El otro día fui a la boda de mi primo. Aunque vivimos a más de seiscientos kilómetros de distancia, solemos vernos en vacaciones (sobre todo cuando éramos más pequeños) y siempre nos hemos llevado super bien todos los primos. Yo soy la pequeña de la familia y siempre me han tenido mimada.

Mi primo me pidió que hiciese una de las lecturas de la misa y yo accedí encantada. Como era la primera boda a la que asistía, ya siendo mayor de edad, decidí ponerme cañón. Vestidazo, peluquería, maquillaje. Estaba casi irreconocible. Casi. Yo me encontraba guapísima y muy segura de mí misma. Para la lectura, como tenía que subir al atril al lado del altar, me tapé con un chal el escote, que la boda era en el pueblo y no quería yo dar el cante.

La ceremonia fue preciosa y yo no me equivoqué ni una sola vez. Y leí con una entonación perfecta. Estaba muy orgullosa de mí. Hasta los novios me felicitaron de lo bien que lo había hecho. Noté que una mujer, ataviada con una mega pamela y con un vestido de tela de cortina de abuela, me miraba bastante fijamente, pero creí que era por admiración.

Cuando salimos de la iglesia nos hicimos unas cuantas fotos y nos montamos en el autobús que habían contratado para los invitados, para que nos llevasen a la finca donde se celebraba el convite. Y allí estaba aquella señora que se iba girando en su asiento de vez en cuando para mirarme. Ahí ya me empezó a parecer sospechoso. Pregunté a una de mis primas mayores, que viven en el pueblo de al lado, que quién era aquella mujer del vestido de gusto dudoso, y me dijo que era una prima de la novia. Bueno, no le di más importancia. Sobre todo, porque ya llegábamos a la finca y empezaba la fiesta de verdad.

El cóctel estaba delicioso, un montón de platillos exquisitos, y le fui dando a la sangría de cava con alegría.  De vez en cuando me giraba y veía que aquella señora estaba por ahí, al acecho, y llegamos a cruzar miradas varias veces. Mis primas me dijeron que seguro que eran imaginaciones mías, pero yo no me acababa de fiar y no me separaba de ellas, para no quedarme sola.

Después del cóctel, pasamos al banquete y en los postres, nos los pasamos genial con un bingo musical que prepararon los mejores amigos de los novios. Y ya llegó el momento del baile y de la barra libre. Canciones de ahora y de siempre y cócteles de fantasía. Me lo estaba pasando genial, pero me empezaban a doler los pies después de tantas horas de llevar tacones de infarto. Mis primas se apiadaron de mí e hicieron que me sentase. Una se fue al coche a buscarme las sandalias todoterreno, para poder seguir con el bailoteo, y la otra se fue a buscarnos más bebidas para que no pasásemos sed. Y entonces pasó. Estaba concentrada masajeándome los pies, cuando noté una presencia. Levanté la cabeza y delante de mí estaba aquella mujer, prima de la novia, mirándome fijamente, muy seria. 

Tú eres Silvia, ¿verdad? Eh, sí. ¿Sabes quién soy? Una prima de Nazaret, ¿no? Sí, pero, ¿te acuerdas de mí? Porque yo si me acuerdo de ti. Pues lo siento, pero no me acuerdo. (¿Dónde se habrán metido mis primas, que me han dejado con la loca esta?)  Sí, hace unos años, en la boda de tu primo mayor, tendrías unos diez años tú, te acercaste y me preguntaste por qué me había puesto un vestido tan feo. (¡Madre mía! ¡Hace doce años!) Y a mí me gustaba mucho, y me había costado un buen dinero. Eeeeh, pues lo siento si te ofendí, pero era pequeña y te juro que no me acuerdo. No pasa nada, eras muy pequeña. Sólo era para que te acordases. Esta vez supongo que no opinarás igual. Porque mi vestido de hoy es de un diseñador muy exclusivo y me ha costado el triple que el de la otra vez. Para que veas que sí puedo tener buen gusto. (No, la verdad es que hay cosas que no cambian ni con el paso de doce años…)

Se gira y se va. Y en ese momento llegan mis primas. ¿Qué quería? ¿Qué te ha dicho? Madre mía, me ha echado en cara que cuando era pequeña, con diez años o así, le dije que llevaba un vestido feo. ¡Pero de eso hace ya más de doce años! Y como supongo que no hemos coincido antes, ha venido a soltármelo ahora. ¿Pero con qué fin? Y yo qué sé, me ha dicho que para que me acordase. ¡Por Dios bendito, eso es gestionar mal el rencor y lo demás son tonterías!   

El resto del baile ni ella volvió a acercarse a mí ni yo volví a quedarme sola. Pero yo sigo flipando con que guardase rencor tanto tiempo a una niña de diez años.