Somos once primos en mi familia materna. Todos los hermanos de mi madre tienen familia salvo una tía mía que se quedó soltera, de manera que primero vivió con mis abuelos, y cuando éstos faltaron, vivió sola. Fue cuando se hizo muy mayor, que se vino a casa de mi madre para que la cuidásemos. Viviendo allí, el resto de mis primos, sobrinos también de mi tía (como mis hermanos y yo), fueron a visitarla más bien poco. Sólo hicieron visitas contadas con una mano y la veían tan solo cuando coincidíamos en bodas, bautizos y comuniones o algún otro tipo de celebración familiar. Cuando la veían en estas ocasiones, todo eran halagos y cariños varios. Pero después ni la llamaban ni se interesaban. Entiendo que la vida nos va arrollando, que vivimos acelerados, pero al igual que mis hermanos y yo hacíamos por estar con ella, entiendo el que resto de sus sobrinos podrían haberla llamado, cuanto menos. Interesarse por ella, hablarle u ofrecerse a acompañarla a alguna cita médica de las muchas a las que acudió al final de sus días.
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Mi tía trabajó toda su vida en una buena empresa y tenía una buena paga. Como vivía con mi madre, los últimos años guardó el grueso de su dinero, salvo cuando gastaba lo que le daba gana en cosas para ella o para regalarnos a quienes ella quería. Por ejemplo, a mis niñas y a los hijos de mis hermanos les compró siempre muchas cositas, como también a los niños de mis primos. Que hasta les compró regalitos y cosas que nunca recogieron porque no venían a verla.
Todos los hermanos de mi tía, incluida mi madre, murieron antes que ella, de manera que fuimos mis hermanos y yo quienes, de nuevo, salimos al quite y cuidamos de ella hasta el fin de sus días. Cuidar de alguien mayor implica muchísimos esfuerzos, que, aunque por supuesto hicimos con gusto, no fueron fáciles. Dejar a nuestras familias para turnarnos para dormir con ella, su higiene, su alimentación, sus médicos, sus citas, sus paseos. Renunciar a planes y al desempeño de una vida “libre”, y ya por último, cuando ya estaba malita, traérnosla a casa. Estar con ella en su trance final. Nunca la soltamos de la mano.
Mi tía en vida, en plenas facultades mentales, me dijo que le encantaría dejárnoslo todo a mis hermanos y a mí, que en realidad éramos quienes habíamos sido para ella como hijos. También me dijo que no podía hacerlo por la memoria de sus hermanos, a lo que yo le dije que nuestro mayor regalo era disfrutar de ella y que ella con su dinero hiciese lo que quisiera.
Así fue. Al morir y no tener hijos, su herencia se reparte a partes iguales de forma legítima entre sus once sobrinos. Uno de ellos, no os exagero, cuando vino a su entierro, dijo abiertamente que podía hacer más de diez años que no coincidía con la tita. Otro en concreto tiene un bebé de un año y medio al que mi tía no había llegado a conocer porque no se lo había llevado y ella era ya muy viejecita y estaba muy mal como para trasladarse ella a visitar al bebé.
Estuvieron absolutamente desligados de ella. No tenían tiempo, decían. Pero casualmente, el otro día nos citaron para el tema del testamento y no faltó ninguno. Ni para el entierro conseguimos hacer pleno de asistencia, pero para la herencia sí. Vinieron como pirañas.
Bien sabe Dios que a mí me da igual el dinero. Lo que me dio en vida no lo sabe nadie, y no me refiero a nada económico. Convivir con ella los últimos años, ser su persona de confianza, escuchar sus batallas, pasear con ella y peinarle su melena, para mí es más que suficiente. Mi herencia es el corazón tan lleno de amor como lo tengo y la conciencia tan tranquila. Pero me da tristeza y rabia que la gente sea tan interesada y ruin como para abandonar a sus mayores y no faltar después para venir a poner la mano.
Anónimo
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