¿Recordáis 1000 Maneras de Morir? ¿La serie gore por antonomasia que veíamos hace años en la tele y a cada capítulo flipábamos más? 

Básicamente cada episodio se numeraba y definía perfectamente con un título súper conciso, que dejó hits como: “Murió Plantando un Pino”, “Atropello por una Babosa” o “Murieron por Esnifar Hormigas Rojas”.

¿¡Cómo no!? ¿Aún no sabéis de qué hablo? Era una serie con estética very americana que, nunca, por mucho que cerraras mucho los ojos y pusieras cara de estreñido pensante, sabías si se trataba de realidad yankee o de mera inventiva hardcore. Dicho sea de paso, realidad yankee no tiene más definición que esa misma. 

Porque ya sabemos el amor de los norteamericanos por ser más freak que nadie en el globo terráqueo. Vamos, que te cuentan una milonga, te la ubican en Cuenca y te la crees menos que la nueva cara de Kiko Matamoros. Pero si en vez de en las casas colgantes, te dicen que ha pasado en un rascacielos de Manhattan, cobra toda credibilidad sin fisuras.

¿Cómo no van a sufrir accidentes tontos e inverosímiles si por todos es sabido que, en ciertos estados, cambian el canal de la tele disparando cartuchos con la escopeta preferida del crío de 7 años? Más munición y menos control remoto ¡hombre ya!

Pues, os vais a sorprender.  El otro día me vino esta serie a la cabeza. ¿And why? Estando yo en la cocina de mi casa, canturreando con mis cascos mientras pelaba unas papas y con más volumen en mis oídos que el cardado de la madre de Matrimonio con Hijos, vi la muerte pasar y saludarme con un ¡Epa, hasta pronti! agitando sus huesicos de manera amigable. Que no le devolví el saludo, con lo educada que yo soy, porque me había quedado más blanca que su santa calavera.

¡Pues no va y viene el dichoso Roomba serie 600, Jeffrey para los amigos, y me mete por detrás a la vez en ambos talones! Lógico, me desestabilizó lo justo para que mi cuerpo se arqueara hacia atrás, clavando garras de los dedos de los pies al azulejo cual Koala trepador, en un intento desesperado de no caer a plomo y desnucarme contra el frigo. 

¿Pero será posible? No sé el vuestro, pero mi robot tiene obsesión por chocárseme continuamente contra los pies. Y si ya me fastidian esas personas que cuando te hablan, te dan toquecitos en el hombro, imagina el toquecito del chisme este en el pie. Pum, pum, pum. Que al final te busca y te encuentra. Te encuentra. Tercer Roomba que compro ya en menos de un año.  Desde luego, ¡qué poca tolerancia a caer de los terceros pisos! ¡Flipo!

La tontería de poder haber estado criando malvas y haber salvado el cuello justo in stremis, me dio que pensar. Las veces que he estado en peligro real de muerte sin salir de mi propia cocina. Real, real. No como cuando un día sales de tranquis y te paran en un control de alcohol y drogas y aciertas 14 y el pleno al 15. No. Real de verdad.

No son pocas, no. Recordé entonces aquella vez que estaba asando castañas en el horno. Todas y cada una con sus correspondientes mordiditas con el cuchillo para que no revienten, correctamente amputadas para que la cáscara no se quede sellada a traición y parezca de repente 7 de diciembre del 41 en Pearl Harbor

Toda lozana y confiada abrí el horno para ver qué color iban teniendo mis zapatonas, cuando de repente, y sin previo aviso de chiflido ni nada: ¡PLACA! Os juro por los angelitos que guardan mi cama que sonó a yoya en estéreo ¡Qué propulsión! ¿Pero eso qué ha sido, Antonia? 

¡No os lo vais a creer! ¡Que había reventado una disidente! ¡Una anarka en mi horno con pirolisis last generation! Pero vamos, vamos, que en su día me vino Arguiñano a dar el permiso de cocina en persona y todo. ¡Qué fuerte! ¡Me había pasado rozando mi tez de melocotón! Que incluso me dejó marca del roce al pasar como la espada del zorro. Un poco más centrado el tiro, yo la cabeza más ladeada y se me incrusta en el esfenoides y… Ciao. A estirar la pata. 

Me puedo imaginar hasta la cara del juez que levanta el cadáver. La de El Grito de Munch como poco. ¿Askiusmi? Diría incrédulo ¿Pero quién dispara castañas pilongas a zonas sensibles? Por Dios, que eso que sale por ahí no es fruto, es masa. ¡Masa gris!

Sin contar, claro está, las veces que he visto pasar la película de mi vida por delante de mis ojos, al empeñarme en no usar la tabla de madera, cuando mi herramienta va a ser un cuchillo Teodomiro, comprado en persona en la fábrica de Zalamea de la Serena, authentical extreme-meño pro, que ríete tú de los Wing Chun

Se trata de una competición Karpov- Kaspárov. No importa quién haya ganado la partida de ajedrez, porque al día siguiente tu mente no es capaz de distinguirlos y no recuerdas quién ganó así que vuelves a consultarlo en Google. Así una y otra vez, para volver a empezar y volver a dudar.

Yo ídem. Parece que no recuerde lo qué pasó la última vez que, por vaga simplemente, no quise usar la tabla de cortar. Mi mente se cree la computadora Deep Blue, capaz de batir a un genio del ajedrez a nivel mundial y confiar en que, después de la humillación, no la desprograme. Pero lo de acordarme de que si hago eso probablemente termine en desgracia, poquito, más bien nulo.

Efectivamente, vuelve a pasar. Aquello que voy a cortar resbala en la encimera, escapándoseme de la mano y sustituyendo a lo truco de Magia Borrás, por ejemplo, zanahoria por dedo. Esas milésimas de segundo entre que notas la hoja pasar perfecta trinchando carne y el comienzo de la sangre a brotar son de infarto, ¿a que sí? 

No sabes si tienes para papel de fumar, para puntos o para coser a la palma uno de los 5 huecos para los dedos que tienen tus guantes de la mano izquierda para que no cuelgue ridículamente cuando te los pongas la próxima vez. Muy random todo. Diréis: “bueno, ¡qué exagerada! De eso no se muere nadie”

Evidentemente no. Pero, ¿y si, justo en ese preciso instante que me corto, a mi Jeffrey Tercero se le hubiese cruzado el logaritmo y, haciendo de las suyas, me mete en los talones y caigo para atrás de una forma tan poco decorosa como la de Fher de Maná cayéndose en pleno concierto? (Vaya se me ha vuelto a pegar la cancioncita: Ya no me voy a caer…)

 ¿Y si,  mientras el cuchillo que he soltado como cuando agarras la plancha del pelo por el lado que no es, asciende hacia arriba y estando yo ya tirada como una toalla en la playa con chichón nuquero, cae con la hoja hacía mi precioso corazoncito clavándose y partiéndomelo por la mitad? ¡Ah ojo! ahí ya no sería solo un capítulo, ahí ya serían como mínimo 3, trilogy.

Pensándolo bien, voy a pedir una pizza para comer, que las grasas trans matan, pero un poquito más lento.

Y vosotras personitas poco prudentes, ¿habéis tenido alguna experiencia similar digna de haber podido formar parte de alguna temporada de esta serie? Si queréis podéis compartirlo conmigo para que pueda sentirme quizás, algo menos tonta, algo más humana.

 

MUXAMEXAOYI