Toda mi vida pensé que no conseguir llegar al orgasmo en mis relaciones sexuales era un problema mío sin solución. Ya me había hecho a la idea de que sencillamente tenía esa incapacidad, y estaba prácticamente resignada. Nunca había conseguido correrme, ni mediante la masturbación ni en mis relaciones con otras personas.
En el fondo de mí, tenía hasta la sospecha de que los famosos orgasmos eran un mito urbano y que, en realidad, todas las mujeres se encontraban en mi misma situación y ninguna lo admitíamos.

A pesar de esto, al mismo tiempo yo disfrutaba del sexo y además me excitaba muchísimo. Me encantaba compartir ese espacio de intimidad y placer con los chicos con los que estaba. Pero no conseguía llegar al final y me conformaba con ese rato de goce mutuo con mis parejas.
Tengo que decir que, excepto algún ser egoísta con el que también me topé, ellos lo intentaban por todos los medios. No podían creerse que no fuera capaz de llegar hasta el final y muchos se lo tomaban de forma personal, sintiéndose responsables de mi incapacidad.

Tanto era así que al final acabé aprendiendo a fingir esos orgasmos desconocidos para mí, sobre todo con los que fueron parejas a las que realmente quería, básicamente por la pereza que me daba intentarlo durante horas y horas bajo presión, sabiendo que no lo conseguiría y también por no herir sus orgullos y sentimientos.
Me convertí en una auténtica farsante sexual y en la mejor actriz porno interpretando corridas. Así éramos todos felices, porque de verdad que yo también lo era. No sabía lo que me perdía y ya me había hecho a la idea de que nunca lo conseguiría, así que me bastaba con la excitación, el morbo y la conexión con ellos a través del sexo.
Me daba completamente igual no alcanzar un estado que, como no había experimentado antes, no podía echar realmente de menos ni saber lo que me perdía.
Pero todo esto cambió cuando le conocí a él…
Desde el primer momento, sentí una atracción física hacia su cuerpo sin precedentes. NADIE me había puesto nunca antes como me ponía él. Cómo me tocaba, cómo me besaba y, sobre todo, cómo me miraba mientras follábamos.
Aún así, la cosa tampoco fue inmediata, y nuestros inicios sexuales estuvieron marcados por el mismo patrón que con el resto: yo disfrutaba, vaya si disfrutaba, pero acababa reproduciendo mi mejor amago de corrida cuando me acababa aburriendo o desesperando ante su esfuerzo por hacerme llegar a mí también, convencida de que aquello era un imposible.
Con el paso del tiempo nuestra relación se fue consolidando, como con aquellas anteriores, y nuestra confianza sexual fue aumentando de la misma manera. Cada vez me ponía más cachonda su contacto, cada vez aumentaba más mi libido ante su manera de tocarme, de penetrarme, de decirme guarrerías al oído y hacerme sentir el ser más deseado del mundo.

Por su parte, podíamos pasarnos horas teniendo sexo, pero yo me cansaba mucho antes y terminaba fingiendo como era habitual para que él acabara y poder dormirnos abrazaditos y contentos. Pero, poco a poco, mi excitación venía cada vez más rápido y era mucho más fuerte.
Hasta que llegó un momento, para mi sorpresa y sin buscarlo ni esperarlo, en el que de forma natural me ponía tan sumamente perra que no podía parar, que mi cuerpo me exigía seguir y me guiaba hasta llevar mi estado cachondo al límite y, sin apenas haberme dado cuenta, correrme como una posesa.
Desde entonces, fue un no parar. Progresivamente y sin forzar nada, cada vez llegaba al orgasmo más rápido y más a menudo. Me corría en los preliminares, con su boca, con sus dedos… Una vez ocurrió después de un rato solo acariciando y estimulando mis tetas.
Me corría con su penetración pero prácticamente en la primera postura. En otra ocasión, también lo conseguí mientras me hacía sexo anal sin ningún otro estímulo al mismo tiempo (esto nunca lo he vuelto a conseguir sin estimulación del clítoris a la vez).
Lo viví como una locura tan grande como una casa, porque pasé de ser (o creer que era) anorgásmica a ser multiorgásmica.
Hoy en día soy capaz de llegar al orgasmo sin apenas preliminares y prácticamente en la primera postura que cojamos, casi nada más empezar. Y también tocándome a solas. En cada una de nuestras relaciones me puedo llegar a correr innumerables veces. Yo creo que no tengo límite excepto el del agotamiento físico de mi cuerpo.
Es como si, sin buscarlo, se hubiera desbloqueado algo que en mi cuerpo (o mi cerebro) hubiera estado defectuoso durante toda mi vida.
Así que, chicas, si alguna de vosotras se siente identificada con esta historia, mirad a ver si, como yo, no solo no sois anorgásmicas sino todo lo contrario y simplemente no habéis dado con la persona adecuada que os ayude a averiguarlo.