Cuando te casas, ya nunca más volverás a ser soltera porque pasarás a ser viuda o divorciada, pero nunca soltera al 100%.

El mercado de las citas está de capa caída, pero si a esto le sumas que tras romper tu matrimonio estás que no te encuentras, genera que sea todo todavía más difícil.

Mis amigas  y yo hemos llegado a la conclusión de que hay razones de peso por las que esto pasa, y vamos a enumerarlas:

1. No te crees nada de lo que te dicen. Endulzarte los oídos será una tarea que ni Hércules podría conseguir. Sabes que eres guapa, inteligente, capaz de cumplir tus sueños y no necesitas que ningún señoro te lo recuerde.  Ellos pensarán que “te haces la dura” e insistirán, pero, aunque te digan que te bajarán la luna, las estrellas y el firmamento al portal de tu casa, tú preferirás mantenerte en la oscuridad.

2. Nadie es lo suficientemente bueno para ti. En tu versión mejorada donde te priorizas, te cuidas y no necesitas a nadie para saber lo que vales, te das cuenta de que todos los pretendientes tienen taras. Ahora te fijas en los dientes, en las cejas, no le pasas ni una falta de ortografía y te parece primordial saber cómo tratan a las camareras para dejarle entrar o no en tu vida. Lo que antes eran red flags ondeantes que pasábamos por alto, ahora son banderillas de fiesta de pueblo que no estamos dispuestas a tolerar.

3. Tiendes a compararlo todo. Este es el peor detalle de todos. Cuando crees conocer a alguien que te presta atención, te da su cariño y te hace vivir momentos inolvidables, entra en juego la comparación. Mi ex no era así, jamás hubiera ido a este sitio con él o puedes llegar a pensar que esos nuevos momentos te hubiera gustado vivirlos con tu pasado, pero ese barco ya zarpó.

4. Es difícil compartir tu espacio. ¡Vivir sola es lo máximo! Yo no lo había experimentado hasta hace un par de años y después de estar acostumbrada a preparar la misma cena los viernes  y a ceder a la hora de ver una serie, te va a costar un poquito bastante el que alguien entre en tu vida y se ponga en tu lado del sofá.

5. Solo necesitas paz mental. No estás para aguantar la guerra de nadie. Voy a  ser un tanto cruel, pero no te apetece escuchar lloriqueos que nadie. Tu paciencia se agota rápido y te decantas por situaciones en las que tu mente esté en modo Zen.  Por esa razón prefieres evitar el conflicto con cualquier persona de tu alredor.

6. Dejarse llevar suena demasiado bien. Fluir nunca había cobrado tanto sentido. Eso que te decían algunos crushes para darte largas, ahora eres tú la que lo tiene en mente 24/7. Cuando encuentras a alguien que te pretende y su intención es formalizar la relación hasta el punto de que te puede insinuar una nueva boda, te aturullas. Está claro que las segundas oportunidades existen, y cada vez es más común encontrarte gente que ha vivido unas segundas nupcias, pero para ello es importante la materia prima y por todo lo citado anteriormente te puede generar muchísima inseguridad y solo querer disfrutar del carpe diem.

7. No tienes ganas de dar explicaciones. Es fácil sentir pereza al pensar en un nuevo noviazgo, por eso te resulta más fácil no tener ataduras. Te vienen en mente situaciones como presentar una nueva pareja a amigos y familiares y se te hace un mundo. Lo último que necesitas es dar explicaciones de qué haces y con quién. En muchas ocasiones, las relaciones que vienen después tardan en salir a la luz varios meses, y es solo por el miedo que da a que no salga bien y tener que dar explicaciones al respecto.

8. No estás preparada para un nuevo fracaso. Y aquí tenemos una de las razones de más peso. Aunque un divorcio de paso a una nueva etapa en que empezar de nuevo con fuerza, te aterra volver a entregarte en cuerpo y alma y equivocarte. Seguro que eres consciente de que el fracaso existe, pero prefieres no apostar por miedo a perder.