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    Follamos mucho pero nos quisimos poco

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    Dicen que pasamos un promedio de  20.160 minutos besándonos en toda nuestra vida. ¿Suena a mucho, verdad?  Tu primer beso cuando tenías quince años y el mundo por delante, el beso de tu madre cuando te fuiste de casa, o áquel que sabía a ginebra y limón en una discoteca a altas horas de la madrugada. Todos compilados, comprimidos en una cifra, como si el roce de la piel, el sabor de la saliva o la sensación de humedad al abrirse paso al otro entre gemidos se pudieran meter ahí como quien mete ropa en una maleta vieja. Y es precisamente ahí dónde también estoy yo, en una de esas pequeñas fracciones  de tiempo, tú y yo, nuestra historia. Aunque quizás llamarla así es ser optimista, porque lo cierto es que no fuimos nada más allá de un puñado de besos mal repartidos en el calendario, un par de polvos en mi cama, en la tuya, en la encimera y en el sofá. Porque sí, follamos mucho, pero nos quisimos poco. O quizás nos quisimos mucho pero nos lo demostramos poco.

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    Las reglas eran simples. “Juega. Ríe. Escucha música con las piernas enredadas en las mías, tararea esa canción que odio y que a ti te encanta, pero no te enamores. No te enamores porque no me voy a quedar. No te enamores porque no vas a ser nunca eso que tanto te imaginas por las noches antes de ir a dormir”

    “No te enamores” Pero lo hice. Me enamoré y no habría podido evitarlo por mucho empeño que le pusiera. E incluso hoy, mientras sobrevuelo el cielo, coleccionando los kilómetros que nos separan, no puedo adivinar el momento preciso en el que te empecé a querer. Quizás fue cuando te dije por primera vez que me gustaba tu olor, esa mezcla de cigarrillos y almizcle que sólo a ti te sabía sentar tan bien. O quizás cuando empezaba a echarte de menos incluso cuando te había estado comiendo a besos la noche anterior. O aquella noche despiertos hasta las cuatro de la mañana hablando sobre la vida, nuestros amores de la infancia y tu colección de soldaditos guardada en una lata de galletas debajo de la cama.

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    No voy a mentirte, las señales estaban ahí, pero no supe frenar. Éramos como un Maserati a toda velocidad por una carretera secundaria, huyendo de la ciudad, para que nada ni nadie nos pudiera encontrar. Algo estúpido si te paras a pensar que el único problema éramos nosotros. Sólo nosotros dos, ¿verdad, amor?

    Y llegó la cuenta atrás y los llantos y tus golpes en la pared y mis ganas de ponerme de rodillas e implorarte que no te fueras, que no me dejases atrás porque si te ibas, me dejabas sin nada. Porque no creo que sea capaz de volver a escuchar mi canción favorita sin morderme el labio para soportar tanto vacío en el corazón. Porque yo no sé si todas esas historias sobre el amor son ciertas o no, pero se me acortona la piel si tu no la besas y se me secan los ojos de imaginar tantas mañanas a tu lado en las que nunca voy a despertar y se me rompen los labios de aguantarme las ganas de decirte que te quiero, que me da igual si vives en la otra maldita punta del planeta, que no hay autobús, avión o centímetros en el mapa que me separe de ti. Pero me callo y me lo guardo dentro, aunque sienta que muero.

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    Aunque me muera si no te sienta.

    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Paula Aranda

    Filóloga del 93. Culo inquieto, pequeñita, apasionada y visceral. Me paso la vida suspirándole al amor. Respirar para escribir, escribir para respirar. [email protected]

    

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