A mi marido le duele la pierna que ya no tiene: convivir con el dolor fantasma

 

No sé ni cómo empezar esto. Me tiembla un poco el pulso porque no es fácil hablar de algo que no se ve. Pero aquí estoy, porque si algo he aprendido este último año es que el dolor puede ser invisible… y aun así arrasarlo todo.

A mi marido le amputaron la pierna el año pasado. Fue por una infección que se complicó. Todo fue muy rápido. De estar ingresado a despertarse sin pierna pasó una semana. Y aunque fue un golpe duro —durísimo—, lo peor no vino solo por la amputación. Lo peor vino después, cuando nadie nos había advertido de que el dolor no se iba con la pierna.

Cuando el dolor no se va con la pierna

El dolor fantasma. Así lo llaman. Pero de fantasma no tiene nada, porque duele de verdad. Lo veo cada día.

Al principio pensábamos que era algo puntual. Que se le pasaría. Pero no. Él decía que le picaba, que le quemaba, que sentía calambres “en el pie”, ese pie que ya no estaba. A veces se quedaba quieto, con la mirada en el suelo, apretando la mandíbula, y me decía en voz baja: “me está doliendo el talón”. Y yo solo podía quedarme a su lado, sin saber muy bien qué hacer.

Porque claro, ¿cómo ayudas a alguien que siente dolor en una parte del cuerpo que ya no existe? ¿Qué le das? ¿A qué médico llamas? ¿Cómo acompañas sin invadir? Es muy jodido.

El cuerpo recuerda, aunque falte una parte

Yo no soy enfermera. Ni psicóloga. Soy su mujer. Y como muchas, me vi haciendo de todo un poco sin tener ni idea de nada. Busqué información, leí foros, vi vídeos, pregunté a su médico, que nos habló por primera vez de esto: dolor neuropático, memoria del cuerpo, conexiones cerebrales que siguen funcionando como si nada hubiera cambiado. “El cerebro aún cree que la pierna está ahí”, nos dijo. Y, claro, el dolor también.

No sé explicarlo con palabras técnicas, pero sí sé lo que es ver a la persona que amas retorcerse por dentro y por fuera. A veces de dolor físico, otras de impotencia. Porque no es solo lo que le duele. Es también lo que ha perdido. Y lo que siente que ya no puede hacer.

Él no es de hablar mucho. Nunca lo fue. Pero desde aquello, hay días que no dice ni media palabra. Se aísla. Se pone música, se encierra en su mundo, y yo lo entiendo… pero también me duele. Porque convivir con el dolor fantasma no solo lo afecta a él. Nos afecta a todos. Nos ha cambiado la vida.

También me duele a mí (aunque no lo diga)

Y no te lo enseñan. No hay libro que te prepare para esto. Ni para las noches que se despierta gritando porque “le clavan algo en la planta del pie”. O para cuando no quiere salir porque siente que la gente lo mira. Ni para cuando se ríe conmigo un rato y, al segundo, está llorando en silencio con los ojos cerrados.

A veces me he sentido sola. Y otras veces culpable. Por no saber qué decir. Por cansarme. Por tener miedo. Porque sí, también da miedo ver cómo alguien se va apagando poco a poco, sin saber cómo encenderle de nuevo.

Pero también ha habido avances. Pequeños, pero reales. Empezó con una terapeuta ocupacional que le enseñó a hacer ejercicios mentales, de esos en los que imaginas mover la pierna que ya no está. Luego vino una psicóloga que nos explicó que el duelo por un miembro amputado es real, como perder a alguien. Que hay que llorarlo. Que hay que pasarlo.

Y en medio de todo eso, hemos aprendido a hablarnos. A decirnos cuándo no podemos más. A pedirnos perdón. A darnos espacio. A querernos con el dolor, sin ignorarlo, sin hacer como si no existiera.

Ojalá más gente supiera lo que es esto

El dolor fantasma no es una tontería. No es “todo está en tu cabeza” dicho a la ligera. Es real, crudo y agotador. Y quienes lo acompañamos desde fuera solo podemos intentar estar, aunque a veces nos sintamos inútiles.

No sé si esto ayuda a alguien, pero a mí me ayuda contarlo. Porque ojalá más gente supiera lo que es. Para no juzgar. Para no decir burradas del tipo “bueno, al menos ya no te duele de verdad” (sí, eso nos lo dijeron una vez). Porque si hay algo que he aprendido es que el cuerpo guarda memoria, y que el amor también duele cuando quien amas sufre por dentro… incluso cuando nadie lo ve.

 

(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.