“¡Atrás, machuno!”. Agredió a una chica en plenas fiestas y así reaccionaron mis amigas
Ha sido el primer verano postpandemia en el que hemos podido disfrutar de las fiestas de forma plena y con normalidad. Había ganas. Pero su regreso ha venido con lo mejor y lo peor en cada caso.
Unas amigas estuvieron en agosto en las fiestas de una ciudad del norte de España, que no revelo por preservar identidades. Dos de ellas se separaron del grupo para dirigirse a unos contenedores en los que aliviar sus necesidades fisiológicas (otro día hablamos de la falta generalizada de dotación pública para estas cosas).
Cuando llegaron, encontraron a una pareja de chicas que llevaban el mismo propósito, y presenciaron un lamentable incidente. Un tipo se colocó entre contenedor y contenedor y pidió a una chica que se largara para poder ocupar el espacio él mismo. La chica le dijo que no, que no pensaba quitarse, y el tipo le dijo que, en ese caso, se iría él. Pero, antes de marcharse, le dio una patada cuando ya estaba agachada orinando y la dejó tirada en el suelo.
Mis amigas llegaron justo en aquel momento y recriminaron al tipo su conducta. Se les unieron la agredida, su novia y alguna otra chica que también presenció la escena. El agresor, de repente, se vio rodeado por un grupo de mujeres indignadas que le afearon su actitud, lo que tuvo un doble efecto: insufló ánimos a la chica agredida y lanzó una advertencia al tipo, que se lo pensará la próxima vez. O eso esperamos.
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Seguimos caminando con miedo
Resulta desolador, indignante y doloroso que las chicas tengamos que enfrentar este tipo de comportamientos en cualquier evento masivo en un espacio público. Este verano ha sido particularmente alarmante, por los famosos pinchazos en discotecas y por datos como el incremento de las violaciones en grupo en fiestas de verano que señala la Fundación ANAR.
Según la fuente mencionada, los casos de abusos en grupo han pasado del 2,1% hace una década al 10,5% en el último año. El motivo que se señala no es que haya más denuncias, como pudiera parecer, sino que los jóvenes están banalizando este tipo de comportamientos y se están alejando de la empatía hacia las víctimas. Se señalan factores como el consumo de pornografía desde edades muy tempranas sin control parental.

La conducta del tipo en el caso que he contado es bastante elocuente. Hay machunos de mierda que se creen con más derecho que nadie a ocupar el espacio público, dispuestos incluso a ejercer la violencia para tener ese dominio. Se sienten superiores y confían en su seguridad, su fuerza y su impunidad. Tenía razón Leticia Dolera cuando reaccionó a la violación grupal de una joven en junio: “Se creen dueños de las calles, de la noche y de nuestros cuerpos de mujer”.
Podríamos tener la esperanza de que estos seres despreciables están en peligros de extinción, pero no. Siguen existiendo, están entre nosotros, son más de los que nos gustaría y andan muy cabreados por el empuje del feminismo. Normalmente, además de machistas, tienen otros tics igualmente lamentables: xenófobos, racistas, homófobos, etc. De hecho, diría que en este caso había un sesgo de homofobia tras la agresión, porque la mujer golpeada estaba con su novia en ese momento.
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Sororidad y empoderamiento
Hay que tener mucha pereza emocional y social para no ver que estos casos son muy muy frecuentes. Hay que tener mucho deseo de mirar para otro lado, con tal de no reflexionar ni sentir cierta incomodidad, para reconocer que estos no son casos aislados.
No cuesta tanto hacer un ejercicio de empatía y tratar de ponerle cara a todos esos números. La chica agredida en el caso que cuento se llevó un mal trago muy injusto. Le quedó una sensación de vulnerabilidad mezclada con la rabia y la tristeza. Porque, después de vivir algo así, no puedes evitar hacerte preguntas sobre por qué te ha pasado a ti o si te volverá a pasar algo similar. Aunque tú sepas que era cosa suya y no tuya, aunque tus amigas te insistan, afloran preguntas intrusivas: ¿le molestó algo concreto de mí? ¿Dirigió su ira contra mí por mi compañía? ¿Por mi apariencia? Es una sensación muy desagradable.
Mis amigas trataron de animar a la chica agredida y a su novia, que pasó el resto de la jornada con ellas, aunque la sombra del agresor ya no se disipó. Lo positivo de este caso es que mujeres desconocidas se unieron para hacer frente a un machuno de manual. Apoyadas las unas en las otras, codo a codo, conformaron una imagen cargada de simbolismo: mujeres unidas estrechando el cerco sobre un agresor.
Las mujeres debemos tomar partido y apoyarnos en estos casos, aunque sea colocándonos entre el agresor y la víctima sin realizar ninguna otra acción. Es una forma de protegernos, aunque está claro que todo el peso no puede recaer en nosotras. Se necesita mucha concienciación y mucha contundencia legal y judicial para que consigamos poder ocupar los espacios públicos sin miedo. Queda mucho por hacer.