Como apasionada de los idiomas, me encanta aprender nuevos términos. Pero tengo que reconocer que, a veces, se crean situaciones curiosas, como la que voy a contar.
Conocí a Gil (nombre ficticio) porque fuimos profesora-alumno en una academia. Esa relación solo duró cuatro o cinco clases porque luego vino el confinamiento.
Así de primera impresión, era un chico al que se le daban mal los idiomas (lo cual me parece normal, porque si se le dieran bien seguramente no habría necesitado clases) y que parecía la típica persona a la que le falta un hervor, a la que, en mitad de la veintena, su madre sigue eligiéndole la ropa y que tiene las mismas habilidades sociales que un pan sin sal. Pero, claro está, esto era solo una opinión de conocerlo de cuatro clases, que no solo podría cambiar, sino que además era una tontería, porque yo iba a ejercer de profesora independientemente de cómo me cayera. Y eso hice hasta que perdimos el contacto.
Unos años más tarde, una amiga me invitó a una fiesta con más amigos suyos que, en principio, yo no conocía. Y allí estaba él. Mi impresión, después de esa noche, no cambió mucho. Pero como era una persona medianamente educada y formaba parte de lo que acabó siendo mi grupo más habitual de amigos, pues seguimos manteniendo relación.
En esas, Gil me dijo un día que quería tener una relación amorosa conmigo, no recuerdo de qué tipo, pero rechacé su propuesta educadamente. A los pocos meses de eso, me propuso ser follamigos y tuve que aclararle, ya con cierta firmeza, que no me gustaba. Él creía que yo lo había rechazado al principio porque no me apetecía una relación seria, pero que sí estaría receptiva para algo más informal. Jamás dije nada parecido. Se suponía que con mi respuesta le había quedado claro que solo íbamos a ser amigos.
Por lo que hizo a continuación, yo supongo que pensaría que las relaciones se suelen empezar como amigos, luego tener algo sin etiquetas y, finalmente, una relación seria. Lo que no tuvo en cuenta es el detallito de que yo ya había rechazado ser su novia y su follamiga. Pero él seguía intentando salir del estado de solo amistad.
De repente, me dijo que me quería simpear. ¿Perdón? ¿simpe…qué? Pues es un término que, por lo visto, significa intentar conquistar a alguien siendo, básicamente, un pagafantas. Normalmente me parecería humillante colocar a alguien en esa posición. Pero se estaba situando él solito y yo no tuve fuerzas para volver a repetirle que me incomodaba y que no iba a conseguir nada nuevo. Me rendí y le dije algo así como “haz lo que te dé la gana”. ¿Disfruté de que, de repente, me diera más atención? Sí. Pero porque jamás sobrepasó los límites de lo que se podría considerar una amistad un poco más cercana que antes. Y a eso era lo único a lo que yo estaba dispuesta.
Todo acabó cuando se enteró de que yo seguía teniendo vida sexual (no sé si esperaba que me metiese en un convento, pero, si ese era el caso, estaba completamente delulu) y, aun así, el día que descubrió que yo me había acostado con un chico, me besó. Y lo mandé a freír monas. Para colmo, tuvo el descaro de “disculparse” diciendo que sentía que a mí no me hubiera gustado. Es decir, que no sentía haberlo hecho. De verdad que urge un cursillito de cómo pedir disculpas en condiciones.
¿En qué cabeza es una buena idea besar a alguien que te ha rechazado varias veces?
Inexplicablemente, seguí intentando tener una buena relación, o cordial, con él por el bien del grupo. Aunque la cosa no duró mucho y ahora no nos hablamos. Por mi parte, he aprendido un nuevo término, que siempre está bien aprender cosas nuevas y, como guinda del pastel, la basura se ha sacado sola. Así que final feliz.
