Cómo cambia la perspectiva de las cosas con los años. 

La primera vez que descubrí que mi novio tenía otra novia yo tenía 18 años y fue catastrófico. A los 40 me volvió a pasar con otro novio y le dije que, si quería, algún día podía unirse su otra novia, a nosotros. 

Empiezo por el principio… 

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Relación estable, de las de antes, con anillo de prometida por medio. Yo tenía 18 años y él 17. Los padres estaban a punto de conocerse y había ideas de futuro en común. Me llegan rumores de que J. tenía novia en el pueblo. Hablo con él y me dice que no, que la había dejado justo al empezar conmigo. 

No me convenció ni la mirada ni la explicación, así que pasé a la acción. 

Un día estábamos en su habitación, esperando para cenar. Él acababa de llegar del trabajo y se iba a duchar. Aproveché para sacar mi 007 interior y me puse a buscar entre los papeles del escritorio. Ya, ya, lo sé: es de mala educación chismear, pero peor es poner los cuernos, así que… malo por malo = justicia. 

Encontré cartas.

 

Las cartas —para las personas nacidas después de los 2000— eran una manera que teníamos de comunicarnos cuando todavía no había móviles. Se escribía a mano con boli (años atrás, con máquinas de escribir). Si era alguien a quien querías mucho, te pintabas los labios y dejabas besitos marcados en el papel, o incluso ponías colonia. Se doblaba el papel, se metía en un sobre, se compraba un sello y se llevaba al buzón de Correos. Al cabo de unos días, llegaba a la puerta de su casa. 

Así me comunicaba con mis amigas de Galicia, porque yo vivía en Cataluña pero veraneaba allí, y nos contábamos la vida por carta. 

Prosigo con J. 

Encuentro varias cartas con el nombre de la presunta chica de la que me habían hablado: C. El corazón se me aceleró. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero pensar que podía estar con las dos me llenaba de rabia y tristeza a partes iguales. Empecé a leer. Eran recientes y el tono era muy cariñoso: 

—Amado J., aún no te has ido y ya te echo de menos. Cuento las horas para volverte a ver y sentir tus labios en los míos… 

(Me lo acabo de inventar, no recuerdo exactamente qué ponía, pero añadámosle drama). 

Lo que estaba claro era que había besos estampados en las hojas, y eso solo significaba una cosa: seguían juntos. 

Fui a su agenda —explico: una libreta donde apuntábamos los contactos—, busqué el teléfono de C. y me lo apunté. Era un fijo, claro, de esos con ruedecilla, en los que tardabas tanto en marcar el número entero que, cuando acababas, ya se te había olvidado para qué llamabas.

Al día siguiente fui a una cabina de teléfonos (sí, otra cosa que tengo que explicar… me estoy sintiendo vieja). La cabina era un teléfono fijo en la calle, dentro de una estructura de cristal o plástico duro, con una ranura para meter monedas y llamar el rato que te permitiera el dinero. 

Llamé al número y: 

Ring, ring… ring, ring… 

—¿Hola? ¿Está C.? 

—Soy yo. ¿De parte de quién? 

—Hola, C. Soy María (me inventé un nombre común), amiga de J. Me ha pasado tu número para conocernos y que seamos amigas, ya que yo soy amiga de él desde la infancia. Le solté un rollo monumental y cayó en la trampa. Me dijo que sí, que estaba con él, que en Semana Santa habían estado juntos en el pueblo y que lo echaba mucho de menos. Que ya estaban contando los días para verse en junio. 

Me despedí amablemente y colgué. 

Cuando llegó J. de trabajar fui a su casa. Se duchó y, antes de ir a cenar, le dije: —Hoy me han dado recuerdos para ti. 

—¿Quién? —dijo J. 

—C., la del pueblo. 

Se quedó blanco. Bueno, blanco no: patidifuso, color muerto de dos días. Entonces le conté que la había llamado y que ya no podía mentirme más. Que lo nuestro se acababa ahí. No iba a compartir mis días con alguien que mentía y estaba con dos personas a la vez. Y ahí acabó mi historia con J. 

Infidelidad + monogamia = separación. 

Ahora, con casi 50 tacos, lo veo todo diferente. 

Cuando tenía cuarenta y pocos, estuve saliendo con un chico y desde el principio hablamos de tener una relación abierta. Ya me había escarmentado bastante con la monogamia durante toda mi vida. Era época de probar nuevas maneras de relacionarse. Un día me dijo que estaba empezando una relación con otra chica y yo le contesté que, cuando quisiera, la invitábamos a cenar y a pasar la noche los tres. 

Pero al final no pasó nada, porque este chico ocultaba que tenía problemas con otra cosa, que no era una novia, sino una adicción. Así que duró poco la cosa. 

Para que veas cómo una misma situación puede cambiar según la perspectiva. Lo peor de que te engañen es la traición, la mentira, la falsedad, la sensación de no ser suficiente. 

Moraleja: antes te ponían los cuernos y llorabas escuchando baladas. Ahora te lo cuentan, sacas tres copas y preguntas si alguien es intolerante a la lactosa. Comunicación + amor = respeto. 

Evolución emocional, lo llaman.

 

Raquel Romarís

 

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