¿Quién la ha liado alguna vez en su adolescencia? Seguro que todos. ¿Y quién la ha liado, a lo grande, yendo en grupo? Y es que los adolescentes, cuantos más seamos haciendo el cafre a la vez, más la liamos. Eso es así. Porque, al final, es que nos vamos contagiando unos a otros la tontería. Y esta es una de esas historias en las que un grupo de adolescentes la cagan de maneras épicas.
Viajamos a 2003, hace veinte años ya, y yo tenía mis lozanos 17. Yo estaba en primero de bachillerato —sí, repetí cuarto de la ESO—, y en mi instituto se hacía cada año un viaje que implicaba a primero y a segundo. Ese año, por votación popular, se eligió que los cuatro días los pasaríamos en Córdoba y Granada —tenían que ser destinos en España, sí—, e iríamos con cuatro profesores. Claro, nos apuntamos casi todos los de primero y segundo, así que éramos un grupo bastante majo en cuanto a número de alumnos. Así que cuando llegó el viaje, por fin, estábamos todos con unas ganas increíbles de pasar los mejores días del año. Claro, la idea era ir primero a Córdoba, visitar la ciudad ese día, hacer noche, y a la mañana siguiente salir para Granada después de desayunar. Y eso hicimos, porque llegamos a buena hora y, tras dejar las cosas en las habitaciones, fuimos directamente a ver la mezquita y a comer.

Yo disfruté mucho viendo Córdoba, y de hecho es una ciudad a la que le tengo especial cariño y a la que vuelvo de vez en cuando, pero como adolescentes que éramos, lo que todos queríamos era un poco de juerga. Y los profesores, que lo sabían, nos permitieron esa noche ir a una discoteca con ellos, disfrutar un poco de la noche y sentirnos un poquito más libres. Por supuesto, antes de nada, nos dijeron que nada de beber, que nada de liarla… lo típico. Aunque, he de decir, que sí que nos dieron un poco de manga ancha.
Llegó la cena, todos engullimos nuestros platos como pavos, y salimos corriendo a prepararnos para esa fiesta que se venía. Así que ahí que iba, a las diez y media de la noche, un grupo de unos cincuenta alumnos dispuestos a darlo todo en la discoteca en la que les dejaran entrar con los profesores. Esa noche lo pasamos de coña, debo decir que los profesores no solo se enrollaron dándonos un poco de vía libre, sino que bailaban, bebían con nosotros —con moderación, eso sí, que no dejaban de ser nuestros responsables—, y nos trataban más como a hermanos pequeños que como alumnos. Fue la hostia esa noche.
Pero claro, ¿qué os dije antes? Pues que la acabamos liando de manera muy épica, porque claro, algunos se pasaron bebiendo, otros íbamos con la emoción encima que no nos dejaba controlar ni el volumen de voz, ni de las risas… Y tras darnos el toque de atención de que teníamos de regresar al albergue, y salir a la calle para regresar dando un paseo —porque no estábamos muy lejos, la verdad—, decidimos que había que continuar la fiesta pese a que los profesores nos pedían que bajáramos la voz, que no eran horas de ir gritando.
Claro, era ya la una de la mañana pasada, al día siguiente era viernes, la gente trabajaba… Pero a nosotros nos daba igual, ¡estábamos de viaje, coño!
Y sí, los profesores no pudieron hacernos callar, pero los vecinos de una de las calles de Córdoba lo hicieron por ellos. Porque íbamos nosotros tan campantes liándola parda, cuando a todos, literalmente a todos, nos cayó una tromba de agua encima.
Os juro que a los que iban borrachos les quitaron la borrachera de golpe. Con gritos de «cerrad la boca», o «no son horas, niñatos», y un sinfín de gritos más que no recuerdo, los vecinos de un edificio nos habían lanzado cubos de agua para que cerráramos la maldita boca. Así que avergonzados y pasados por agua, aguantamos el segundo chaparrón, esa vez en forma de bronca de los profesores, y regresamos al albergue tan en silencio que parecía que volvíamos de un funeral.
Ese chaparrón hizo que, aunque las siguientes noches también saliéramos en Granada, a la vuelta nos controlásemos un poquito más para que no volvieran a tirarnos cubos de agua encima y nos dejaran seguir saliendo. Porque eso de tener que ducharse a las dos de la mañana, teniendo que madrugar al día siguiente para seguir el viaje, no nos hizo gracia a ninguno.