En fin, las bodas… meses y meses de preparativos que se esfuman en unas pocas horas de emoción, comilona y bailoteo. Pero lo cierto es que las amortizamos durante años tirando del álbum fotográfico y el habitual anecdotario de ese al que algunos se refieren como ‘el día más feliz de nuestras vidas’.
Muchos hablarán maravillas, pero no serán menos los que puedan contar anécdotas graciosas, incómodas o incluso traumáticas.
He estado indagando un poco por ahí y he conseguido que 10 mujeres me cuenten los desastres que ocurrieron en sus bodas:
- Los amiguetes del novio. ‘Mi boda fue bien, tanto la ceremonia con el convite. Todo transcurrió con normalidad y sin incidentes que destacar. Lo malo llegó por la noche, cuando nos retiramos al hotel donde íbamos a pasar la noche nosotros y donde también se alojaban parte de los invitados. Mi recién estrenado marido tuvo que bajar de madrugada a ayudar al personal del hotel a sacar de la piscina a seis de sus amigos que la estaban liando pardísima. En el agua, desnudos, borrachos y en pleno mes de febrero. Recuerdo pensar que si no los mataba la hipotermia, lo haría yo misma’.
- Jugando con fuego. ‘El peor momento de mi boda fue la entrada en la iglesia. No por los nervios y eso, aunque estaba atacada, francamente. Pero es que no fue hasta que me agarré al brazo de mi padre y llegamos a la altura de los bancos, que me di cuenta de que mi precioso vestido de corte princesa y miles de capas de tela era demasiado ancho para aquel pasillito custodiado por los bancos de los que colgaban farolillos con velas encendidas dentro. ¡Farolillos que iba enganchando y tirando a mi paso! No salí de allí en llamas de puro milagro’.
- En la cuneta. ‘A mí se me había metido entre ceja y ceja alquilar uno de esos preciosos coches antiguos para que nos recogiera al salir de la iglesia y nos llevara al restaurante. Estuvimos viendo opciones y nos decidimos por un Jaguar de 1956 negro tan bonito, que iba a quedar tan guay para el reportaje… Era divino. Y lució muy bien en las fotos que nos hicieron mientras arrancábamos. Pero nos dejó tirados en la carretera a veinticinco kilómetros del restaurante. Empezó a salir humo del capó, por lo que nos tuvimos que bajar y esperar en la cuneta a que llegara otro coche a por nosotros. Allí estaba yo, blanca y radiante, ramo en mano y hombro con hombro con mi marido y su chaqué. Más de media hora estuvimos esperando de pie en aquel arcén. Y encima vinieron a recogernos en un sedán normalillo gris de pocos años que nada tenía que ver con el vehículo que tanto nos había costado elegir’.
- Quemaduras. ‘Mi madre es costurera y me hizo el vestido de mis sueños, con escote muy amplio tanto por delante como por la espalda. Hicimos mil pruebas y arreglos pero siempre estando quieta, por lo que hasta el día de la boda no caímos en la cuenta de que, en movimiento, se me caían constantemente los tirantes ¡y me quedaba en bolas! Tuve que ponerme cinta de doble cara que compró mi hermano en una ferretería para evitar el desastre, pero se me despegaba continuamente. Me puse y me quité la cinta tantas veces que me quemé los hombros con el adhesivo. Me quedaron unas marcas que ni después de quince días tostándome al sol en Punta Cana.

- Sola hacia el altar. ‘Yo estaba muy nerviosa, como todas, supongo. Había adelgazado tanto que bailaba dentro del vestido. Se me enganchó el peinado al salir del coche y me lo tuvieron que arreglar en el atrio con horquillas de los recogidos de mis amigas. El niño de arras no daba llegado… Total, para cuando pudimos hacer la entrada en la iglesia mi padre quiso colocarme el velo y la cola, me adelanté un poco, entré en pánico al ver a los invitados mirándome y me puse a andar. Sin esperar a que mi padre terminase lo que estaba haciendo, por lo que recorrí todo el pasillo sola, apretando el ramo con las dos manos, y con mi pobre padre sonriendo casi dos metros por detrás, encorvado y sujetándome el vestido’.
