La primera señal de alerta fue cuando mi madre me dijo tres días seguidos que había comido pollo asado. No era propio de ella, que siempre había detestado comer lo mismo dos días seguidos y que siempre había guardado lo que sobrara para al menos dos días después, o lo había transformado en otra cosa, (como croquetas, por ejemplo), comer lo mismo durante tres días.

Rápidamente llamé a mi hermana, que tenía la tarde libre, y la pedí que se acercase a su casa; el descubrimiento de que mi madre tenía la nevera vacía fue un mazazo. Somos tres hermanas, pero la pequeña, Ana, vive a la otra punta del país, así que mi hermana Sandra y yo establecimos turnos para asegurarnos de que a nuestra madre no le faltase de nada.

Mi madre, a sus 77 años, seguía siendo una persona muy activa y sociable hasta el punto de que sus amigas la apodaban ‘’la correcaminos’’, ya que todos los días salía a hacer sus recados y a recorrerse la ciudad a buen trote; fue por esto que en un primer momento nuestra ‘’vigilancia’’ se limitaba a pasar tiempo con ella, como habíamos hecho siempre, y a asegurarnos de que sus necesidades estuviesen cubiertas. Sin embargo la segunda señal de alerta no tardó en llegar; utilizando el viejo móvil en el que mi sobrina le había configurado la marcación rápida, me llamó para decirme que se había perdido de camino a su casa, que no sabía cómo volver. Tras un rato dándome señas conseguí ubicarme por la descripción que me dio del sitio y os juro que me quedé a cuadros cuando la encontré: estaba junto a la tapia del que había sido su colegio cuando era pequeña, a escasos 200 metros de su casa, en una calle por la que me atrevería a decir que había transitado todos los días de su vida.

Cuando la recogí, la pobre estaba hecha un manojo de nervios, llorando como una niña pequeña: la llevé a su casa, preparé algo de cena y me quedé a pasar la noche con ella. Cuando se fue a dormir, hablé con mis hermanas y se lo conté: decidimos que lo mejor sería que se viniera a vivir con nosotras, un par de semanas o un mes con cada una, y que Ana se hiciera cargo de ella en vacaciones, ya fuera viniendo a nuestra ciudad o mandando a mi madre con ella. Sin embargo, mi hermana Ana apuntó con muy buen tino que tal vez habría que consultar con el médico antes; si se había desorientado yendo a su casa por un camino que había recorrido mil veces, tal vez sería peor para ella cambiarla de domicilio continuamente. Además no podíamos olvidar que mi hermana Sandra tiene dos hijos y que yo, además de pasar mucho tiempo fuera de casa por el trabajo, vivo en un tercer piso sin ascensor, lo cual por muy activa que sea mi madre es una complicación añadida. 

 

El médico nos confirmó nuestras sospechas: mi madre tenía Alzheimer. Por eso había olvidado hacer la compra o el camino a su casa, y eso que nosotras supiéramos, ya que otra cosa no, pero capacidad inventiva si de algo no está segura mi madre tiene un rato.

Así que, tras mucho deliberar y debatir, llegamos a la conclusión de que donde mejor podía estar mi madre era en un lugar en el que estuviera atendida y vigilada por profesionales, y tras barajar varias opciones elegimos una residencia cerca de la ciudad pero en mitad del campo, con un maravilloso jardín lleno de flores y enredaderas, una pajarera enorme y un estanque con carpas. Y es que mi madre siempre ha sido más de campo que las amapolas, su terraza era un vergel y nada le ha gustado más nunca que escuchar a los pájaros cantores. Su reacción cuando llegó al que era su nuevo hogar, así como el trato del personal de la residencia, nos confirmaron que habíamos elegido el sitio idóneo.

 

Sin embargo, las opiniones ajenas no se han hecho esperar. Y es que, tanto amigos como familiares nos han echado en cara, con mayor o menor discreción, que nos hayamos despreocupado de mi madre en cuanto ha supuesto ‘’un problema’’, como si la hubiéramos aparcado en un antro de mala muerte y nos hubiéramos desentendido de su bienestar. Y a nosotras ya nos duele la boca de explicar que por supuesto que nuestra madre no es una molestia para nosotras sino todo lo contrario: si hemos tomado esta decisión ha sido pensando en su bienestar, en que esté atendida por personas capacitadas para cubrir sus necesidades, en que ella sea feliz y esté a gusto. En que no vuelva a pasar hambre ni a llorar tras desorientarse por la calle.

Además, ella siempre nos lo dijo: cuando no pueda valerme por mí misma llevadme a una residencia, que para eso son mis ahorros y mi pensión. Y sí, soy consciente de que por desgracia hay personas mayores que apenas reciben visitas, pero yo todos los días después del trabajo cojo el coche y me quedo con ella hasta la hora de la cena, mientras que mi hermana Sandra va los fines de semana con los niños y alguna tarde de diario que anda desenredada también, y si es mi hermana Ana, está viniendo cada dos por tres. 

A veces no se acuerda; si yo he ido por la mañana y Sandra va por la tarde, dice que hace mucho que no me ve, pero que quién sí ha ido ha sido una chica muy maja que no sabe quién es pero a la que quiere mucho. Y os voy a decir una cosa, es increíblemente doloroso que mi madre a veces no me recuerde, pero merece la pena por verla admirar las flores del jardín, escucharla cantar las canciones de su juventud y, sobre todo, por saber que está bien cuidada, porque las y los profesionales de la residencia en la que está pueden cubrir sus necesidades mucho mejor que nosotras.

Así que no, no soy un monstruo, ni yo ni mis hermanas ni nadie que anteponga el bienestar de sus familiares por encima del ‘’qué dirán’’.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia REAL DE UNA LECTORA DE WLS