuestra relación se basaba en la pasión que sentíamos por el arte: ella pintaba, actuaba (de joven), escribía poesía y cartas, leía a más no poder… No sé, a veces pienso que si no fuera por ella ni si quiera escribiría.

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La vida es como el solitario

Cuando era pequeña,  me quedaba embobada mirando a mi abuela mientras jugaba al solitario, con sus cartas de pájaros. A veces, en mitad de la partida, recogía las cartas y volvía a empezar. No solía cuestionar las acciones de mi abuela, pero acabé preguntándole por qué lo hacía, y ella, tranquila y sonriente, como siempre, me dijo:

En el solitario, como en la vida, llega un momento en el que te das cuenta de que no vas a poder ganar (a no ser que intentes hacer alguna trampilla). En ese momento puedes hacer dos cosas: ser un cabezota y tirarte dos días con la misma partida o darte por vencida, aceptarlo y empezar de nuevo sabiendo que la siguiente partida será diferente.

Así, sin más: diez minutos para explicar algo que mucha gente ni si quiera aprende en su vida. Así era ella.

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La familia es lo más importante

Siempre decía “me dais la vida”. “Veros juntos, sonriendo, riéndoos de vuestras cosas…me llena de vida”. Y es que, cómo no, para mi abuela, la familia que construyó era lo más importante en el mundo. Siempre nos decía lo mucho que teníamos que querernos, achucharnos los unos a los otros y cuidarnos entre nosotros, para así crecer juntos. Y la tarea era difícil, pero ella era el pegamento que nos juntaba a todos. Ella, la cerveza, y cantar villancicos andaluces (of course).

Siempre decía “me dais la vida”. Pero, de lo que no se daba cuenta (Mamalela, lo siento, te lo tengo que decir) era de que ella nos la daba a nosotros.

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(Posdata: no sé quién es esta familia tan simpática, pero mola)

El amor no tiene límites

Si hay algo de lo que he aprendido a lo largo de estos casi veintidós años con ella, es de amor. Recuerdo un día que fui con el corazón roto a verla. Me preguntó por lo típico: notas, instituto, amigas…. y después, haciendo una pausa lenta, puso su mano en mi pecho y me dijo: “Candelita, y tu corazón, ¿cómo está?” y no supe qué responder.

Eso era lo importante: mi corazón.

Porque para ella no había ningún tipo de límite: daba igual con quién estuvieras siempre que estuvieras enamorado. Ella no veía etiquetas, veía personas. Lo más importante para ella era que nosotros fuéramos felices, aunque a veces las cosas no salieran como lo habíamos planeado.

Las despedidas no deben ser tristes

Cuando yo cumplí catorce años, mi abuelo materno (enfermo de cáncer), se puso muy grave y mi madre cogió corriendo un tren para poder estar con él. La celebración empezaba bien: mi abuelo se moría y encima era el primer cumpleaños que pasaba sin mi madre. Pero recibí una llamada preciosa: Mamalela me llamaba para felicitarme el cumpleaños y tranquilizarme un poco.

Yo me encerré en el baño mientras ella me decía que no tenía por qué llorar, ya que eso era el ciclo de la vida. Las cosas pasan, y aunque nos sintamos tristes (que es lo normal), tenemos que entender que, cuando alguien muere, no debemos recordar su muerte sino celebrar su vida. Por eso ella en su funeral no quería soliloquios ni lágrimas…Ella quería que cogiéramos el dinero de la herencia y nos fuéramos toda la familia a comer juntos (así pasó, que éramos como sesenta personas), que hiciéramos bromas, que mostráramos tristeza (claro), pero que celebráramos la vida de alguien que fue feliz. Así que brindamos una y mil veces por ella.

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Ahora me dirijo a ti, Mamalela, porque sé que estás por aquí y quiero darte las gracias. Gracias por darme esta familia tan increíble. Gracias por darme a este padrazo que sé que no me merezco ni un poquito. Gracias por esconder el arroz en la servilleta para que pareciera que mi plato estaba más vacío. Gracias por ser mi abuela.

Si algún día escribo un libro, pienso dedicártelo solo a ti, mi estrella guía, porque sé que estés donde estés, lo leerás (como siempre has hecho).

Tu Candelita preciosa te adora.



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