Uno de los errores más tontos que he tenido y que casi me cuesta una operación, me pasó hace unos meses cuando fui a visitar a una amiga a su ciudad.
Ella vive en una ciudad muy turística, prácticamente explotada por ese sector. Tiene una costa muy bonita, que cada vez más masificada y llena de discotecas. En verano es casi imposible poder estar ahí, no hay ni un solo hueco en la playa, pero en cuanto entra septiembre, todo queda vacío.
Decidí ir a visitarla y pegarnos unas juergas como las de cuando éramos más jóvenes. Así que cuando llegué, nos pusimos monas, nos subimos a los tacones y nos fuimos a la zona de las discotecas.
No eran ni la una y yo casi no me aguantaba en pie. Entre los mojitos que llevaba encima, el cansancio y el dolor de los tacones, iba dando tumbos. Eso sí, no podía parar de reírme.
Me lo estaba pasando genial y, en algún momento de la noche, a mi amiga se le ocurrió que teníamos que inmortalizar ese día haciéndonos un piercing. A mi me pareció una idea buenísima y nos pusimos a buscar una tienda de tatuajes y piercings que estuviera abierta.
Después de un rato caminando por el paseo marítimo, vimos una tienda que estaba abierta. Nos intentamos hacer las dignas y le pedimos a la chica que nos hiciera un piercing.
Mi amiga se quiso hacer el septum y yo elegí el pezón. Sé que parece muy loco, pero en mi cabeza tenía sentido porque no se veía y si decidía quitármelo, el agujero no se notaría. En ese momento, me pareció el mejor sitio.

Nos preparamos entre risas, primero se lo hizo ella y le quedó muy bien. Cuando fue mi turno me entró el miedo, pero entre ella y la chica me animaron y al final me lo hice.
Cuando me pinchó, no noté nada. A ninguna nos dolía, así que nos fuimos a seguir bailando, riéndonos de lo locas que habíamos sido. Así seguimos toda la noche, de discoteca en discoteca, notando un poco de molestia cuando se empezó a pasar la anestesia, pero nada serio.
Llegamos a su piso sobre las seis de la mañana, sudadas y cansadas como hacía años, pero caímos muertas a la que estuvimos cerca de la cama.
Me desperté al día siguiente con un dolor intenso en el pezón. Me lo palpé por encima y lo noté muy hinchado y duro, me quise quitar la sábana para verlo, y, al apartarla, una parte se había quedado enganchada y me pegué un tirón.

El dolor fue tan grande que me mareé, entre eso y la resaca, casi me quedo en el sitio. El pezón empezó a sangrar muy escandaloso, yo no podía mirarlo porque me impresionaba mucho, pero me pareció ver un cacho de carne colgando. Desperté a mi amiga y nos fuimos las dos a urgencias con unas pintas terribles y toda la teta con mancha de sangre en la camiseta.
Me atendieron enseguida y cuando vieron como estaba mi pezón, se escandalizaron. Al parecer tenía una infección tremenda y además me lo había casi arrancado cuando había tirado de la sábana. Me dijeron que lo tenía pendiendo de un hilo. Un poco más, y me amputo el pezón yo sola.
Me pusieron anestesia, me sacaron el piercing, me hicieron curas y me pusieron varias grapas. Los médicos creían que, con un poco de suerte, todo se soldaría bien y no harían falta puntos. Me dieron antibiótico y me mandaron para casa.
Cuando mi amiga y yo llegamos, nos dimos una ducha (yo con cuidado de no mojarme la herida) y nos volvimos a dormir. Hasta la tarde no fuimos personas funcionales y pudimos analizar todos los hechos, de los que sacamos la conclusión de que, cuando nos juntábamos, potenciábamos la parte más fiestera y absurda de la otra.
Finalmente, mi herida se curó y no hizo falta poner puntos. Es surrealista pensar que una decisión como ir a visitar a mi amiga, acabase conmigo en urgencias casi perdiendo un pezón.
anónimo
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