Seguro que conocéis a gente que, cuando sale un nuevo modelo de iphone, se lo quiere comprar, le haga falta un móvil nuevo, o no. Bueno, pues yo conozco gente que hace lo mismo, pero con los términos, con las palabras. ¿Que se empieza a hablar de poliamor? Ellos, que hasta entonces estaban muy felices en relaciones tradicionales, de las de toda la vida, quieren probar. Lo cual no es malo per se, pero sí que se convierte en algo difícil de soportar para los implicados, si no se tienen claras las definiciones, o los sentimientos.
Cuando yo me instalé en el piso de María, ella llevaba unos meses viviendo allí sola. El piso era suyo, pero había decidido alquilarme una habitación, aprovechando que nos conocíamos de cuando éramos más pequeñas, aunque fuera superficialmente. Era un win-win, o eso parecía: ella se sacaba un sobresueldo y yo encontré un piso compartido un poco por debajo del precio al que estaba, por aquel entonces, el mercado.
Nada más instalarme, me cuenta que ella se está triscando, sin implicar sentimientos, a un chico poliamoroso. Todo bien, en mi opinión, ya que ella acababa de salir de una relación larga, se estaba lamiendo las heridas y no le apetecía meterse en ningún compromiso. Ese señor, pongámosle Ricardo, le daba un sexo aceptable y la colmaba de regalos y atenciones.
Pues aparezco yo en ese piso y empieza un cambio sutil, pero definitivo: Ricardo fija su atención en mí y María, que no tenía sentimientos por él, observa, indiferente, la manera en la que deja de ser su objeto de deseo y de disfrutar de sus atenciones. Por lo visto me tocaba a mí. Por lo visto va por turnos. Primera pista de que lo que ese hombre estaba haciendo era polifollar, no poliamar.
No soy ninguna experta en relaciones poliamorosas. Pero, atendiendo solo al nombre de esa práctica, ¿el poliamor no debería implicar sentimientos? ¿Tan fácil resultaba, entonces, pasar de María y centrarse en mí, como quien respeta los turnos en una carnicería?
Yo, a día de hoy, pienso que lo que ese señor tenía era un lío de tres pares. Y poquísima inteligencia emocional. Porque, de repente, se obsesionó conmigo. Yo desarrollé un total de cero sentimientos hacia él. Para mí era solo sexo, así que me limitaba a pasarlo bien. Y él tenía una especie de “novia oficial” que sabía que su novio polifollaba y le daba igual, o eso me contó él. Ignoro si ella también lo hacía.
Empezó a colmarme de regalos y atenciones. Podía llegar a ser abrumador. La cosa escaló hasta un punto que me pidió ser su pareja, asegurando que, si hacía falta, dejaba a la oficial y se olvidaba del poliamor. Por mí. Y yo, muy al contrario que él, estaba en plena canción de Luz Casal: escucho tus bobadas acerca del amor y del deseo. Y no me importa nada.
Pues ahora, de repente, este señor me amaba. Sin poli. En exclusiva. Frené en seco. Ni siquiera recuerdo cómo lo hice para salir de allí. Lo que sí sé es que intentamos ser amigos un tiempo, pero su concepción de la amistad, como la del amor, era bastante peculiar: pasaba de ti todo el santo rato y, cuando le decías que te estaba pareciendo un pésimo amigo, te respondía frases como “no tengo tiempo para esto”. ¿Que no tienes tiempo para ser mi amigo, o para plantearte si realmente estás siendo un amigo en condiciones? En el momento en el que se estaba desarrollando esa discusión, él estaba centrado en su nueva pareja, que era madre, y en aprender, de repente, a cuidar de esa criatura que le había caído de la nada. La nueva versión de iphone, la novedad, ahora era ser padre. Así que sí, a lo mejor no tenía tiempo para mí porque ya estaba enfocado, u obsesionado, con otra. Ahora era él el que estaba en plan Luz Casal, jugando a olvidarme. Yo jugaba a que creyera que me importa, conozco la jugada, sé manejarme en las distancias cortas. Y no me importa nada.
(Madamme Squelette)