Mi hijo tiene altas capacidades. Desde pequeño, siempre ha sido un niño muy curioso. Comenzó a hablar muy pronto y con tres años pronunciaba casi perfectamente. La gente se quedaba alucinada cuando lo escuchaba hacer frases correctas tan pequeño. Con cuatro años ya sabía leer y con cinco sumaba, restaba y multiplicaba.
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Cuando tenía seis años, nos llamaron del colegio para que nos reuniéramos con la directora y la tutora. Nos dijeron que si era muy maduro para su edad, que si terminaba las fichas antes que los demás, que si mostraba un razonamiento poco habitual. Nos recomendaron hacerle una valoración psicopedagógica, y efectivamente, el informe confirmó lo que ya sospechaban: tenía un cociente intelectual alto y una facilidad brutal para aprender.
Nos sentimos orgullosos, claro. ¿Qué padre no se emociona cuando le dicen que su hijo es brillante y tiene mucho potencial?
Y entonces vino la gran idea del colegio: adelantarle un curso. El niño estaba en ese momento en Primero de Primaria. Le dejarían acabar el año escolar con sus compañeros, pero en septiembre pasaría directamente a Tercero. Se saltaría un curso.

Nos lo vendieron como la mejor opción. Que así no se aburriría, que podría estar con niños que le estimularan intelectualmente, que su desarrollo académico se beneficiaría.
Nosotros dijimos que sí. Pensábamos que era lo mejor para el niño.
Lo que no nos dijeron, ni nosotros sospechamos, fue que adelantarlo un curso le iba a suponer la muerte de su vida social.
Al principio todo parecía ir bien. Él se adaptó rápido al nuevo curso, sacaba buenas notas, participaba en clase, los profesores estaban encantados. Pero con el tiempo empezamos a notar pequeños detalles. Salía del colegio triste y no quería ir al parque, no hablaba de sus amigos cuando siempre había sido un niño muy sociable.
Yo pensé que le estaba costando encajar. Pensaba que era una etapa. Que era normal porque, al fin y al cabo, sus nuevos compañeros eran niños con un año más que él. Mi hijo era un niño muy inteligente, pero la diferencia de madurez emocional con sus nuevos compañeros era evidente.
Pero lo que a mí me preocupaba era que tampoco hablaba de sus antiguos compañeros. Parecía como si hubieran desaparecido.
Empezó a ir al colegio sin ganas. A decir que no quería salir al recreo. A inventarse dolores de barriga para no ir al colegio. Siempre había sido un niño muy responsable y a mí me parecía rarísimo que mintiera para no ir a clase y quedarse en casa.
Hasta que una mañana, mientras desayunábamos, me soltó de repente:
—Ojalá no fuera tan listo.
Y se me rompió el alma.
Ahí entendí todo. Entendí que le habíamos metido en un mundo que no era el suyo, con niños que le veían como el rarito, el empollón, el más pequeño de la clase. Que le habían arrebatado la posibilidad de sentirse parte de un grupo, solo por adelantarse en lo académico.
Hablé con él y me lo contó todo. Que sus nuevos compañeros se reían de él, que le insultaban que lo llamaban “bebé”. Mientras, sus antiguos compañeros le daban de lado. No querían jugar con él en el patio porque le decían que era un listillo.

Entonces me di cuenta del gran error que habíamos cometido. Tal vez en mates me estaba sacando sobresalientes en el nuevo curso, pero emocionalmente, no estaba preparado para un cambio tan brusco a nivel social.
Intenté hablar con el colegio. Les expliqué lo que pasaba, que el niño estaba triste, que no tenía amigos. La directora me dijo que era normal, que los niños con altas capacidades a veces tienen más dificultades sociales porque piensan diferente.
Pero la realidad es que mi hijo nunca había tenido problemas para relacionarse. Llevaba desde los tres años en aquel cole y siempre había tenido amigos. Íbamos al parque muchas tardes con otros niños, le invitaban a cumpleaños, digamos que era un niño popular. Pero le cambiamos de curso y jodimos la vida.
Hay una especie de obsesión por aprovechar el potencial de los niños, pero ¿qué pasa con su bienestar emocional? ¿De qué sirve sacar sobresalientes si comes solo en el comedor, si eres el rarito?

No culpo al colegio. Lo hicieron con buena intención. Y nosotros, sus padres estuvimos de acuerdo en cambiarlo de curso. Pero a veces tomas una decisión que crees que va a favorecer a tu hijo, pero a la larga tiene unas consecuencias en las que tú no habías pensado.
Ahora estamos valorando pedir que repita el curso. Volver a su grupo original.
Su tutora dice que podría sentirse frustrado académicamente, pero sinceramente, visto lo que está pasando, prefiero que el niño esté con niños de su edad aunque las materias que están viendo para él sean super fáciles, pero que esté feliz.
Solo espero que sus antiguos compañeros le vuelvan a acoger con los brazos abiertos…
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.