Me encuentro oficialmente en esa fase de la vida en la que mis hijos empiezan a tener novias y novios y yo, sin haber firmado nada ni pasado ningún rito de iniciación, he alcanzado el estatus de suegra. Así, de golpe. Como las canas o la presbicia.
Lo llevo con la mayor dignidad posible. O eso me repito cada mañana mientras observo cómo entran y salen personas nuevas de la vida de mis hijos.

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Antes de nada, una aclaración importante: mis suegras han sido maravillosas. Las dos que he tenido oficialmente han sido personas amables, conciliadoras y con sentido común. Nunca he tenido problemas ni disputas con ellas y se merecen todo mi respeto. Especial mención a mi exsuegra, que ha sido y sigue siendo una abuela ejemplar para mis tres hijos. Aunque esté divorciada de su hijo, siempre ha habido entendimiento entre nosotras cuando ha querido ver a los niños, sobre todo cuando eran pequeños.
Mi segunda suegra (la actual) es una gran madre y una gran abuela, de esas que procuran que todo el mundo se sienta integrado, cuidado y bienvenido. Personas así son raras, y se agradecen porque hacen que el caos familiar sea más llevadero.

Por eso me hace muchísima gracia cuando en esta página se critica a las suegras como si fueran una especie invasora: posesivas, controladoras, entrometidas y con una necesidad patológica de fastidiar a las nueras. Y siempre me entran ganas de recordar una verdad incómoda pero inevitable:

Algún día, VOSOTRAS seréis las suegras.
No es una amenaza.
Es biología.
Y a todas las que ahora sois madres de niños pequeños: empezad a imaginarlo. Ese momento va a llegar. Sí, el día en que vuestros hijos traigan a alguien a casa y de repente seréis las observadoras críticas, las asesoras no pedidas, las guardianas del terreno sagrado. Tomen nota: el karma llega, y no pide permiso.
Prepararse mentalmente para ser la voz de la experiencia, la protectora de los errores evitables y la que siempre tiene una opinión no solicitada sobre todo, puede parecer exagerado… pero os prometo que llega antes de que os deis cuenta.

A mí ese día ya me ha llegado.

Mis hijos han tenido parejas más o menos estables. De esas que a veces se quedan a cenar… y a dormir. Algunas me han caído mejor que otras, porque no todos los seres humanos despiertan la misma simpatía, pero siempre he intentado mostrarme cordial, educada y amable con todas ellas y ellos. Me gusten más o me gusten menos.
Ha habido regalito en Navidad o Reyes, charlas más o menos largas, interés sincero y un mantener las formas bastante adecuado, que una puede ser madre intensa, pero no una salvaje.

Ahora bien.
Que nadie se confunda.

Reconozco —porque soy humana— que ha habido momentos en los que me han entrado ganas de pegar un buen grito o zarandear a alguien cuando llegan mis retoños a casa hechos una mierda. Que sí, que vale, que son “mayores”.
Pero siguen siendo MIS hijos.
Y con 40, 50 o 60 años seguiré siendo su madre, coño.

Cuando llegan tristes, rotos, cabreados por una discusión, una pelea o por vete tú a saber qué, a mí me sale el instinto asesino. Porque mis hijos son MIS hijos. Y como dice la frase: A ti te encontré en la calle.

Que puede que te quiera mucho, querida nuera o querido yerno, pero YO soy su madre. Y aquí voy a estar siempre: para dar apoyo, escuchar, abrazar… o dar un buen capón si se lo merecen. Porque sí, también les he dado capones. Y bien dados. Por comportarse como imbéciles.

También les he obligado a pedir perdón cuando la han cagado. A reconocer errores. A reparar el daño hecho. Porque educar no es solo protegerlos del mundo, también es enseñarles a no ser unos cretinos emocionales.

Y ahora vamos a otro tema delicado: el sexo.

Esto no ha sido nunca un tabú en casa. Siempre ha sido un tema hablado, explicado y normalizado. Les ha quedado claro que es algo que debe ser consentido por las dos personas implicadas (porque supongo que serán dos… no tres o más, yo qué sé, que ya me pierdo). Respeto, cuidado y responsabilidad. Punto.

Eso sí: MI cama es INTOCABLE.
No negociable.
Territorio sagrado.

La verdad es que prefiero mil veces que estén en casa antes que andando por ahí improvisando situaciones incómodas en cualquier sitio. Siempre con protección, siempre con cabeza. Eso ya venía trabajado de antes. Que soy suegra, sí, pero no me apetece ser abuela cuando aún estoy lidiando con la última adolescente, que está súper enamoradísima de su novio. Muy intensa. Muy convencida. Muy “es el amor de mi vida”.

Y aquí entra un detalle divertido y ligeramente terrorífico: mi pareja no lo lleva tan bien. Aunque no es el padre biológico de ninguno de los tres, con la adolescente, le ha brotado un instinto de oso protector que, con una sola mirada, puede hacer que el yerno en cuestión entre en pánico y considere mudarse a otra ciudad. Es realmente cómico y a la vez tranquilizador: mientras yo soy la madre que establece límites, él es el guardián que te hace pensar dos veces antes de hacer tonterías.

Yo sonrío, asiento, la abrazo… mientras en mi cabezita resuena una frase eterna: Cariño, el campo está lleno de flores para oler.

Así que sí, acepto que crezcan, que amen, que se equivoquen, que aprendan. Pero todo a su tiempo. Porque una cosa es ser una madre moderna y otra muy distinta es perder la cordura.

Ahora, que quede claro: puede que sea suegra, pero antes, durante y después, siempre seré madre.
Y eso no caduca, no se discute y no se jubila.
Punto. Fin. Y con mayúsculas.

Bienvenidas al futuro.
Con cariño.
Con sentido común.
Y con las uñas listas… por si acaso.

Parvaty