- Los primos del novio. ‘Mi boda estuvo genial, salió todo perfecto. Nos retiramos de madrugada a casa felices y con cierta disposición de celebrar nuestra noche de bodas. Me estaba quitando el arroz del pelo cuando sonó el timbre. Creí que era la típica broma de los colegas, pero no. Eran los cinco primos del pueblo de mi marido. Borrachos como cubas y enfadados porque, a su juicio, la noche terminaba muy pronto en nuestra ciudad. Los tuve roncando desperdigados por la casa hasta que los pudimos largar en el primer autobús por la mañana’.

- Alergia. ‘En la tienda donde compré mi vestido de novia decidieron almidonarlo o no sé qué cosa le echaron, justo el día de la última prueba. El tema es que me dio una alergia terrible tan solo unos minutos después de ponérmelo. Se me puso todo el cuerpo rojo y me picaba hasta el alma. Me prometieron que lo lavarían y que estaría perfecto para el enlace, cinco días más tarde. Y lo cierto es que cumplieron. Pero a mi piel no le dio tiempo a reponerse y el día de la boda todavía tenía el cuello, escote y espalda ligeramente enrojecido y salpicado de pequeños granitos rojos. El sueño de toda novia, vamos’.
- La braga-faja. ‘Mi madre se puso muy pesada con que debía llevar braga-faja y medias. Yo no quería porque no las uso nunca, me son muy incómodas y paso mucho de estar todo el día subiéndolas. Tanto me comió el tarro que terminé por hacerle caso, creo que solo para que me dejara en paz con el tema. El día de la boda, yo tenía como una angustia en el estómago que achaqué a los nervios. Pero según pasaba la tarde esa angustia pasó a ser dolor y una sensación de ahogo que no me dejaba ni comer. Llegó un momento en que solo podía estar parada de pie, sentía que me faltaba el aire, no podía ni bailar. Mis amigas notaron que no estaba bien, me arrastraron al baño para refrescarme y eso, y una me dijo que hiciera el favor de quitarme las medias. Mano de santo, se me fueron todos los males en cuestión de segundos. Maldita la hora en que le hice caso a mi madre, por culpa de las medias no probé bocado y casi me quedo sin disfrutar de la fiesta’.
- A pachas. ‘La ceremonia estuvo bien, pero la pesadilla comenzó cuando llegamos al restaurante. La gerencia había comprometido el mismo día para otra pareja más. Nuestros ciento y pico invitados llegaron antes y nos tocó comer primero, mientras los otros doscientos alargaban sus pinchos. En los postres nos desalojaron del salón y tuvimos que acomodarnos en la zona del cóctel para dejar comer a los de la otra boda. Ya estaba todo pagado, no conseguimos que nos devolvieran ni un euro y el restaurante cerró para siempre quince días más tarde. Ojalá hubiéramos celebrado la fiesta en un McDonalds y nos hubiéramos gastado la pasta en la Luna de Miel’.
- Descanse en paz. ‘La mañana de mi boda recibí una llamada de la diócesis informando que el cura que nos iba a casar había fallecido y que estaban viendo cómo asistirnos. Me dio mucha pena el pobre hombre. Pero una parte de mí — la más insensible y egoísta — no paraba de pensar qué coño hacíamos nosotros ahora. Decidimos no decir nada a nadie y acudir a la hora señalada a ver qué pasaba. En el peor de los casos mi suegro, que es un tío charlatán y divertido, podía soltar un monólogo improvisado de los suyos para entretener a los invitados un rato y luego ir a cenar sin más. Desde luego posponer o cancelar con ese margen tan pequeño, no era opción. Estaba mi suegro dándolo todo subido al murete del atrio cuando llegó, corriendo y sudando, un chavalín que aparentaba entre dieciséis y veintidós años, que terminó por oficiar la ceremonia nervioso y revisando chuletas en el móvil. Pero bueno, al final nos casamos.
Y tú ¿también tienes algún desastre que contar de tu boda?
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