De un tiempo a esta parte vengo dándole vueltas a algo que me inquieta, me atormenta y  me perturba cada vez que mis amigas alaban un aspecto en concreto de mi forma de ser.  Según ellas, soy muy buena. Lo dicen con la mejor de las intenciones pero a mi ya no me  parece el halago que ellas piensan. Y es que está más que demostrado que cuanto mejor  te portas con los demás, peor te trata la vida. Y yo, amigas, tengo ya la cara llenita de  hostias, no puc més. Lo llevo sufriendo toda mi vida, pero la última ha sido la gota que ha  colmado el vaso. 

Hace un par de meses, una compañera de trabajo me comentó que después de algunos  años en España, había decidido dejar el curro y volver a su país con su familia porque le  había surgido allí una oportunidad laboral y quería aprovecharla, pero antes de volver se  tenía que someter a una operación. Había avisado a su casero de que al mes siguiente  dejaba el piso, pero hasta mediados de mes no tenía los billetes de avión, por lo que  hasta entonces se quedaría a recuperarse de la operación en casa de su tía. Y yo, que  tengo la boca más grande que una plaza de toros, le dije que si no tenía a dónde ir,  siempre se podía quedar en mi casa. Lo sé, ¿para qué dices nada, hija mía? Soy así, que  le vamos a hacer. 

Pasaron las semanas y todo era felicidad para mi compañera, que estaba tan contenta  porque volvía a casa después de cinco años. Pero un día me la encontré llorando a moco  tendido. Resulta que su tía le había dicho que lo sentía pero que no podía quedarse en su casa porque esos días tenía visita. Toma ya. De repente se veía en la calle, recién  operada y repudiada por su familia, así que me preguntó si seguía en pie lo de quedarse  en mi casa, porque no tenía a dónde ir durante los quince días siguientes ya que había  dejado el piso de alquiler, no se esperaba que su propia familia la dejara en la calle y no  tenía a nadie más. A mí me dio mucha pena, así que le dije que por supuesto podía  venirse conmigo. 

A mi chico no le hizo ni pizca de gracia que una persona que no conocía de nada se  metiera en nuestra casa pero finalmente le convencí. Al llegar flipamos un poco con su  equipaje, porque nos sentimos un poco invadidos de repente. Nos ocupó una habitación  entera, además de la suya, con sus mil maletas de tamaño XXXXL, pero al fin y al cabo,  llevaba en ellas casi cinco años de vida en España y no quisimos ponernos tiquismiquis.  Al principio todo parecía ir bien, ella intentaba molestar lo menos posible y casi no salía de su habitación, pero con el tiempo fue cogiendo confianza. Demasiada, diría yo. 

Cada vez que se duchaba se tiraba dos horas bajo el agua caliente con la música a todo  trapo y al salir dejaba el suelo lleno de agua y la ducha llena de pelos. Era asqueroso,  podía haber fabricado una peluca con todos los manojos de pelo que recogí aquellos días. La cocina tampoco se libraba, y es que después de cocinar dejaba un fuerte olor a comida por toda la casa porque nunca abría la ventana o encendía la campana extractora para  que saliera el humo. Lo de recoger los cacharros o hacer su cama tampoco iba con ella,  claro, parecía que había pasado un tsunami por mi casa con la excusa de que tenía  muchas molestias por la operación. 

Un día le di unas llaves para que se sintiera más cómoda. Meeec, error. Desde aquel  momento empezó a salir y no le veíamos el pelo por casa hasta la noche. Me parecía  genial que hiciera su vida e incluso le agradecía que nos dejara tiempo a solas a mi chico  y a mí, pero ni tanto ni tan calvo. Me empecé a sentir como si mi casa fuese la pensión  Mari Loli y encima de gratis. La amiga se iba de compras todos los días, porque  mágicamente ya no había ni rastro de convalecencia ni del dolor que decía sentir cuando  tenía que limpiar.  

 

Una tarde, al volver del trabajo me encontré a mi chico muy enfadado. Me contó que mi  compañera le había dicho que había quedado con su tía y que no volvería hasta por la  noche. Sí, la misma tía que la había dejado tirada, sola y convaleciente hacía unos días. 

Me quedé un poco WTF??!! No entendíamos cómo podía ir a visitarla ¿no se supone que  estaba súper dolida con ella por haber tenido que «molestarnos» a nosotros por culpa del  egoísmo de su tía? Nos sentimos como dos idiotas a los que habían utilizado. Todo el  mundo excepto nosotros se había lavado las manos incluyendo su propia familia y ella se  iba a echar la tarde con esa mujer en lugar de recriminarle su actitud. 

Hasta para marcharse dio por saco. Tuvimos que despertarnos de madrugada porque su  avión salía temprano y había que ayudarle a bajar sus mil maletas tamaño XXXXL hasta  el coche de un amigo. Por arte de magia, habían aparecido dos cosas: unos dolores muy  oportunos y amigos, los que se supone que no tenía hace unas semanas. Me dejó la  habitación sucia y la cama sin hacer, pero no me sorprendió. Cuando nos despedimos y vi el coche alejarse, suspiré aliviada y pensé «hala, se acabó la historia». Spoiler: no. 

Después de quedarse en mi casa quince días de gratis, dejarme la habitación hecha unos zorros y no colaborar en absolutamente nada, decidió que la mejor manera de  agradecerme el hecho de ser la única que le ofreció un techo, era cambiar de número de  teléfono al llegar a su país y dárselo a todas las compañeras menos a mí. Mi chico me  hizo prometer que no volvería a meter a nadie en mi casa por mucha pena que me diera.  Y la verdad es que seré muy buena y todo lo que mis amigas quieran decir, pero una cosa es ser tonta y otra, gilipollas. 

Mar Martín.