Que, aunque lleve catorce años viviendo en un país de habla inglesa, sigo teniendo un acentazo de la hostia es algo que tengo asumido. Y oye, no necesariamente es algo malo. Simplemente es así. Igual que cuando hablo español no puedo ocultar el hecho de que soy de Zaragoza, o igual que mi amiga Estefania no puede ocultar el hecho de ser sevillana.
Normalmente no tengo problemas para hacerme entender o entender a los demás. Normalmente es la palabra clave.
Suelo tener dos excepciones. La tecnología, y mis hijos.
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La segunda es entendible, yo hablo inglés, no lenguatrapo. Hace un año desde que os conté esto, y seguimos más o menos igual. En serio, miles de años de humanidad, tenemos apps para identificar unos zapatos con tan solo una foto, ¿y a nadie se le ha ocurrido inventar un traductor de bebés? Bebenario, podríamos llamarlo. Una app, que tú pones a grabar cuando tu enano habla y te va traduciendo simultáneamente. Que cuando tu peque te diga “Mami, qui na llenta”, significa “mami, quiero un saquito de frutas para merendar”.
Pero bueno, ahora, el primer problema. La tecnología. Si consigo entenderme sin problemas con todo el mundo, seria lo normal que pudiera entenderme también con las maquinas, ¿no? De hecho, yo pensaba que sería hasta más fácil. Error.
Pues no. Mas fácil mis cojones. Soy completamente incapaz de comunicarme con la tecnología por voz. Tengo manos libres en el coche. A veces, tengo que llamar a mi marido o a mi jefe si voy tarde / o si necesito decir algo. No hay manera. Yo venga a berrear “llama a marido”, y el coche venga a responder “lo siento, no lo he entendido”. Por curiosidad, lo conté un día. Le pedí al coche 253 veces que llamase a mi marido porque me había olvidado decirle que ya iba de camino a casa. Llegué a casa antes de que el coche me hiciera caso. Tres cuartos de hora repitiendo lo mismo y habría tenido más suerte mandando una paloma mensajera.

Ahora, imaginaros lo que pasa cuando juntamos ambos problemas juntos:
Pues que mi hija se entiende mejor con Alexa que conmigo.
Igual que yo colecciono cajas, mi marido parece coleccionar Alexas. Tenemos una en cada habitación. Menos en el baño, pero solamente porque ahí no tenemos enchufe. Y, pues ya que están, habrá que usarlas. Suelo poner música en ella para tenerla de fondo mientras jugamos con los peques, y la voy cambiando de habitación según me muevo.
Ahora bien, me cuesta al menos cuatro intentos conseguir que ponga la música que la he pedido. Y eso cuando lo consigo. Si no me harto antes y la pongo desde el móvil.
¿Pero mi hija? A esa si que la entiende sin problemas.
Me viene
- ¿Mami, podemos poner Bartolito?
- Claro mi amor. Alexa, pon Bartolito
- Alexa: lo siento, no te he entendido.
- Alexa, pon Bartolito, de la Granja de Zenón.
- Alexa: lo siento, no te he entendido.
- Mi enana: Lexa, yo quiro Artoito.
- Aquí tienes Bartolito, de la granja de Zenón.
- Yo: cara de haba con la gota por encima.

También puede darse que sea yo la que no entienda a la peque, mientras que Alexa lo hace a la perfección.
Hace unos días, le dije a mi hija que en seguida nos teníamos que ir a bañar. Me dijo algo, que no se ni repetir porque no entendí nada, y por mucho que lo repetía no había manera de pillarla. Total, que la cría al final le gritó a la maquinita del demonio “Lexa, diez inus imer paagua patos”. ¡Y Alexa pillo a la perfección que lo que estaba diciéndome era que íbamos a ir a bañar en 10 minutos y quería poner un cronómetro! Se que es lo que dijo porque puso el cronómetro en diez minutos, y en cuanto pitó mis enanos se desnudaron y se metieron a la bañera ellos solos.
Para Alexa ya creo que no hay remedio. No consigo entenderme con ella ni en inglés ni en español. Aunque sigo esperando con ansias a que alguien invente el bebenario para darle todo mi dinero.
Andrea M.