Recuerdo que cuando era más joven y mis amigos empezaron a casarse, cada vez que me invitaban a una boda advertía a los novios de que yo les iba a una. Si se volvían a casar, que no contaran conmigo. Siempre lo decía con unas risas al final, en plan es broma. Pero no era broma. Era como que una vez me gasto la pasta en ponerme mona y darte el regalo y tal, más ya no.

A lo largo de los años en mi entorno ha habido varios divorcios, si bien nadie ha vuelto a pasar por el altar con sus nuevas relaciones. Nadie menos yo… porque yo me casé a los 28, me divorcié a los 33, me volví a enamorar a los 35 y… decidimos que queríamos casarnos cuando tenía 38.

Menudo palo. ¿Cómo se lo iba a decir a la gente? Ya no porque me diera rollo montar una boda y volver a vestirme de novia a esa edad. Que un poco también. Es que me había podido la boca y le había advertido a más de la mitad de los invitados que, si repetían, no contaran conmigo. Aunque era posible que muchos ni se acordaran de ese detalle, yo me acordaba, joder. Y me daba muchísima vergüenza.

Puede parecer una exageración, pero es que yo soy bastante exagerada en la vida en general. Y como el que estaba a punto de ser mi marido me conoce y me respeta, estuvo de acuerdo en casarnos en secreto. No en el sentido de ir a firmar al juzgado sin avisar a nadie más que a los testigos. No. Lo que hicimos fue organizar la boda e invitar a todos los que queríamos que nos acompañaran ese día, sin decirles lo que iba a ocurrir. Y, aprovechando que mi chico cumplía los 40 esa semana, poner la celebración de esa cifra tan trascendental como excusa para montar todo el tinglado. Porque queríamos casarnos y que ellos lo vieran, pero no meterles en un compromiso ni en unos gastos en los que la mayor parte de ellos ya habían incurrido una vez con alguno de nosotros…

Dados mis antecedentes de exagerada de la vida, a nadie le extrañó que la temática de la fiesta fuera El gran Gatsby, ni que se celebrara en los jardines de un pequeño pazo, ni que les pidiésemos puntualidad.

Así que nos pusimos guapísimos al más puro estilo años 20 y recibimos a nuestros amigos y familiares debajo de una pérgola decorada con lucecitas.

Algunos empezaron a sospechar al llegar y ver aquel percal, pero nadie se lo esperaba hasta que llegaron allí. No habíamos hablado de nuestras intenciones, no habíamos hecho ningún comentario. Y como los dos estábamos divorciados y llevábamos tiempo conviviendo, no habían pensado que nos apetecería repetir en eso del matrimonio. Sin embargo, no por secreta e inesperada la nuestra fue menos boda que cualquier otra. De hecho, fue mucho mejor que la primera, tanto para mí como para mi marido. Fue una noche mágica y una fiesta muy divertida y entrañable, que compartimos solo con la gente que de verdad queríamos que estuviese allí.

 

 

Envíanos tu historia a [email protected]

 

Imagen destacada