Cuando ya tienes muchas canas en el chocho, dejas de aguantar gilipolleces. Rafa y yo nos conocimos cerca de los treintaicinco con muchas relaciones a las espaldas y pocas ganas de perder el tiempo (o muchas, según se quiera ver).
Nos conocíamos del trabajo. Los dos trabajamos en una gran internacional: él en la parte jurídica y yo en la informática. Siempre me había parecido un pijo mimado y, para ser sinceras, no me equivoqué. Pero nos liamos en la fiesta de Navidad de la empresa porque los dos estábamos solteros, teníamos ganas y llevábamos unas copas de más.
Al principio fue todo un juego: que sí, que no… Pero pasábamos más tiempo juntos del que queríamos reconocer. Y no sé en qué momento nos hicimos pareja.
Yo no le veía mucho futuro: él parecía la típica persona a la que se lo han dado todo. Todo. Hijo único de una familia acomodada de Pozuelo. Vivía en un piso que era propiedad de sus padres, tenía su cochazo de renting y una madre que, cada domingo, le daba una ristra de tuppers para que el niño no tuviera que cocinar (porque no tenía ni pajolera idea). Pese a todo, era divertido. Nos lo pasábamos muy bien juntos y yo no aspiraba a boda e hijos. Sí, lo admito, no entran en mis planes.
Estuvimos un año sin darle mucho bombo al asunto. Pero llegó la celebración de los 35 años de casados de sus padres, las ultra-conocidas bodas de rubí, y me pidió que fuera con él. Eran en una casa rural con toda su familia. Me abrumó un poco la situación, pero me pareció una buena forma de conocer a su familia y de ver cómo se montaban el sarao. En mi defensa diré que, además de haber estudiado informática, hice Sociología y me encanta ver cómo las personas se relacionan entre sí.
Ahora hay que entender el contexto: él es de Pozuelo y yo me he criado en Alpedrete, soy más de pueblo que las amapolas. Mi padre es albañil y mi madre ama de casa y tengo dos hermanos más. Venimos de dos mundos distintos y eso me encanta. Me encanta el contraste porque me parece que, además de muy divertido, es enriquecedor.
Así que allí que me presenté con mi bolsa de gimnasio como maleta de fin de semana. Llegamos en su BMW y todo el mundo se volcó en hacerme sentir cómoda. Pero, primer shock, su madre le dio un pico y un pellizco en el culo. Su padre, como si nada. Pensé que eran unos modernos.
Me acogieron muy bien. Pero cada vez que estábamos juntos la madre le arreaba un pico y un pellizco en el culo. Y sí, llamadme paleta de pueblo, pero es que me chirriaba cada vez más. El colmó llegó cuando, al irnos a dormir, dimos las buenas noches y su madre me soltó: “Aprovecha, que menudo miembro se gasta mi hijo”. No sé si puse cara de asco o de tierra trágame, sólo sé que yo esa noche sólo ronqué.
El fin de semana fue muy divertido y la “boda” muy emotiva, pero para mí era demasiado el magreo madre-hijo. Sé que muchas me vais a tildar de conservadora, rara o persona con prejuicios, pero mi compi y yo no nos íbamos a casar y, al volver del fin de semana, le dije que era mejor que nos quedáramos en compañeros de trabajo.
Os preguntaréis qué hice como socióloga. Bueno, si no os lo preguntáis ya os lo cuento: puede deberse a un trastorno de la personalidad de la madre que se llama histriónico o límite y no hay forma de que se pongan unos límites apropiados. Otra opción era que el vínculo simbiótico esté un poco jorobado y la madre trate al hijo como pareja. En cualquiera de los casos, o en el que quiera que fuera, yo preferí mantenerme al margen.
A día de hoy somos compañeros de trabajo y jamás le he mencionado nada de su relación con su madre. Eso sí, de vez en cuando nos pegamos un revolcón, lejos de familia y amigos.
anónimo
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