Una trata de deconstruirse y cuestionarse continuamente, pero, por cada paso que avanza, retrocede dos. Me están preocupando mis idas de olla hasta hacerme pensar que todos tenemos un chip que te convierte en el cuñado medio con la edad, quieras o no. No es consuelo, pero busco una explicación.

Estos son algunos de esos comentarios que, nada más soltarlos, me han hecho decir eso de “Tierra, ¡trágame!”.

1. Tijeritas

Estuve hace poco en el cumpleaños de un amiga, una celebración tranquila en un garaje. Se alargó desde el café hasta la cena y, cuando yo me fui, quedaban solo unas cuantas y acababa de llegar la cena a domicilio. A los dos o tres días, cuando volví a ver a mi amiga, le pregunté:

—Tus amigas, las que quedaron allí, son todas del colectivo, ¿no? Al irme pensé: “Esta gente va hacer hoy aquí ‘tijeritas’”.

Mi amiga alzó las cejas, sin dar crédito a lo que acababa de oír. No sé si la sorprendió más que me interesara la orientación sexual de sus invitadas o tener que referirlo de un modo tan pueril e irrespetuoso.

—Qué heterobásico te ha quedado eso, ¿no?

Le di la razón y le pedí disculpas. Después me llevé semanas rayándome con aquello, aunque afortunadamente mi amiga solo lo tomó como un comentario fuera de lugar.

2. Telenovela

Hace poco estaba paseando y, de pasada, fui testigo de la discusión de una familia con acento sudamericano. El tema no era relevante en absoluto, pero me llamó la atención ese modo de hablar tan rítmico y tan rápido. Entonces dije a mi novio:

—Es como ver una telenovela.

Él me ignoró. Yo quise reformular sin que nadie me lo hubiera pedido, pero me siguió ignorando. Hizo bien, a veces no hay que darle más cancha a alguien que se ha atascado en su propio bucle de despropósitos.

3. “Racializadas”

Eran las fiestas de una ciudad cercana a la que yo vivo y se nos acercó un vendedor ambulante. Por crear un ambiente propicio para la venta, o solo por socializar un ratito, se quedó charlando conmigo y con tres amigas que estábamos por allí tomando algo. Entonces hizo algo que no me molestó en absoluto, pero debería evitar hacer:

—¡Qué color de pelo más chulo llevas! —dijo, tocándome el pelo.

Cuando se fue, se lo dije a mis amigas:

Es curioso que me haya tocado el pelo cuando las personas racializadas se quejan continuamente de que les hagan eso, precisamente.

Luego, pensándolo, me di cuenta de lo absurdo de mi comentario. Lo primero es llamar “racializada” a una persona de raza negra, como si “negro” fuera una palabra a evitar y hubiera que usar un concepto englobador tan rocambolesco. Lo segundo es asumir que él tiene que tener un comportamiento mejor que el mío, o estar mejor informado sobre lo que se puede o no se puede hacer, solo por pertenecer a un sector poblacional que sufre opresión.

4. La delantera

Estaba charlando con la novia de un amigo en una boda cuando hizo un comentario sobre el físico de otra, ya en la barra libre.

Vaya delantera se ha puesto la Fulanita, madre mía.

Y yo, en vez de soltar alguna risita incómoda o cambiar del tema, dije que se le iban a salir del vestido. Supongo que el alcohol o los deseos de seguir con la camaradería me hicieron perder los pocos filtros que me están quedando. Me lamenté, porque la novia de mi amigo gasta menos filtro que yo y, media hora después, le estaba preguntando a aquella mujer que dónde se había operado. No voy a decir lo que parecíamos porque no quiero herir a más gente por hoy.

Quizás os parezca que le doy demasiadas vueltas a las cosas, que no es para tanto (o sí) y que soy más intensa que cuñada. Tenéis razón, soy una intensa. Pero, sin llegar a fustigarse, no le veo nada de malo a cuestionarse para seguir aprendiendo y tratar de ser mejor día tras día.