Esto ocurrió una tarde de jueves en una de mis sesiones de terapia de todos los jueves por la tarde. Es curioso porque normalmente no me da ninguna pereza ir al psicólogo, pero aquel día sí. No sabía de qué hablar, me encontraba bastante bien y no me apetecía abrir baúles de los recuerdos para trabajar sobre asuntos que en ese momento no me estaban afectando.
Pero, como todo paciente de psicoterapia sabe, esos son los días en los que es más importante ir, así que fui, con pocas ganas, pero fui.
Yo llevaba ya dos años tratándome con este señor, el Dr. Iribarren (nombre ficticio), y mi padre también. Sé que otros psicólogos ponen trabas a la hora de tratar a dos personas de la misma familia, pero en este caso no puso pegas. La relación entre mi padre y yo nunca fue mala, pero tampoco demasiado cercana.
Mi padre era (y es) un señor muy reservado, y puede llegar a ser muy frío y distante en las relaciones, incluso con su propia hija. Lógicamente, después de toda una vida juntos, ya nos conocíamos, pero yo siempre recordaba que cuando era pequeña él no era así. En algún momento había cambiado y no sabía por qué. Siempre intenté que se abriera más y hablara de sus sentimientos. Por eso, cuando le propuse la idea de que fuera a mi psicólogo, aceptó sabiendo que para mí era importante.
Aquella tarde, la verdad es que le noté al Dr. Iribarren un poco ido. Yo empecé hablando de lo típico: el trabajo, mi novio, mi familia… y él como que no participaba mucho en la conversación, solo asentía con los hombros como si estuviera pensando en otra cosa. Yo empecé a mosquearme, claro. No recuerdo qué fue lo que dije sobre una bronca que había tenido con mi padre, y fue como si eso le hiciera reaccionar. Dijo:
―Es lógico que entre padres no biológicos y sus hijos, sobre todo si son mujeres…

Yo me quedé seca en mi sitio y se debió de notar, porque se echó la mano a la boca y se puso rojo como un tomate. Empezó a sudar. Le pregunté a ver qué había querido decir con eso, y noté que el señor no sabía dónde meterse.
Intentó fingir que se había liado entre mis datos y los de otra paciente, que había tenido un lapsus, pero yo ya estaba super mosqueada y no pensaba dejarlo pasar. Le pregunté varias veces muy en serio a ver si él sabía algo que yo no sabía, y por fin se rindió y me dijo que sí, pero que él no podía revelar información relacionada con mi padre.
Me enfadé tanto que le dije un poco de todo. Que no se las diera de profesional cuando había sido él quien la había cagado, que si no sabía hacer su trabajo que se dedicara a otra cosa, que bastante cobraba…. en fin. Todo esto porque me temía lo peor.
Al final, me dijo, ya rendido y asumiendo que ahí acababa su carrera profesional, que mi padre le había confesado que mi madre tuvo una relación fuera del matrimonio, de donde nació una hija… que era yo. Ahí sí que me quedé blanca. No podía ser. ¿O sí?
En realidad eso explicaría la distancia que siempre nos había separado a mi padre y a mí, una distancia que él mismo se había encargado de mantener.

Se me fue la cabeza, pensé en los hijos bastardos de Juego de Tronos, en películas, en thrillers de Antena 3 en los que jamás te verías de protagonista. Empecé a encontrarme mal y temí un ataque de ansiedad, pero me mantuve más o menos serena. ¿Cómo podían haberme ocultado esto? El Dr. Ortega, ya, de perdidos al río, me contó más cosas. Mi propio padre se enteró cuando yo ya era una adolescente, y hasta entonces había vivido en la ignorancia. Tenía muchísimo sentido teniendo en cuenta el cambio de actitud de mi padre.
Cuando volví a casa me enfrenté a mis padres. Pensaba que no iba a poder pero tuve que escupirlo en cuanto crucé la puerta. Se quedaron desencajados y se centraron en el error del psicólogo, que si lo iban a denunciar, que cómo podía haber hecho eso… Yo les paré los pies.
Para mí eso ya daba igual. Necesitaba explicaciones. Así que nos sentamos y hablamos durante horas. No sobre los hechos en sí, que estaban bastante claros, sino sobre el porqué de habérmelo ocultado toda la vida.
Al parecer, como de mi padre biológico no se sabía nada, mi madre había preferido hacer como si no hubiera pasado nada, cuando se enteró mi “otro” padre decidió perdonarle (era algo que había pasado hacía 12 años ya), y pensaron que no habría problema en mantener la mentira.
Yo todavía estoy trabajando en el perdón, sobre todo a mi madre, e intentando encontrar a mi padre biológico para poder echar el cierre a toda esta historia.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]