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    Cállate y hazme el amor

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    Desde que somos pequeñxs aprendemos la importancia de las relaciones sociales: nos hablan de lo bueno que es tener amigxs, cuidar a nuestrxs hermanxs, abuelxs, primxs… Y portarnos bien con las personas con las que nos cruzamos en el camino. Quizás todo ello es una de las miles de cosas que influyen en que vivamos buscando apasionadamente personas con las que compartirnos. A medida que nos hacemos mayores vamos enfrentandonos a cosas que nos hacen entender esas relaciones de manera más profunda y compleja: los afectos, las lealtades, las emociones, los miedos, los gustos, los deseos… Y como aspecto definitorio de todo ello, el amor.

    Amor, miles de definiciones entorno a lo que es, y cientos de situaciones vivenciales que nos ponen contra la espada y la pared: ¿me quiere? ¿le quiero? ¿cuánto me quiere? ¿cuánto le quiero? ¿es suficiente? ¿es demasiado?

    Normalmente estas preguntas nos las hacemos cuando nos cuestionamos el querer en torno al concepto de amor romántico o de pareja. Suele ser más sencillo aceptar el amor de una amiga o valorar positivamente lo que sentimos si hablamos de familia. No nos preguntamos si queremos suficientemente a nuestra mejor amiga. Y.. ¿por qué? ¿qué diferencia a unos amores de otros? ¿se puede medir el amor?

    El amor romántico se lleva el gran peso en esto de valorar amores y quereres. Ponemos por encima del resto la emoción más inestable de entre los quereres. No nos planteamos si hemos dejado de querer a nuestra amiga de toda la vida si, de repente, nos cruzamos con una persona maravillosa con la que nos lo pasamos genial y con la que comenzamos a construir una perfecta relación…. de amistad. Entramos entonces a valorar las exclusividades, y las obligaciones. En amistad sumamos. En amor romántico, intercambiamos.

    Quizás en el marco de todo esto llega la necesidad de plantearse qué es el amor y cómo se hace. Y sí, como se hace… Porque para que algo se mantenga hay que construirlo, fuerte y con el fin último de que no se caiga.

    Cuando hablamos de amor popularmente hablamos de lo que se siente, de algo que crece espontáneamente dentro de nosotrxs y sobre lo que no tenemos influencia ni posibilidad de control. El amor romántico nos moviliza pasivamente, nos ciega, penetra hasta el fondo de nuestra alma y nos hace hacer cosas, decir cosas, sentir cosas… como si de una fuerza sobrenatural se tratase, la cual parece que lo justifica todo. En base a ese “super-poder de las emociones“, el amor (y esa definición en concreto) es el gran tema central sobre el que se habla en la música, el cine, la literatura, el teatro…

    Is this love that I’m feeling, is this the love, that I’ve been searching for…. Is this love or am I dreaming, this must be love, ‘cos it’s really got a hold on me !!!!!!!!!!!!

    La palabra acaba por dar forma a esos sentimientos que reconocemos y manifestamos como “AMOR”, mostrando verbalmente lo que tenemos por dentro y percibiendo que, de esta manera, la otra persona será capaz de entender y asimilar lo que quiero y lo que busco en ella. Y además, se lo demostrare de la mejor de las maneras y delante del mundo entero. ¡NUNCA NADIE PODRÁ DUDAR DE MI AMOR!

    WTF

    Parece que las palabras se convierten en la prueba única y refutable de los sentimientos. Solo con articular letras y unirlas, para expresarlas en voz alta (o en un papel), legitimamos el valor que le damos a nuestros seres queridos, al vinculo que con ellos y ellas generamos. A pesar de ello las relaciones no se construyen en base a palabras, y estas se acaban difuminando cuando los actos que las acompañan no las refuerzan o las demuestran. De nada sirve escribir un poema diario y cantarle al oido un temazo de Bon Jovi si a la hora de los cuidados somos seres pasivos. En ese caso: ni “Te Quiero Mucho” ni OSTIAS.

    Las palabras pueden ser extremadamente superficiales: fíjate en los actos (y demuestra con ellos). Cuando quieres algo, deseas y buscas algo, tus actos se encaminan hacia ese “algo”, y no al lado contrario. Lo que hacemos expresa lo que queremos, y aunque no siempre sabemos hacer las cosas bien (¡estamos aprendiendo!), hay algo en la expresión física, personal y social, que marca la diferencia entre el sí y el no. Que no te tapen los ojos miles de frases ilusorias teñidas de los estereotipos más perversos en torno a las relaciones de pareja, detente en aprender sobre los pasos y las actitudes ante la vida. Observa y saca tus propias conclusiones.

    Amar es intención, no solo emoción.

    Cuida, sana, acompaña, folla, besa, juega, trabaja, coge de la mano, habla, llega a acuerdos, camina, apoya, abraza, seca las lagrimas, sonríe, llenale el cuerpo de orgasmos, ponte en su lugar, lame su espalda, acepta y perdona, mira a los ojos y siéntate a su lado.

    Y después, solo después, usa las palabras y dibuja la abstracción.

    EL AMOR SE HACE

    Siempre he pensado que la respuesta más hermosa a un “Te quiero mucho” es “Y yo me siento muy queridx por ti”.

    (Jorge Bucay – “Cartas para Julia”)

    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Soraya Calvo

    Pedagoga y sexóloga asturiana probando suerte como profesora e investigadora universitaria. La educación sexual no consiste en enseñar a follar, si no en ayudar a vivir.

    

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