Hoy os vengo a contar una historia que me propuse escribir el año pasado, pero todavía año era capaz de hacerlo. Y es que aunque parezca solamente una anécdota, fue una de las tragedias más duras que se vivió en mi familia en los últimos tiempos.

Mi madre pasó muchos años trabajando en una casa donde una señora déspota, clasista y engreída le pagaba una miseria (eran tiempos de crisis)  por estar más de 9 horas al día, 6 días a la semana limpiando una casa atestada de cosas carísimas apiladas sin gusto ni sentido. Era una señora que no se cortaba un pelo en dar sus asquerosas opiniones aunque ofendieran.

Cuando salió de allí, tras más de un año sin cobrar (cosas de gente con mucho dinero pero poca liquidez) encontró la otra cara de la moneda. Le llegó una oferta para trabajar un par de horas al día para una señora mayor que vivía sola. Solamente necesitaba un poco de ayuda con las tareas de casa. Una casa limpia, elegantemente ordenada y decorada, con un trato por parte de su jefa que no podría mejorarse de ninguna manera.

Cada vez que mi madre necesitaba alguna cosa se lo pedía con cautela porque le daba rabia que ella siempre le diera mucho más de lo que necesitaba en realidad. Si tenía que salir diez minutos antes por una cita médica, le daba el día libre para que fuera tranquila. Si sabía que yo andaba con mis hijos por allí cerca, la hacía salir antes para no hacernos esperar… Era tan buena con ella que parecía mentira.

Además de eso, cada mañana, mientras mi madre limpiaba su casa, ella le contaba sus cosas, su vida y todas sus vivencias con un cariño y una sabiduría dignas de admirar. Ella era una mujer bastante mayor que vivía sola. Cada día visitaba a su hermana, dos veces por semana tomaba café con su sobrina y siempre salía a hacer sus recados vestida y peinada muy elegante.

El año pasado, el último día de julio, pasé con mis niños a recoger a mi madre. Allí estaba ella tomando café en la cafetería de frente a su casa. Mi madre, orgullosa abuela, quiso ir con ellos a saludarla y desearle un feliz agosto mientras le enseñaba lo altos que estaban sus nietos.

Ella, con mucho cariño, abrazó a mis hijos y me felicitó por mi familia tan bonita. Tras cinco minutos de conversación y darles una propina a los niños para que se comprasen unas chuches nos despedimos.

Antes era más común que la gente nos diera unas monedillas para chuches cuando éramos pequeños, pero ahora pienso que se hace mucho menos, así que mis hijos alucinaron con que aquella señora, porque sí, les invitase a comprar lo que quisieran. Y como siempre habían oído hablar maravillas de ella y ahora, tras abrazos y palabras bonitas, les había dado dinero, le contaron a todas las personas que vieron en sus vacaciones que la jefa de la abuela era muy buena y les había dado 10 euros para chuches que iban a ahorrar.

Nadie podía sospechar que esa vez sería la última que la viéramos, al menos con vida.

Tras todo un mes de vacaciones, mi madre acudió a su puesto como cada septiembre. Al llegar a casa de su jefa supo que algo pasaba y, ya con cautela, encontró a su jefa en el suelo claramente fallecida.

Aquella señora era muy consciente de su vida y su situación y, aunque pareciera absurdo, hacía tiempo que había dado instrucciones a mi madre por si aquello pasaba. “Usted llame a la Cruz Roja y cierre la puerta, que no tiene por qué vivir un momento tan desagradable”.

Recuerdo aquella llamada de mi madre, llorando histérica. El susto, la impresión, pero sobre todo el dolor por haber perdido a una persona tan buena y tan cariñosa para ella.

Las coincidencias de la vida habían llevado a que aquella señora tan querida no estuviese con su familia por casualidades que no se solían dar. Las vacaciones de una, un viaje de otra y que mi madre aun no volviera la llevaron a fallecer en un día en que nadie notaría su falta hasta la llegada de septiembre.

Yo no la conocía tantísimo y os puedo jurar que sentí su fallecimiento como si fuese de mi familia. Pero mi madre… Para mi madre fue una enorme pérdida y un dolor enorme no haber podido estar presente días antes. Pues es muy injusto que alguien tan buena y tan querida tuviera un final tan solitario. Calma un poco saber que lo repentino del asunto hizo que no sufriera.

No pude quitarme de la cabeza durante días cuanto sentiría aquella mujer el mal trago que le hizo pasar a mi madre, con lo que la quería.

Fue reconfortante ver a tanta gente emocionada en su funeral y saber que efectivamente era una mujer querida por su familia.

A mi madre le costó meses volver a su vida, pues la pena y la impresión las llevaba impresas en el pecho. Hoy sigue hablando de su “viejiña” con mucho cariño.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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