No sé si fue el rímel barato, las hormonas de los veinte o simplemente una etapa de crisis existencial prematura, pero durante mi primer año de universidad decidí que la ópera era lo mío. Así, sin anestesia ni transición desde Mecano. Me tragué un par de vídeos de María Callas en YouTube y de pronto me creía capaz de disertar sobre La Traviata mientras bebía vino barato en un vaso de Nocilla.
Y claro, como el universo es así de bromista, me enamoré de un chaval que no solo amaba la ópera, sino que hablaba de Verdi como si fuera su padrino de bautizo. Estudiaba Historia del Arte y tenía esa barba fina de quien no ha conocido una cuchilla Gillette en su vida, pero oye, yo veía a Schubert en sus ojos. Aunque luego me enteré de que Schubert ni siquiera compuso óperas. Ese nivel.

La ópera… y yo, fingiendo que me gustaba
Total, que para gustarle —y porque tenía más ganas de follármelo que de criterio— acepté su invitación al Liceu. Primera función: Rigoletto. Me pasé las tres horas preguntándome si esa era la historia del jorobado de Notre Dame versión italiana. No lo era. Segunda cita: Don Giovanni. A los diez minutos, ya había perdido el hilo y la voluntad de vivir. Tercera y definitiva: Parsifal, cinco horas de mística wagneriana en alemán con subtítulos.
En ese momento, habría vendido un riñón por unos cascos y un remix de Shakira.
Entre acto y acto, él me hablaba emocionado de leitmotivs, arias, mezzos y bajos profundos, y yo asentía como si tuviera alma de contralto. Me aprendí de memoria un par de anécdotas de Puccini para no quedar como una inculta, y hasta fingí que me emocionaba con una soprano que parecía estar gritando porque se había dejado el horno encendido.

Pero claro, el amor no se finge eternamente, ni siquiera por alguien que te sujeta el abrigo con ternura. Así que la tercera noche, al salir de aquel monumento al bostezo, ocurrió lo inevitable.
Final en la fila del guardarropa (sin bis)
Nos plantamos en la fila del guardarropa, él dijo algo tipo “Ha sido sublime” y yo solté un “Estoy harta” que se escuchó hasta en el gallinero.
Harta de las óperas, de Wagner, de no poder comer pipas sin parecer vulgar. Harta de fingir que me interesaba lo mismo que él. Harta de tener que convertirme en otra para encajar. Porque ni yo era de ópera, ni él era para mí. Lo sabíamos los dos, pero yo fui la que lo dijo. En la fila. Del guardarropa. Mientras una señora a mi lado me ofrecía una pastilla de menta.

Rompimos sin lágrimas, sin reproches, sin aria dramática. Le devolví su libro de libretos y él, educado como siempre, me devolvió mi alma. O al menos mis ganas de ponerme unos cascos con pop de los 2000 y dejar de sufrir.
Nunca finjas por ligar (ni por un polvo, vaya)
Nunca finjas ser quien no eres por amor. Porque acabarás detestando a Mozart, odiando los abrigos largos y preguntándote por qué demonios no dijiste “me aburro” en la primera cita. Gustar está bien. Gustarte está mejor.
(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.