Cuando accedí a acompañar a mi jefe a un congreso en Lisboa no podía imaginar que esta sería mi última experiencia en este trabajo. Se suponía que sólo iban a ser dos días de presentaciones, hacer contactos y cenas corporativas. Pero entre una cosa y otra, me encontré de golpe con un marrón tremendo.

No solía ser yo quien acompañase a ningún superior cuando hacían viajes. Pero desde que Martín se había hecho cargo de la dirección de nuestra oficina me sentía muchísimo más valorada. De algún modo, lo sentía como un mentor. Fue mi superior dentro del equipo desde que entré en la empresa, y antes de eso, fue quien tutorizó mis prácticas y me recomendó para quedarme contratada, por lo que verle convertirse en director de la sucursal fue también una alegría para mí. Acepté acompañarlo porque confiaba en él y le admiraba. Me había enseñado muchísimo y siempre me trataba genial, teníamos muy buena relación. Así que cuando me lo dijo, hasta me ilusioné por la idea.

La primera jornada transcurrió con normalidad entre presentaciones, reuniones, cafés y contactos. Me presentó a muchísima gente y siempre presumía diciendo que yo era prácticamente su mano derecha y una fuera de serie, cosa que no era del todo cierta aún, pero sí era a lo que aspiraba. Me lo estaba pasando genial y me estaba encantando la experiencia.

Llegó la noche y fuimos a la cena. El ambiente allí era distendido. Había vino, risas, una comida estupenda y una suave música en directo, a piano, de fondo. Mientras duró la cena todo transcurrió con normalidad y, al terminar, me propuso tomar una última copa en la terraza del hotel. Allí el ambiente era bastante más íntimo y eso me hizo sentir algo incómoda, porque allí ya solo estábamos los dos, no nos acompañaba ningún compañero más como en la cena. Copa en mano, empezó a hablarme de su reciente divorcio, de lo mal que lo había llevado y de que se sentía muy solo. Le escuché, empática, y traté de animarle torpemente. A pesar de todo, que me contase aquello me pareció una muestra de confianza, lo cual era bueno, ¿no?

Pero entonces empezó a mirarme de forma distinta, más intensamente, y se aproximó un poco más a mí, más de lo que me parecía cómodo. Empezó a hablar del buen equipo que hacíamos, de que sabía desde que me conoció que yo sería una gran promesa en el sector. Tratando de no mirarle directamente, le di las gracias, y le dije que yo también pensaba que hacíamos buen equipo. Y entonces lo dijo: «Quizás también podríamos encajar bien fuera de lo profesional».

Le miré con los ojos muy abiertos y sin saber qué decir. Martín me caía genial, pero no tenía esos sentimientos hacia él. Era bastante más mayor que yo y casi le percibía como una figura paternal. Así que le sonreí brevemente y le dije que sería mejor que nos fuéramos a descansar para estar frescos al día siguiente.

«No te asustes, que yo solo he dicho lo que todo el mundo piensa, ¿sabes la de gente que me pregunta si tenemos algo? Parece que para los demás es algo… evidente», dijo con mirada pícara.

Estaba alucinando. Aquello no podía estar pasando. Me sentía idiota. Por eso había querido que fuera al congreso con él. No porque me valorase o admirarse profesionalmente como yo lo hacía con él, sino porque quería algo más de mí. Le miré con seriedad y le dije que debía marcharme, que no me sentía bien. Cuando llegué a la habitación, me vine abajo. Me sentía tremendamente decepcionada. Empecé a recapitular, a repasar conversaciones y situaciones, buscando algo que yo hubiera dicho que se pudiera malinterpretar. Y sin embargo, lo que encontré fueron muchos piropos que en su momento entendí como profesionales y que en realidad no lo eran. Eran insinuaciones disfrazadas de halago. Me sentí tremendamente estúpida de nuevo.

A la mañana siguiente, me maquillé y vestí como tenía previsto y bajé al hall del hotel. Sí él no iba a ser profesional, yo sí. Nos tocaba intervenir en el congreso y no pensaba dejar que sus insinuaciones me dejasen fuera de juego y en mal lugar. Apareció a la hora acordada, sonriendo, y me saludo como cualquier otro día, como si no hubiera ocurrido nada. En nuestra intervención estuvo brillante, como siempre, pero puedo decir que yo no me quedé atrás. Recibí muchas felicitaciones e incluso un par de tarjetas por si algún día me interesaba, y cito textualmente, «explorar nuevos horizontes», es decir, por si quisiera cambiarme a otra empresa, hablando claramente.

El viaje de vuelta fue incómodo. Me fui al aeropuerto por mi cuenta, pero los billetes del avión estaban situados juntos. Él estuvo leyendo todo el camino, ignorando mi presencia. Pero justo cuando nos íbamos a bajar, soltó una frase que me dejó helada: «No conviertas esto en un problema». No fue una súplica o petición, sino una orden, e incluso una advertencia. Le miré y descubrí desprecio en sus ojos. Ni siquiera le contesté. Cogí mi maleta del compartimento superior y bajé del avión lo más rápido posible.

Una vez en casa por fin me sentí a salvo, tranquila. Pero no podía quitarme de la cabeza esa última frase y esa mirada gélida. Como si fuera una señal, la carpeta del congreso, que sobresalía de mi bolso, se resbaló hacia el suelo. Al recogerla, vi una de las tarjetas de empresa que me habían dado tras mi intervención y supe lo que quería hacer.

Al día siguiente presenté mi dimisión. Lo tramité directamente con recursos humanos y no quise dar ninguna explicación concreta. Dije que me habían ofrecido algo mejor y me convenía aceptarlo. Mi familia me dijo que debería haber contado lo que había ocurrido, pero yo sabía que no serviría de nada. Preferí evitar el acabar en boca de todos mis compañeros y sin posibilidad de defenderme, a merced de lo que Martín quisiera contar.

Comencé a trabajar en una de las empresas que se interesó en mí en este congreso. Tocaba comenzar de cero, pero las condiciones eran buenas y el sueldo mayor del que tenía. Y sobre todo, me ofrecían algo que en mi puesto anterior ya no iba a poder tener: dignidad y tranquilidad. Y eso para mí valía más que cualquier otra cosa en el mundo.