Ella sostenible, ella vintage… ella pobre. Mi vida es un vaivén: entre la expresión de gratitud por los tesoros inmateriales que me rodean y el lamento por mis precarias condiciones materiales. Mantengo el optimismo, pero, a nada que saco cabeza, la vida esprinta y me vuelve a pillar. Así que me toca seguir intentándolo, seguir expresando gratitud por lo que sí tengo y montarme mis propias fantasías para maquillar lo demás y vivir feliz. Os cuento cómo he llegado a romantizar mi pobreza.

1. Al sentirme en una serie estadounidense en una lavandería

Voy a una lavandería de esas de echar de monedas y, mientras espero mi turno y las máquinas trabajan, me sumerjo en un delicioso rato de lectura. Con un poco de suerte, a lo mejor me da para sentarme en una terraza en lugar de quedarme en una de esas incómodas sillas soltando saludos corteses a gente que viene y va. Me siento como Rachel encontrando su independencia y autonomía en la Gran Manzana, como si Sheldon y Penny fueran a aparecer de un momento a otro. La triste realidad es que no tengo espacio en casa para poner una secadora ni dinero para comprarla, cuando donde vivo la lluvia da poca tregua.

2. Al pensar que, si fuera rica, haría las mismas cosas

A veces me siento en el sofá a leer o me pongo un pódcast mientras recojo la cocina después de comer y experimento una extraña sensación de bienestar. En esos momentos, me digo: “Si yo fuera rica, haría las mismas cosas, ¿para qué quiero serlo, entonces?”. Pero no, Mari. De ser rica, todas esas cosas las harías con el extra que lo es todo: el de saber que no tienes problema alguno para llegar a final de mes. La tranquilidad y la felicidad son conceptos relacionados.

3. Al sentir sentirme orgullosa de aprovechar muchos las cosas en lugar de cambiarlas

Podría hablar de prendas de ropa agujereadas o de zapatillas deportivas que, cuando las ve tu monitora en el gimnasio, te musita un lastimero “Estas vas a tener que ir cambiándolas” (me ha pasado). Pero hablo de llevarme 3 meses con lentillas que duran solo uno o de cambiar las gafas cada 7 o 8 años, a pesar de tener una miopía magna con la que saco sobresaliente en dioptrías en cada ojo.

4. Al convencerme de que las vacaciones son un lujo innecesario

Tuve el sueño de montar un blog de viajes y ahora me convenzo de que, en realidad, viajar está sobrevalorado. Tanto trajín de preparar maletas, arrastrar el culo por los bancos o el suelo de medio aeropuerto, darte caminatas maratonianas por lugares masificados y volver más cansada de lo que vas ¿para qué? ¡Con lo bien que se está en casa trabajando! Que, siendo autónoma, luego llego y la pila de trabajo me espera justo donde la dejé. Mejor me quedo.

5. Al hacerme la “skin care” con cosas de Deliplus

Ya es absurdo pasarse 15 y 20 minutos diarios echándose potingues con dudoso beneficio para la cara, pero más lo es hacerlo con productos de coste ínfimo. Que no digo que no funcionen por ser asequibles, ahí están las organizaciones de consumo defendiendo la relación calidad-precio de algunos productos de supermercado. Pero a mí los productos Deliplus algunas veces me han creado barrillos sospechosos y otras manifestaciones en el cutis. Y yo ahí sigo, porque no me puedo permitir otra cosa ni tengo tiempo para pararme a buscar mi marca de bajo coste ideal.

6. Al remendar hasta las cosas más insignificantes y sentirme una manitas

El otro día arreglé un matamoscas, ¡un matamoscas! Que me costó 0,60 €, pero coño, es que lo estrené el mismo día que se rompió. Pensé que aquello no podía quedar así, que tenía una función que cumplir y se había retirado antes de tiempo. Así que sentí todo el orgullo cuando, después de pegar el mango con silicona y darle dos o tres vueltas con cinta adhesiva, maté tres moscas seguidas para comprobar que volvía a funcionar. Mi vuelta al bazar puede esperar.

Llámenlo resistencia, llámenlo supervivencia emocional, llámenlo hacerse trampas al solitario. Cada cual encuentra la forma de echarle purpurina y perfume a sus mugres cotidianas.

Azahara Abril

(Instagram: @azaharaabrilrelatos)